Publicación en español de la Arquidiócesis de Denver
Diciembre 2006

Tras el Adviento la Navidad
Tiempo especial de preparación para la venida del Señor y acogida al Dios que se hace hombre

Por Jorge Luna

La palabra adviento proviene del Latin ad-venio que significa llegar. El tiempo del adviento es el tiempo litúrgico en el que nos preparamos para la venida del Señor Jesús. Conforme al uso actual, el Adviento es un tiempo litúrgico que comienza el Domingo más cercano a la fiesta de San Andrés Apóstol (30 de noviembre) y abarca cuatro Domingos. El primer Domingo puede adelantarse hasta el 27 de noviembre, y entonces el Adviento tiene veintiocho días, o retrasarse hasta el 3 de Diciembre, teniendo sólo veintiún días.

De acuerdo a los temas que encontramos durante estos cuatro Domingos podríamos dividir este tiempo en dos partes. Los dos primeros Domingos nos centramos en la venida final del Señor. La venida al final de los tiempos. Las dos últimas semanas nos centramos en la primera venida del Señor, en el misterio de la Encarnación del Verbo Eterno en nuestra tierra, esta dimensión es la que tenemos normalmente más presente. Pero también es momento para reflexionar en la venida continua del Señor que quiere entrar en nuestras vidas todos los días especialmente a través de la Eucaristía y de la gracia.

La venida final
Cuando hablamos de la venida final del Señor nos referimos a lo que ocurrirá al final de los tiempos, cuando el Señor vendrá lleno de gloria para juzgar a vivos y muertos. El mismo Señor nos ha dicho que ni el Hijo sabe el día ni la hora (ver Mt. 24, 36) y que hay que estar preparados como las vírgenes diligentes. La pregunta es muy simple, ¿si el Señor viniera ahora mismo, estaríamos preparados? Él mismo nos exhorta a velar y orar (ver Mc 13, 33). Es pues un tiempo para evaluar nuestras vidas teniendo como referencia lo que de verdad importa, nuestra relación con Dios.

La primera venida
Cuando hablamos de la primera venida nos referimos al acontecimiento histórico que celebramos en la Navidad. El nacimiento del Niño Jesús en el pueblo de Belén hace un poco más de dos mil años. Y es necesario encontrar momentos de silencio para volver a repasar lo que significa que Dios haya querido hacerse hombre y habitar entre nosotros. Estamos tan acostumbrados a celebrar la Navidad que sin querer no le damos el peso necesario al acontecimiento del nacimiento del Salvador. Todo lo demás deriva de este particular acontecimiento, la familia reunida, la paz que todos deseamos, el bienestar de nuestros seres queridos, la alegría, los regalos. Todos los detalles derivan del impresionante hecho de Dios que se hace hombre. En este sentido la calidad de la celebración dependerá de si realmente hay espacio en nuestro corazón, y en nuestra vida para que el Señor nazca y se quede con nosotros. Eso es lo que verdaderamente nos debe preocupar. Esa es la única manera de empezar a penetrar el grandioso misterio de la Navidad. Y esa es la única manera de ofrecer a los demás algo realmente valioso en esta celebración. No hay nada de malo en expresar nuestra alegría en el compartir de una comida juntos, o en intercambiar regalos o en decorar la casa, más bien, todos estos medios son precisamente consecuencia de la venida del Señor a la tierra. Él con su Encarnación elevó nuestra dignidad y todo lo humano y precisamente quiere que nuestra fe, esperanza y caridad la expresemos de manera concreta mediante la comida y los regalos, pero estos medios no pueden volverse el centro de la celebración. Qué regalo más hermoso y valioso podemos ofrecer a nuestros seres queridos que el poder llevarles al mismo Cristo que vive en nosotros. Tal vez eso sea uno de los regalos más costosos que nos toque dar, pero el más importante.

Acoger al Señor en nuestras vidas
Y si bien en la Iglesia tenemos un tiempo especial donde reflexionamos sobre la venida del Señor a la tierra, es cierto que el Señor viene en todo momento a nuestras vidas. El está a la puerta y toca (Ver Ap 3, 20). Y tal vez la manifestación más hermosa y latente del Señor, de ese querer entrar en nuestras vidas, de entrar en comunión con nosotros, es la Eucaristía. Es en la Eucaristía donde Dios que se hizo hombre quiso quedarse bajo apariencia de pan y vino. Es recibiendo la Eucaristía que recibimos al mismo Dios que estuvo en la tierra hace dos mil años.
Es así como la evaluación de si estamos preparados para recibir al Señor en la Eucaristísa nos debe servir como indicador de si realmente estamos preparados para celebrar los misterios de la Navidad.

La Misa de Gallo
La centralidad de la Eucaristía en la celebración navideña de todo cristiano se expresa de manera muy tradicional en la Misa del Alba o Misa del Gallo. Esta Misa que en algunos lugares sigue siendo una tradición muy arraigada, ha perdido un poco su lugar. Tal vez recuperar esa tradición nos ayude a celebrar de mejor manera los Misterios de la Navidad. La tradición dice que la Misa debe su nombre a que un gallo fue el primero en presenciar el alumbramiento, y se encargó de anunciarlo al mundo.

La Misa del Gallo se ha venido celebrando durante siglos en la noche del 24 de diciembre a las 24 horas, recibiendo al día de Navidad, en conmemoración del nacimiento de Jesús. La tradición tiene sus orígenes en las tres ceremonias que se dedicaban a la Natividad de Cristo en los templos de Jerusalén.

La primera se oficiaba en la noche del 24 al 25 de diciembre, en la Cueva de la Natividad, santificando el día y la hora en que Cristo nació.

La segunda se celebraba justo al amanecer recordando el misterio de la Resurrección.
La tercera y última ceremonia se oficiaba en el templo eclesiástico, constituyendo su celebración el oficio solemne del día que conmemoraba el nacimiento del Niño Jesús.

También los católicos romanos celebraban tres misas: la primera en la noche, en Santa María la Mayor, recordando la hora del nacimiento. La segunda al amanecer recordando el misterio de la resurrección y la tercera en San Pedro, constituyendo el oficio solemne del día. Porque no proponer este año en nuestras familias ir todos juntos a medianoche a la Misa de Gallo y así recibir al Señor en nuestras vidas.

 

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