Publicación en español de la Arquidiócesis de Denver
Agosto 2006

La Asunción de la Virgen

Dios nos muestra cuál es nuestro destino final: el cielo

Por Jorge Luna

Una vez más, el mes de Agosto nos hace tener presente el misterio de la Asunción de Santa María a los cielos. Ella es la primera discípula de su Hijo, el Señor Jesús y también con su Asunción al cielo lidera nuestro camino, enseñándonos cuál es nuestro destino: el cielo.

Nuestro peregrinar en esta tierra es la preparación para esa meta final, la vida eterna. En otras palabras, María nos muestra que nuestra vida debe ser una vida de santidad en orden de alcanzar el premio final. Y ella lo hizo de manera ejemplar: “Contemplando el misterio de la Asunción de la Virgen, es posible comprender el plan de la Providencia Divina con respecto de la humanidad: después de Cristo, el Verbo encarnado, María es la primera criatura humana que realiza el ideal escatológico, anticipando la plenitud de la felicidad, prometida a los elegidos mediante la resurrección de los cuerpos”.

Ser santos es haber alcanzado el cielo. Qué ejemplo más claro que el de la Virgen Asunta a los Cielos. Este misterio de nuestra fe nos grita que ese es el camino al que estamos llamados como cristianos.
Así vemos como la celebración de la Asunción debe significar para todos la celebración del ideal más importante en nuestra vida. Y especialmente la conciencia de que es posible ser santo. Y no sólo es posible sino que es el único camino posible.

Tengamos pues presente en nuestras reflexiones y meditaciones este mes, ese llamado que el Señor nos hace a encontrarnos con Él en el cielo, y pidámosle de manera especial a aquella que fue la primera, Nuestra Señora de la Asunción, que guíe todos nuestros esfuerzos por colaborar con la gracia que el Señor derrama sobre nosotros. Y así ser santos.

Fue el Papa Pío XII quien bajo la inspiración del Espíritu Santo, y después de consultar con todos los obispos de la Iglesia Católica, y de escuchar el sentir de los fieles, el 1 de Noviembre de 1950, definió solemnemente con su suprema autoridad apostólica, el dogma de la Asunción de María. Este fue promulgado en la Constitución "Munificentissimus Deus".


 
 

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