El gran tesoro de la amistad
La amistad es exigente Y uno de los anhelos más hermosos del ser humano
Por Rossana Goñi
Desde muy niña, me he visto bendecida con un gran regalo: la amistad.
Conocí a quien es hoy mi mejor amiga cuando tenía siete años.
Compartimos juntas la escuela, la universidad, el compromiso cristiano y, finalmente, incluso la vida consagrada.
La amistad es uno de aquellos dones que, como lo más importante -como la respiración, como la vida misma- disfrutamos sin reparar casi en ellos. Lo tomamos por descontado... y eso no es bueno.
Uno de los signos de que la amistad está en crisis hoy, es el hecho de que, cuando hablamos del amor, solemos referirnos a alguna forma de contacto personal, o un “compromiso rígido” pero no a esa dimensión fundamental de nuestra vida: el alma del ser humano que anhela el encuentro, el diálogo, muchas veces silencioso, pero profundamente elocuente, que no sólo nos arranca de la soledad y de la rutina; sino que nos estimula, nos cuestiona, nos impulsa a sacar lo más noble de nosotros y a compartirlo, elevándonos así a una nueva dimensión humana, a una estatura mayor, aquella que San Pablo describe como “la estatura de Cristo”.
Cuando asistía de joven a mis primeros retiros, recuerdo que uno de los temas que más me impresionaba era cuando se hablaba de la amistad o el espíritu de vivir en comunidad, de compartir como lo hicieron los apóstoles con el Señor Jesús. Aprendí como el Señor Jesús había venido no sólo a redimirnos como Dios, sino como persona, como amigo: “No os he llamado siervos, os he llamado amigos” ¿No son hermosas estas palabras del mismo Jesús?
Dios mismo no se ha quedado contento con salvarnos: ¡Ha querido convertirse en mi amigo!
Pero las palabras de Jesús no quedan en lo hermoso y emocional: son también exigentes y nos muestran lo que significa la verdadera amistad: “sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando”.
Sin duda alguna, Jesús nos “manda”, nos “ordena”. Pero al mismo tiempo nos dice que no somos sus “siervos” ni sus “esclavos”. Esto quiere decir que la amistad tiene exigencias: ser amigo significa verse libremente obligado a servir al otro a sacrificarse por el otro, incluso, como Jesús a estar dispuesto a dar la vida.
“Amigo es aquel que te conduce a Cristo”, me decían en aquel encuentro de jóvenes al que asistí por primera vez y cambió mi vida completamente. Y desde entonces, nunca he olvidado esa frase. El amigo no es aquél que me apaña en mis malas acciones, tolera mis caprichos y me acepta “como soy”, sin importarle mis virtudes o defectos.
El amigo es aquél que me lleva a Cristo, es decir, me conduce, me ayuda, me aconseja, me corrige, para que día a día sea más como Jesús. Y por tanto, no se limita a “tolerarme”. Al contrario, me anima, me impulsa, con discreción, con fineza. Y cuando es necesario, con fineza y energía, a ser mejor, a sacar lo mejor de mí, a ser santa.
Por eso es que el famoso poeta Horacio decía que el amigo es “la mitad de mi alma”: no se trata de un compañero, de alguien con quien me llevo bien, de un camarada, de un acompañante de ruta o de aventuras. El amigo es quien ha sabido ingresar en el santuario de nuestro espíritu, donde mora Dios, reconociendo reverentemente su presencia en nosotros.
Por esto los amigos de verdad no son muchos; porque la amistad requiere de un gran esfuerzo, de mucha reverencia, de más cuidado que el que requiere una flor única y delicada.
Y es precisamente por eso que, como dice el libro de los Proverbios en la Sagrada Escritura, “quien ha encontrado un amigo, ha encontrado un tesoro”. Yo tengo la inmerecida dicha de gozar del don de la amistad. Y en medio de nuestra vida tan llena de desafíos, ajetreos, conflictos, exigencias y agitación, la amistad es uno de esos extraños remansos donde el alma descansa, reposa y se llena de energía espiritual.
Conozco muchas personas que van en busca constante de esta paz sin jamás lograrla. Gastan dinero en vacaciones o actividades que deberían relajarlas, pero sólo logran agotarlas aún más.
La amistad con Dios, y la amistad que viene de Dios, son esos verdaderos puertos donde la nave de sus vidas puede reposar segura. Y no cuesta dinero. Sí, cuesta esfuerzo. Pero el premio, como nos dice el Evangelio, es del ciento por uno. Nunca ceses de encontrar la verdadera amistad fundada en el Señor Jesús. Te doy gracias Señor Jesús por tener varios buenos amigos. |