Publicación en español de la Arquidiócesis de Denver
Marzo 2006

La Anunciación-Encarnación

Una solemnidad que celebra el inicio de nuestra Salvación...

Por Jorge Luna

El 25 marzo, nueve meses antes de la Navidad, celebramos junto con toda la Iglesia la Fiesta de la Anunciación del Arcángel Gabriel a María. El momento de la Encarnación del Verbo Eterno, la segunda persona de la Trinidad, en el seno purísimo de una humilde doncella de Nazaret.

Este misterio insondable encierra muchísimas consecuencias para el ser humano. Desde el hecho que Dios mismo decida hacerse hombre como nosotros, hasta el milagroso hecho de que se encarnara y fuera concebido por una mujer virgen.

Nuestra reconciliación

El relato de la Anunciación del Arcángel Gabriel a María da inicio a los hechos centrales de nuesta fe: la Encarnación, Vida, Pasión, Muerte, Resurrección y Ascención del Verbo Eterno, hecho Hijo de mujer para la salvación de los hombres. Es el hecho que marca la entrada de Dios en nuestra historia, porque tanto amó Dios al mundo que envió a su propio Hijo para que se hiciera en todo igual a nosotros, menos en el pecado y muirera por nosotros, y por nuestra reconciliación.

También es importante resaltar el hecho de que Dios quisiera que su Hijo se encarnara en una mujer virgen. Esto nos afirma que el único padre de Jesús es el Padre que está en los cielos. Así queda claro aquello que el ángel resalta en sus palabras a María, que aquel al que va concebir es hijo de Dios: “por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo del Altísimo” (Lc 1, 35). Para que no quede duda de que ese hombre es Hijo de Dios.

El “Hágase” de María

El misterio de la Encarnación muestra también la incomparable grandeza de la maternidad virginal de María: la concepción de Jesús es fruto de su cooperación generosa en la acción del Espíritu de amor. María a pesar de no tener el horizonte completamente claro, de no saber exactamente que iba a ocurrir pronuncia aquellas sublimes palabras: “Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1, 38)

María se pone totalmente a disposición de Dios con ejemplar fe en sus designios y total generosidad para hacer lo que Él le pida. No hace cálculos de cuanto le iba a costar o que es lo que tenía que pasar, simplemente responde confiada en que Aquél que la estaba llamando no la iba a defraudar. De esta manera María evidencia su total disponibilidad al servicio del cumplimiento del Plan de Dios.

María renuncia a su comodidad, a sus planes, a sus seguridades, y se lanza a la gran aventura de seguir lo que Dios le pide, de someterse a lo inseguro, e incluso a lo doloroso. Vaya ejemplar lección para todos nosotros. Cuanto nos enseña la Virgen con su ejemplo.

María, Madre de la Fe

Al meditar en la respuesta de la Madre también podemos descubrir un ejemplo y aliento para crecer en nuestra fe. Ella creyó sin titubear en aquello que desafiaba todo lo imaginable: que Dios se hiciera hombre y que una virgen fuera Madre. Así con su ejemplo nos alienta y educa en la fe, la esperanza y el amor. María se hizo Madre de Dios por nosotros, para que seamos reconciliados, para que tengamos una nueva vida. Por eso al concebir a Jesús, nos concibe a nosotros. María es Madre nuestra y escuela de nuestra fe.

María modelo de entrega y de amor

En el relato de la Anunciación -Encarnación del Verbo en su seno, María nos enseña también a qué nivel de entrega y de amor estamos convocados cuando el Señor nos llama. Y nos invita a pensar cuantas trabas ponemos al Señor para seguirlo, cuantas objeciones o condiciones para acoger su Plan en nuestras vidas. Y peor si el camino que vislumbramos implica dificultades o sufrimientos. Acudamos a la Madre para que Ella nos eduque en como responder al Señor en todos los momentos de nuestra vida, siempre con un Hágase generoso, lleno de amor y de entrega.

Obediencia al Plan de Dios

Pero esta actitud, no es algo que nace de la noche a la mañana en nuestras vidas, es algo en lo que tenemos que educarnos, tal y como lo hizo María a lo largo de su vida. Aprender a decir sí al Señor en las pequeñas cosas, en el día a día; aprender a escucharlo en lo cotidiano, para que cuando nos pida las cosas importantes, sepamos escucharlo y responder con generosidad: Hágase en mí según tu palabra.

El Hágase de María nos indica no sólo la aceptación, sino también, la acogida convencida y llena de esperanza del Plan Divino, en lo que podríamos llamar una obediencia amorosa. Anticipando y haciendo suya de alguna manera la actitud que el Señor Jesús nos mostrará durante toda su vida, una obediencia amorosa al Padre. Pidámosle pues a la Madre que nos ayude en este tiempo de Cuaresma a acoger el Plan de Dios para nosotros con una mayor generosidad y a crecer a su lado en nuestra obediencia amorosa a Él, en especial cuando lo que se nos pide parezca difícil y complicado.



 
 

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