Publicación en español de la Arquidiócesis de Denver
Agosto 2006

Los esposos Pruneda comparten su experiencia como padres

Los hijos son un regalo de Dios que nos toca educar en la fe, aprovechemos cada minuto con ellos antes que empiecen a volar por ellos mismos.

Por Efra y Lili Pruneda

Hace ya casi un año que manejábamos de regreso de Atchinson, Kansas con nuestros corazones tristes. Ninguno de los cuatro dijo palabra alguna por un buen rato mientras nos alejábamos de la universidad. Ni nosotros ni nuestros hijos Lalo o Ricky, pues el nudo que sentíamos en la garganta se hacía cada vez más grande. Acabábamos de dejar a nuestro hijo mayor Fy en la universidad. Él se había quedado feliz y hasta un poco impaciente de despedirnos para comenzar esta nueva etapa de su vida, para perseguir sus sueños…

Recordamos como si hubiera sido ayer su primer día de Kinder, con lágrimas en los ojos lo vimos correr entusiasmado a su salón sin ni siquiera voltear a vernos, sin basilar, seguro de sí mismo.

Esta vez era diferente, sentíamos como si una parte de nosotros mismos faltara o como si un pedacito de nuestro corazón se desprendiera. De repente comprendimos que Fy había dejado de ser un niño y que estaba listo para este nuevo reto que le ayudaría a madurar aun más.

Pensamos en como su ausencia cambiaría también nuestra vida familiar. Extrañaríamos verlo a diario, echaríamos de menos su risa juguetona, sus oraciones a la hora de la cena, sus palabras de aliento cuando nos sentíamos desanimados…

Dios nos envió a Fy hace 18 años y lo había puesto a nuestro cuidado temporalmente. Nos dimos cuenta entonces que todo aquello que le habíamos inculcado desde pequeño estaría a prueba. Ahora era su turno de probar sus alas sin nuestra supervisión.

A nuestra mente también vinieron todas aquellas personas de la Iglesia que Dios puso en nuestro camino y que hicieron más fácil nuestro papel de padres influyendo en el fortalecimiento de su fe y reforzando los valores que le habíamos inculcado en casa. Saber que para Fy su fe en Dios era lo más importante, nos dio la paz y la certeza que necesitábamos para confiar en que nuestro hijo estaría bien lejos de nosotros y que tomaría buenas decisiones.

Ciertamente el haber tenido esta experiencia con nuestro hijo mayor, nos ha hecho tomar más conciencia del papel tan importante e irremplazable que tenemos como padres en la formación de nuestros hijos para la vida adulta porque es un hecho que no estaremos eternamente a su lado para resolverles la vida. De nosotros como padres depende que ellos comprendan que cada una de nuestras decisiones y acciones tienen consecuencias y es necesario enfrentarlas sin importar que nos gusten o no.

Nuestro papel de padres no ha terminado con Fy ahora que él es un muchacho universitario, más bien ha cambiado. Algunas veces necesita que lo alentemos, otras veces, que le demos llamadas de atención, pero sobre todo necesita saber que es muy amado por Dios, por sus padres y hermanos. Creo que eso nunca cambiará aunque el tiempo pase…

Con gusto podemos compartirles que hemos sobrevivido el primer año de Universidad. Les confesamos que no todo fue miel sobre hojuelas. Como padres, lo primero que deseábamos era correr a abrazar a nuestro hijo especialmente cuando lo escuchábamos triste en el teléfono o cuando estaba enfermo y su voz nos decía “extraño sus cuidados”. Sin embargo, todos y cada uno de nosotros en casa hemos madurado y ahora apreciamos todavía más nuestra convivencia familiar como una bendición más de nuestro Padre Dios. Ya que recibir a Fy en casa después de una larga ausencia nos permite darnos cuenta de todo lo que él nos da y que no tenemos cuando está lejos.
Cuando nuestros hijos eran pequeños no era tan difícil pensar en que sólo los tendríamos prestados y que un día se irían. Ahora que ya estamos enfrentando esa realidad nos preguntamos si realmente fuimos tan buenos padres como Dios quiere, si realmente les enseñamos todo lo que ellos beberían saber para convertirse en hombres de bien. Por otro lado, enfrentamos también el vacío de ya no tenerlos cerca de nosotros, a veces sentimos arrepentimiento por todos aquellos momentos en que discutimos con ellos por tonterías y permitimos que la comunicación se rompiera entre nosotros.
Les aconsejamos a todos los padres, que se aseguren de vivir el presente, que el pasado ya pasó y solamente queda aprender de él para ser mejores mañana. Que disfruten hoy a sus hijos y a su pareja porque el mañana estará aquí antes que nos demos cuenta.

Nuestra esperanza para todos los padres es que podamos ver a nuestros hijos partir con la frente en alto, orgullosos de que hicimos nuestro mejor esfuerzo al educarlos. No permitamos que la tristeza de su ausencia nos domine, sino por el contrario, que nos enfoquemos todo el tiempo que Dios nos permitió pasar con ellos y en la felicidad que nos brindaron, para que cuando los veamos volar hacia nuevos horizontes nos pongamos en las manos de Dios nuestro Padre y que llenos de fe digamos... “Padre nuestro que estás en los cielos…”.

* Efra y Lili Pruneda son Coordinadores de Encuentro Matrimonial en Denver.


 
 
 

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