“Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo...” El recuerdo de aquella mañana la hacía estremecer de alegría porque el Poderoso había hecho grandes maravillas en su pequeña esclava.
Hoy, en este mes de diciembre, caracterizado por la alegría, la paz, la esperanza y el amor, en forma especial recordamos, con gran honor, esa mujer quien fue escogida por Dios desde la eternidad, que fue privilegiada, desde su concepción, del no ser contaminada con el pecado y de conservar la gracia original, sello del amor con que fuimos creados, honramos a esa mujer niña con ojos de luz quien acogió la Palabra del Padre no sólo en su corazón sino que la encarnó en su seno. Aquella a quien al saludo del ángel, después de su Sí, la Vida tomó lugar en su vientre, aquella que nunca olvidó la melodía cantada por el Mensajero: “...darás a luz un hijo y le llamarás con el nombre de Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, y reinará por toda la eternidad sobre la casa de Jacob, y su reino no tendrá fin...El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo del Altísimo”.
Esa mujer cuyos recuerdos volaban a Belén y podía ver a esos pastores que habían ido a ver a Jesús recién nacido y que hablaban de misteriosos mensajes de ángeles; aquellos seres extraños que habían venido de lejanas tierras para adorar al Rey de los judíos -no les había entendido lo que habían dicho pero supo que venían de tierras lejanas y que afirmaban que una estrella los había guiado- Madre que recordaba los primeros años en Nazaret, después que volvieron de Egipto. Su niño que aprendía a hablar, a reír y a amar. De sus primeros pasos y de sus primeras caídas. Recordaba cómo le ayudaba en todo y la miraba con curiosidad cuando hacía el pan y le ponía levadura; o de aquella vez que perdió un denario y él la ayudó a buscarlo por toda la casa. Cómo madre sufrió la angustia de aquellos tres días, y que gracias al silencio confiado de su esposo tuvo fuerzas para seguir buscando. Y cuando lo encontró, aquella mirada de su hijo, tan lejana y extraña: “¿No sabían que debo ocuparme en las cosas de mi Padre?”. Su hijo tan claro y tan difícil... Madre y su hijo Jesús siempre unidos con un cariño cada vez más grande y un silencio más elocuente. Cuántas veces le había preocupado su silencio, algo presentía su corazón, y un corazón de madre jamás se equivoca. Recordaba entonces la extraña profecía: “una espada atravesará tu corazón”.
Cómo aquella pequeña esclava del Señor se aproximó en aquella ocasión a Jesús y le murmuró al oído: no tienen vino. No pedía nada -ella nunca pedía nada- enunciaba un hecho y... confiaba.
Cuando Jesús vio a su Madre. Estaba de pie junto a la cruz, serena. Como tratando de infundirle valor. Ella, más que nadie, comprendía lo que estaba sufriendo, pero también entendía el sentido redentor de ese dolor.
Jesús la miró largamente. Sufría por verla sufrir. Daría cualquier cosa por ahorrarle ese sufrimiento. Olvidó su dolor y se identificó con el dolor de su madre. “Mujer ahí tienes a tu hijo”. Y dirigiéndose al único apóstol que estaba junto a la cruz le dijo: “Ahí tienes a tu madre”. El pueblo que estaba a punto de nacer ya poseía una madre. La mejor de las madres: la Madre del Señor.
“He aquí la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra”. No podía decir más. Sus lágrimas lo decían todo. Intentó acariciar el rostro de Jesús. ¡Estaba tan frío y amoratado! Había perdido toda su belleza. Ella se lo entregó a los hombres y los hombres cómo se lo habían devuelto. Esa tarde no sólo había muerto Jesús, su madre “murió” con Él. Lo dejaron en el sepulcro y ella comenzó a caminar hacia la resurrección. La noche había quedado atrás. Y cada paso que daba iba descubriendo que la resurrección es una forma de caminar en la esperanza. Es nostalgia, es oración, es alegría.
-¡Ven! -murmuró María.
-Sí, pronto vendré -escuchó.
Ella es María, quien es la Inmaculada Concepción, la llena de gracia nacida sin pecado.
Ella es María, La Virgen Morena que con su amor maternal quiso hacerse presente a un pueblo, en tierras nuevas, que sería la sangre nueva de su Iglesia.
Ella es María, la Virgen Madre que en un portal de Belén dio la Luz al mundo, recostó en un pesebre a su hijo y a su Dios y Señor.