Publicación en español de la Arquidiócesis de Denver
Junio 2006

“Todos los hombres anhelan una vida feliz” (San Agustín)

En el sacerdocio he encontrado la felicidad.

Por el Padre Héctor Chiapa-Villarreal

San Agustín afirma que todos los hombres, sin expresarlo de la misma manera o aún sin manifestarlo siquiera, desean una vida feliz. Este deseo está en el origen de mi propia vocación.

Cuando estaba por terminar la preparatoria, participaba en la Pastoral Universitaria y en una excursión a la montaña, en el silencio de la ascensión, con el esfuerzo de la subida y rodeado de la belleza de la creación, mi corazón me preguntó: “¿Qué tal si yo entrara al Seminario?” Sorprendido y confundido, rechacé el deseo porque ya tenía un plan para mi vida: estudiar Derecho, una Maestría en Relaciones Internacionales y eventualmente entrar en el Servicio Diplomático de mi país. Así, ignoré por un tiempo la llamada al sacerdocio. Entré en la Escuela de Derecho y exteriormente todo iba muy bien. La universidad me gustaba, tenía amigos y me iba bastante bien en los estudios. Sin embargo, interiormente la experiencia era diferente. El sacerdocio se me presentaba como un misterio fascinante que me atraía de un modo tan intenso que todas las demás experiencias de mi vida palidecían, del mismo modo como las sombras danzan y se desvanecen alrededor de la luz brillante y apacible de la única vela que ilumina un cuarto oscuro.

El Señor me ofreció la vocación al sacerdocio como una declaración de amor sin palabras que solamente mi corazón podría escuchar. Una noche, mientras rezaba en el silencio de mi habitación, y pidiéndole a Dios iluminarme en su presencia, abrí las Sagradas Escrituras y me encontré con la copia de una pintura medieval representando a un obispo ungiendo las manos de un diácono en el momento de ser ordenado sacerdote.
La paz, la alegría y el consuelo que esa imagen provocaron en mi interior fueron un signo inconfundible de la voz sin palabras de Dios que me decía: “Ven y sígueme.” Y a partir de entonces, las palabras del profeta Jeremías son la mejor expresión de tal experiencia: “Me sedujiste Señor, y me dejé seducir.”
En el verano de 1995 empecé mi formación sacerdotal en una comunidad religiosa. Después de casi once años e innumerables cambios, pruebas, obstáculos, desafíos e incontables dones que las palabras son incapaces de describir, el 13 de mayo del 2006, triple fiesta de María por ser el día de Nuestra Señora de Fátima, en sábado, el día dedicado a la Virgen, en el mes consagrado también a ella, he sido ordenado sacerdote diocesano por el Arzobispo de Denver, Su Excelencia Charles J. Chaput.

San Juan Apóstol escribe en su primera carta que Dios es más grande que nuestros corazones. San Pablo, en los Hechos de los Apóstoles afirma que el Señor conoce nuestros corazones. Por tanto, él sabe cuales son nuestros deseos, aspiraciones, sueños, frustraciones, luchas y dificultades. El sabe muy bien que deseamos ser felices. Ese deseo ha sido puesto por Él en nuestro interior. El único modo de alcanzar el cumplimiento de esa aspiración fundamental es en el encuentro personal, renovador, vivificante, transformador con la persona de Cristo, quien es el Camino la Verdad y la Vida. Su Corazón es la fuente de aguas vivas capaces de saciar la sed existencial de plenitud. Es en el cumplimiento de su voluntad en donde encontramos la verdadera felicidad.

Johann Sebastian Bach nos ha dado una de las cantatas más hermosas jamás compuestas: “Jesús, alegría de los hombres.” En verdad Jesucristo es la fuente de la felicidad de la humanidad. El sacerdote es el canal a través del cual Dios transmite las aguas torrenciales de la auténtica alegría a los corazones tan sedientos de felicidad.

El sacerdocio es una vocación incomparable a través de la cual Dios continúa su acción salvadora en el mundo. El sacerdote está unido a Cristo de tal modo que a través de su ministerio el Hijo de Dios está realmente presente en el mundo, amando a los hombres con el amor del Padre que llegó al extremo de entregar a su Hijo único a la muerte para la redención de nuestros pecados, para hacernos hijos en el Hijo, y es a través de la Resurrección de Cristo como participamos de la plenitud de la vida divina. Son los sacramentos el lugar de encuentro con estos dones divinos.

Hoy soy sacerdote de Jesucristo por toda la eternidad, y uniendo mi voz a la del salmista puedo cantar con todo el corazón: “Alabad al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia.”

 
 
 

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