De las apariencias y un buen corazón
Este tiempo de Cuaresma es una época bien especial, así como que de preparación como para unas Olimpiadas o un Mundial. Necesitamos esta época para entrenar nuestro corazón con acciones bien concretas como las que nos pide la Iglesia: sacrificios, oración, reconciliación, tanto con los hermanos como con el Señor a través del sacramento de la confesión, así como obras de caridad. A propósito de esto último, te quiero contar una historia para nuestra reflexión de Cuaresma, es de allá de cuando era yo joven y los dinosaurios gobernaban la tierra:
Una noche que estábamos solos mi mamá y yo en la casa tocó a la puerta un muchacho de aspecto sucio, desgarbado, así como les decimos en México bien“maladrín”. Pensé que me iba a pedir lo clásico: para completar el pasaje a no sé donde, para medicinas, para un taco o algo así. Pero no, me dijo que andaba en la aventura y que necesitaba una cobija para dormir. Se nos hizo muy diferente su petición así que le buscamos una cobija y bajé a dársela. Cuando salí y se la entregué me fijé que una de sus manos estaba quemada, y con la otra me recibió la cobija, luego me miró fijamente a los ojos y me dijo “gracias compa, Dios te lo pague”. Se fue caminando con una actitud medio sospechosa, y ya ves que de pronto no sabes qué pensar exactamente de las intenciones de la gente. Total que nos quedamos platicando sobre eso mi madre y yo, y sí nos entró primero un poco de incertidumbre sobre sus intenciones, pero bueno así quedó la cosa.
En eso me platicó mi mamá de lo que hacía días atrás había hecho un sacerdote de la diócesis (de Chihuahua), una persona de lo más sencillo que te puedas imaginar. Resulta que este padrecito, de origen muy humilde, llegó a la casa de su mamá con un joven sucio, maloliente, como si viviera en la calle, quizá de esos que cuando pasan por la calle ni siquiera quieres voltearlo a ver, o que incluso le sacas la vuelta con un poco de miedo. Pues bien, el Padre llegó a la casa de su mamá y le pidió a ésta que les prepara cena a ambos y que alistara la cama del Padre para que ahí pasara la noche el invitado; pasó al joven al baño para que se bañara y le dio ropa (de lo poquita que tiene el Padre, porque casi toda la regala). Mientras el muchacho se bañaba, la mamá le preguntó de dónde lo conocía. Él le dijo que llegó a su parroquia pidiendo dinero para poder regresarse a Zacatecas. El Padre lo subió a su “troquita” y se lo llevó, sin más ni más.
Cuando salió de bañarse y cenaba, aquel muchacho supo entonces que el señor que lo había ayudado era un sacerdote (Cabe señalar que en varias partes de México los sacerdotes no usan alza cuellos como acá en Estados Unidos). Por supuesto que ese joven una vez que supo eso no quería aceptarle dormir en su cama, pero al final el Padre lo convenció. Cuenta la mamá del Padre que fue entonces que aquel muchacho lloró y lloró como un bebé. Les dijo que nadie nunca lo había tratado así. Les contó cuántas veces había sido despreciado, humillado e ignorado, incluso dijo, por otros sacerdotes. En pocas palabras, nadie en su vida se había preocupado por él como lo había hecho esa noche este humilde sacerdote.
Qué difícil nos es ver hoy en día el rostro de Jesús en el hermano, sobre todo cuando ese rostro está sucio y triste, ¿verdad?
Has tú pues de esta Cuaresma un tiempo de verdadera caridad, busca siempre el rostro de Jesús en los demás, sobre todo en aquellos más olvidados o despreciados. Que la preparación a la Muerte y Resurrección de Señor nos ayude a que no dejemos ser sensibles y generosos con los que se cruzan en nuestro camino.
Paz
Abraham
PD. Agradezco los mensajes que me han enviado Susana Becerra, Luis Carlos López y los comentarios de Oscar Vázquez del grupo de jóvenes de la parroquia Queen of Peace, a quienes envío un caluroso saludo. Tú también me puedes escribir a: paz_abraham@hotmail.com
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