Dios es Amor, brillante comienzo de un pontificado
Por Mar Muñoz-Visoso
En repetidas ocasiones he preguntado a mis alumnos qué significa para ellos que “estamos hechos a imagen y semejanza de Dios”. La pregunta no es gratuita sino que nos va a dar el marco de referencia de nuestro ser persona y de nuestro ser comunidad.
A menudo la respuesta de los estudiantes va más por el lado de que estamos dotados de razón y de libre voluntad. No es hasta que apunto hacia la Trinidad que algunos caen en la cuenta de que Dios, en sus tres Personas, es una comunión de amor y que, por tanto, el hombre imagen y semejanza de Dios ha sido creado precisamente para eso: para la comunión y para el amor.
Por eso resulta especialmente animante que Benedicto XVI haya escogido como tema de su primera Encíclica el amor divino. “El amor de Dios por nosotros es una cuestión fundamental para la vida y plantea preguntas decisivas sobre quién es Dios y quienes somos nosotros.” (Deus Caritas Est, n.2). Esta es una cuestión tan fundamental que el Papa no esconde cuál es el propósito de esta encíclica al comienzo de su pontificado: “suscitar en el mundo un renovado dinamismo de compromiso en la respuesta humana al amor divino” (DCE n. 1).
La carta tiene dos partes. La primera es de carácter más filosófico. En ella trata de aclarar conceptos y de establecer “algunos puntos esenciales sobre el amor que Dios, de manera misteriosa y gratuita, ofrece al hombre y, a la vez, la relación intrínseca de dicho amor con el amor humano” (n. 1). En esta aclaración conceptual, no exhaustiva pero sí muy eficaz, sin argumentos largos ni muy complicados, hemos de notar que el estilo literario del nuevo Papa delata sus muchos años de experiencia al frente de la Congregación para la Doctrina de la Fe, en los que su tarea principal fue ayudar a Juan Pablo II en la correcta interpretación de las enseñanzas de la Iglesia. Además, demuestra su voluntad de continuar con el reto que nos hizo su predecesor de construir la “civilización del amor”. La claridad meridiana de sus argumentos sobre el amor humano y divino puede sorprender incluso a aquellos menos afectos a especulaciones filosóficas. Y, desde luego, es de agradecer para los cristianos de a pie.
De las diversas enseñanzas que se recogen en esta parte me gustaría señalar varias ideas. En primer lugar, es Dios quien nos ha amado primero y, por tanto, el mandato del amor a Dios y al prójimo ya no es un “mandamiento”, sino la respuesta al don del amor (nos. 1, 17). Segundo, el amor engloba la existencia entera y en todas sus dimensiones (n. 6). Tercero, el hombre no puede vivir exclusivamente del amor oblativo, de dar amor, sino que también debe recibir y recibirlo como don (n. 7). Cuarto, una Eucaristía, y por extensión otros actos de culto, que no comporte un ejercicio práctico del amor vacía a ésta de todo significado (n. 14). Finalmente, el encuentro íntimo con Dios, si realmente lo es, lleva a una “comunión de voluntad” donde aprendo a mirar la otra persona desde la perspectiva de Jesucristo. El Papa hace una bellísima descripción de lo que esto significa en el número 18 de esta encíclica.
La segunda parte es de carácter práctico: cómo cumplir de manera eclesial el mandamiento del amor al prójimo. Nos recuerda el carácter esencial que el ejercicio de la caridad tiene en la vida misma de la Iglesia: “La naturaleza íntima de la Iglesia se expresa en una triple tarea: anuncio de la Palabra de Dios (kerygma-martyria), celebración de los Sacramentos (leiturgia) y servicio de la caridad (diakonia). Son tareas que se implican mutuamente y no pueden separarse una de otra. Para la Iglesia , la caridad no es una especie de actividad de asistencia social que también se podría dejar a otros, sino que pertenece a su naturaleza y es manifestación irrenunciable de su propia esencia.” (n. 25). Por lo tanto, “La Iglesia no puede descuidar el servicio de la caridad, como no puede omitir los Sacramentos y la Palabra.” (n. 22).
Esto tiene dos consecuencias prácticas importantísimas. En primer lugar, en esta familia nuestra que es la Iglesia no debe haber nadie que sufra por falta de lo necesario. Pero también, la universalidad del amor supera los confines de la Iglesia y debe dirigirse hacia toda persona necesitada. Para ello, “la parábola del buen Samaritano sigue siendo el criterio de comportamiento” (n. 25b).
Finalmente, esto nos lleva a entender como la doctrina social de la Iglesia se ha convertido en una indicación fundamental, que propone orientaciones prácticas válidas más allá de los confines de la propia Iglesia (n.26). También se nos recuerda el papel privilegiado que en esta dimensión tienen los laicos, ya sea como actividad organizada de la Iglesia o como ejercicio individual de cada cristiano.
Es en ejercicios de caridad como estos de parte del Papa hacia la Iglesia y el mundo entero (esta encíclica), donde los cristianos tenemos prueba de que el Espíritu del Señor sigue animando y guiando al Sucesor de Pedro. Deus Caritas Est! |