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Del sentido de pertenencia
Por Abraham
Morales
Una de las preguntas básicas que muchos, sino es que todos los que llegamos a este país hacemos cuando conocemos a alguien es preguntar sobre nuestro origen, de dónde somos, cuánto tiempo tenemos acá, etc. Y todos, con mucho orgullo decimos de donde somos y hablamos de nuestro lugar de origen con pasión y añoranza. Hasta ahí las cosas van bien, sin embargo a veces algunos podemos pre-juzgar a alguien por el lugar de dónde es, como si el que yo haya nacido en una parte del mundo me haga tan diferente a ti y que por ese simple hecho ya tú te formes una mala imagen de mí, sin darte la oportunidad de conocerme primero como persona, sólo por ser de X lugar. Eso, sinceramente, y discúlpame la palabra, es una total tontería y cerrazón de mente. Pero pasa, y lo vemos todo el tiempo. Donde yo trabajaba antes había un muchacho que nos ayudaba con la limpieza; él se llevaba bien con la administradora, platicaban cordialmente, hasta que esa vez el muchacho le preguntó a ella de donde era, cuando ella le dijo de donde, la reacción del muchacho fue de decepción, “no me diga que usted es de X” y peor reaccionó cuando supo que también yo era del mismo lugar. Casi casi nos decía que ya no podíamos hablarle, que nos retiraría sus afectos, como dicen por ahí, tan sólo por lo que él “sabía” de cómo eran los de X lugar.
En este orden de ideas podemos aprender mucho de nuestros hermanos Anglos: Hasta ahorita no me ha tocado ver a alguien que no se le acerque a otro, o lo pre-juzgue por ser del sur, del centro, del norte, del este u oeste de Estados Unidos. Ellos están tan acostumbrados a crecer en un lado, estudiar en otro y trabajar en otro que es de lo más normal tener vecinos, compañeros de trabajo y amigos de todas partes del país. ¿Y nosotros por qué tenemos tantos regionalismos, por qué vemos tan distinto, o incluso despectivamente a los que son de un lugar diferente al nuestro?
Entiendo, ese sentido de pertenencia es importante en nuestras vidas, de hecho es fundamental. Sin embargo, a veces le damos mal cauce a esa pertenencia; incluso, y con tristeza lo debemos reconocer, también dentro de nuestra Iglesia, en nuestros grupos de jóvenes. Y es que como joven todavía tiene más importancia para ti el sentirte parte de algo grande e importante como lo es el grupo. Pero esa pertenencia a tu propio grupo no debe estar peleada con pertenecer a otras partes de esta misma Iglesia. Es posible, por ejemplo ser parte del grupo y ser catequista, o ser parte del grupo y lector. Tu grupo es bien importante, pero no olvides que ese grupo pertenece a una parroquia, por lo tanto, tú también, y como miembro de tal, tu actitud hacia la parroquia debe ser de ayuda, de cercanía, ser activo y participativo. Y lo mismo con la parroquia, tu parroquia pertenece a una diócesis, en este caso la de Denver, y esta diócesis pertenece a la Iglesia universal, de la cual nunca debemos perder la conciencia que es de Cristo y de nadie más. Así que al final, sin importar de que parte del mundo vengas, ahora estás aquí, ésta es tu realidad. Y sin olvidar de donde vienes, es bueno tener los pies bien puestos en tu presente, en donde estás ahora. No se puede vivir el presente al cien por ciento añorando el pasado o esperando el día que regreses a tu lugar de origen. Sin importar donde naciste y creciste, hoy estás aquí, y sin dejar a un lado tu pertenecia a un lugar particular, a un determinado grupo de jóvenes o parroquia, tu pertenencia a algo más grande e importante siempre va estar ahí, perteneces a Cristo, al igual que los demás jóvenes que no son de tu tierra, de tu parroquia o incluso de tu mismo color de piel. Esa pertenencia a Él la compartes con todos, no es exclusiva ni de tu ciudad ni de tu grupo, es de todos.
Si cada vez que conocemos a alguien nos enfocamos en conocerle como persona, por como piensa y siente y no tanto en hacernos un previo juicio por que es de X lugar, nos haríamos la vida unos a otros menos complicada, y sobre todo estaríamos intentando vivir un poco más cristianamente al ver en el rostro de los demás, el mismo rostro de Cristo, a quien realmente debemos esa pertenencia como Señor y dueño de nuestro corazón. ¿No crees?
Paz
Abraham |