Publicación en español de la Arquidiócesis de Denver
Agosto 2006

La familia un bien necesario e insustituible

Llamados no sólo a dar amor humano sino también a manifestarlo y acogerlo en todas sus dimensiones y expresiones

Por Mar Muñoz-Visoso

A principios del mes de julio se celebró en Valencia, España (mi ciudad natal) el V Encuentro Mundial de las Familias. Es éste un encuentro de las familias con el Papa que se realiza cada tres años. Los anteriores fueron celebrados en Roma 1994; Río de Janeiro 1997; Roma 2000 en el marco del Jubileo de las Familias; y Manila 2003.
Las circunstancias no me permitieron estar presente físicamente, pero la maravilla de la tecnología me permitió seguir de cerca algunos de los acontecimientos a través del canal católico de televisión y explorar con mayor detenimiento los diferentes pronunciamientos del Santo Padre durante su participación en el congreso.

La familia es algo que a menudo, la mayoría de nosotros, damos por sentado. Nacemos y crecemos en una. Todos somos parte de una. Y sin embargo, nuca ha estado la familia más amenazada, y con mayor necesidad de que la defendamos y abiertamente la proclamemos como el bien “necesario” e “insustituible” que es. Por eso quiero detenerme en algunos de los pensamientos de Benedicto XVI.

En primer lugar la familia como escuela de amor: “La familia es el ámbito privilegiado donde cada persona aprende a dar y recibir amor. Por eso la Iglesia manifiesta constantemente su solicitud pastoral por este espacio fundamental para la persona humana”. En efecto, Cristo nos ha revelado a través del mandato del amor cuál es la fuente suprema de la vida. “El amor de Dios mismo se ha derramado sobre nosotros en el bautismo. De ahí que las familias están llamadas a vivir esa calidad de amor, pues el Señor es quien se hace garante de que eso sea posible para nosotros a través del amor humano, sensible, afectuoso y misericordioso como el de Cristo”. Qué interesante que el Papa utilice aquí la palabra “calidad”. No sólo estamos llamados a dar amor humano, sino que en respuesta al Amor que ya ha sido derramado abundantemente sobre nosotros debemos manifestarlo y acogerlo en todas sus dimensiones y expresiones.

Detengámonos por un momento en el aspecto misericordioso. He visto tantos casos en nuestras familias hispanas donde el orgullo, especialmente en el varón, es causa de gran dolor. Desgraciadamente las telenovelas están plagadas de esta imagen. Un sacerdote, al que conocí hace muchos años, insistía en que la parábola del hijo pródigo debería en realidad llamarse la parábola del padre misericordioso. Dios Padre nos ha puesto el ejemplo. Es un padre providente, pero que no quita la libertad a sus hijos, a pesar de que con ella a veces ellos hagan cosas que le duelen tremendamente. Es un padre que les deja cometer sus propios errores, con la esperanza de que un día en la distancia o en la necesidad valoraran lo que tenían al lado de su padre y regresarán. Es un padre que, reconociendo el valor del hijo que ha tomado la decisión de regresar, no lo llena de reproches sino que proclama a los cuatro vientos la dicha de haberlo recobrado. La misericordia, al estilo de Dios Padre, no es, pues, debilidad sino muestra de grandeza, y de hombría.

Por otro lado la familia es escuela de socialización. Si destruimos la familia destruimos la sociedad: “La familia es una institución intermedia entre el individuo y la sociedad y nada la puede suplir totalmente. En la familia aprendemos roles y responsabilidades, ética y valores que luego se van a reflejar en como actuamos en medio del mundo. Cuando estos elementos faltan o cuando no se tienen buenos modelos a seguir se hace mucho más difícil que la persona asuma responsabilidades, o si las asume que se mantenga firme y fiel en los momentos difíciles. “Ojalá que los hijos contemplen más los momentos de armonía y afecto que no los de discordia o distanciamiento, pues el amor entre padre y madre ofrece a los hijos una gran seguridad y les enseña la belleza del amor fiel y duradero”, exclamó el Papa Benedicto.
En un momento en que legislaciones locales e internacionales quieren llamar “matrimonio” a cualquier unión de hecho o incluso a parejas del mismo sexo, Benedicto XVI urge a la Iglesia: “Proclamar la verdad integral de la familia, fundada en el matrimonio como Iglesia doméstica y santuario de la vida, es una gran responsabilidad de todos.” El matrimonio, según la enseñanza de la Iglesia existe para el bien de los esposos y la crianza de los hijos; presupone pues complementariedad, compromiso, respeto mutuo y estabilidad. En el plano sexual, el “matrimonio” entre parejas del mismo sexo es un término de por si contradictorio. En primer lugar, porque no se pude producir una unión física íntima y total para la cual existe la complementariedad de los sexos. En segundo lugar porque esa unión, contraria a la ley natural, no puede ser transmisora de vida. Llamemos pues a las cosas por lo que son y no tratemos de doblegar el significado de los términos a la conveniencia de unos pocos, sólo porque quieren acceder a los beneficios sociales y políticos que el matrimonio tradicionalmente ha recibido como base de la sociedad.

Además, para los cristianos, esa unión es también sacramental, signo de la presencia de Dios y de su amor fructífero y fecundo. Decía Juan Pablo II: “El hombre se ha convertido en “imagen y semejanza” de Dios no sólo a través de su propia humanidad, sino también a través de la comunión de las personas que el varón y la mujer forman desde el principio. Se convierten en imagen de Dios, no tanto en el momento de la soledad, cuanto en el momento de la comunión. (Catequesis, 14 de noviembre de 1979). Precisamente porque es imagen y semejanza de Dios el matrimonio está necesariamente abierto a ser fructífero, creador, procreador.

“La familia es un bien necesario para los pueblos, un fundamento indispensable de la sociedad”, expresó el Papa. Amémosla y defendámosla, comenzando por revisar que tanto cuidamos nuestra propia vida familiar.


 
 

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