Publicación en español de la Arquidiócesis de Denver
October 2006

Un paso firme a la convicción

Por Angélica García*

El amor de Dios es sin duda, lo único que se puede tener más allá de nuestros propios límites. Podemos conservar “Su Magnifico Amor” aún después de la muerte. Sólo que es algo que no basta con creerlo, se necesita vivirlo y enfrentarlo día a día.

Describir el amor de Dios no es fácil. Por esta razón, te quiero platicar de un hombre que me conoció cuando yo aún no sabía hablar, caminar y mucho menos escribir. Su nombre entre tantos tenía que ser Salvador y por cosas de la vida se dejaba llamar “abuelito”. Este hombre estuvo presente en los acontecimientos más grandes de mi vida y fue quien prácticamente me inspiró a dar el primer paso firme hacia mi fe.

Mis padres se divorciaron cuando yo tenía 11 años y fue en ese momento que mi abuelo asumió un importante papel en mi vida. A esa edad no conocía mucho de la religión católica y aunque fui bautizada en la misma, mis padres tenían otro concepto de lo que era la fe y en consecuencia optaron por buscar otras creencias en otros lados.

Entre todas estas confusiones ahí estaba yo, sin todo lo que hasta ese punto de mi vida había conocido. Parecía que el único que no había cambiado era Dios. Al contrario, Él también se mudaba junto conmigo. Aunque ahora, en su nueva casa lo veía en una cruz, y constantemente nos parábamos, para luego sentarnos y por si fuera poco tenía que arrodillarme y aprender de memoria todas las respuestas de lo que mis abuelos llamaban “La Misa.” Asistíamos todos los domingos a las 8 de la mañana, mi abuelita rezaba el rosario diariamente, cosa que también me era muy difícil entender, pues en realidad no comprendía su gran amor por la Virgen. También tuve que asistir al catecismo entre niños de 8 y 7 años de edad para recibir mi Primera Comunión.

Sin duda, mi abuelo era una persona sencilla y sus palabras aunque pocas, estaban llenas de eso que sólo la gente grande puede expresar. Su constante afán de dar gracias antes de comer y que yo sin tomar aliento repetía -Gracias a Dios que me dio un pan de comer sin merecerlo, Amén. También los sueños de mi abuelita siempre acompañados de un -si Dios nos presta vida y salud- me enseñaban algo de ese amor magnífico que siempre me acompañaba.

Cuando mi abuelo murió, una gran parte de mí se fue con él, pero me dejó la gran herencia de su fe, su Guadalupana y el amor por la Iglesia.

Yo, no cambiaría por nada, esas misas de ocho de la mañana, o el enojo de mi abuelo si encendía el televisor antes de dar gracias a Dios por un nuevo día. Ni el valor de aceptar que María es Madre de Jesús y por lo tanto es también mi madre. Sería como dar un paso atrás a todo lo que he sido desde entonces.

Mi vida no fue ni más fácil, ni más complicada por ser católica. Al contrario, creo que fue perfectamente planeado por Dios el que hoy te cuente esta parte de mi pasado. Ya que en ocasiones no buscamos el significado de nuestra propia fe y donde queremos colocarla. Lo que comenzó como una tradición de mis abuelos, se convirtió en una firme convicción. Aun cuando este proceso no fue fácil, yo le llamo una gran bendición en mi vida pues me llevó a tener un encuentro con Jesús. He aprendido que Dios nos encuentra en todas partes. Sólo nuestra manera de expresarlo es la que cambia. Te invito pues a seguir firme en tus convicciones, teniendo siempre en cuenta que el único camino a la verdad es Dios mismo y que definitivamente Él no se equivoca.

* Angélica García (Tati) es instructora de catequesis de adolescentes de la parroquia Nuestra Señora de Guadalupe y perteneció al equipo de Asesores de Pastoral Juvenil Hispana de la Arquidiócesis de Denver.

 

E-mail: elpueblo@archden.org
Editora:
Rossana Goñi
Director General: Jeanette DeMelo