Publicación en español de la Arquidiócesis de Denver
Julio 2006

¿Realmente creo en la vida eterna?

Somos peregrinos y caminamos hacia una meta

Por Rossana Goñi

Pensé bastante antes de empezar a escribir este mes. Por un momento -quizá como es natural- me costaba abordar este tema... pero al mismo tiempo me decía: “forma parte fundamental en nuestra vida”, “todo ser humano pasará por ello”, “a nadie le gusta hablar de este tema, pero eso no quiere decir que no sólo no sea bueno hablar de ello, sino que es necesario”. Esta última idea fue la que me alentó a escribir y compartir con ustedes lo que creo significa la muerte para nosotros los cristianos.
Mi primer encuentro directo con la muerte fue cuando tenía 12 años con la partida de mi abuela materna. Ella murió de cáncer después de varios meses de sufrimiento... aún recuerdo claramente como mi madre me permitió algunas veces curarle las heridas a mi abuela y eso me permitió no sólo mostrarle el amor que le tenía sino me ayudó a enfrentar el sufrimiento. El día de su partida, estábamos varios miembros de mi familia y yo -mi mamá al lado mío- rezando alrededor de la cama de mi abuela. Ave María, tras Ave María, tras Ave María ... cuando de pronto dejó de respirar y murió. En ese instante mi madre me toma los hombros, se acerca a mi oído y me dice dulce y serenamente: “¿viste como la abuelita subió al cielo?”. Yo le respondí ... “hmmm... sí, creo que sí”. Creo que comprendí que mi abuela había ido al cielo... y no recuerdo haber estado triste, quizá porque desde niña aprendí que el cielo era el lugar más hermoso, el lugar más perfecto que nos podíamos imaginar, era la paz y felicidad eterna... donde te encontrabas con Jesús y la Virgen María. Entonces creí que mi abuela estaba feliz, pero no puedo negar que la extrañaría.

Después de esa experiencia tan intensa y tan hermosa al mismo tiempo, he tenido muchos encuentros con la muerte en mi vida. Desde yo misma haber estado muy grave de salud y haber recibido el sacramento de la extremaunción -será motivo de otra conversación-, hasta haberlo visto en amigos , familia, niños, adultos, ancianos, enfermos, sanos, etc ... todos, absolutamente todos, moriremos.

Pero en los últimos dos meses -como nunca antes en mi vida- he visto a gente morir, y he rezado por varios amigos y conocidos que han partido... Fue entonces donde las reflexiones sobre la muerte vinieron con más fuerza en mis oraciones diarias y reflexiones.

En primer lugar, creo que la muerte nos pone frente a un misterio que es muy difícil de explicar, quizá nada lo podría explicar si uno no tiene fe. Necesitamos tener el don de la fe para entender y acoger la muerte. Sin ella, se convierte en una tragedia sin sentido.

Tener fe es creer como Marta, la hermana de Lázaro, el amigo del Señor que Él resucita. Creer que Jesucristo es la Resurrección y la verdadera Vida. Y la pregunta que Jesús le dirige a Marta incluso en medio de su dolor es "¿Tú crees esto?". Es una pregunta acuciante, aguda, que se dirige, en realidad, a cada cristiano siempre, pero especialmente ante el misterio de la muerte de un ser querido.

El a veces pedir morir de esta manera o de otra, en cual o tal fecha "rodeado de amigos", "en paz"... es irrelevante y hasta quizá mundano. Miles de mártires y santos tuvieron muertes duras o incluso indeseables desde el punto de vista del mundo. Pero el cristiano sólo aspira a saber que muere en la fe, listo para el encuentro final con el Señor de la Vida. Lo demás puede suceder o no.

En segundo lugar, creo que la muerte de una persona querida nos cuestiona sobre nuestra vida diaria. Nos vienen preguntas cómo “Y yo, ¿qué estoy haciendo con mi vida?”, “¿estoy preparado?”. Me viene al recuerdo las famosas “Coplas por la Muerte de su Padre” del poeta español Jorge Manrique que dice "Recuerde el alma dormida, avive el seso y despierte contemplando, cómo se pasa la vida, cómo se viene la muerte, tan callando”.

Los cristianos tenemos que pensar en la muerte, en nuestra propia muerte. Éste no es un pensamiento negativo, ni hay que temerle. Por el contrario, es un pensamiento liberador, que nos hace poner las inquietudes y dificultades cotidianas en perspectiva. Para que lo más importante, que es vivir nuestra fe, que es estar preparados para el encuentro definitivo, brille con toda claridad.

"Vive cada día como si fuera el último" decía Fray Luis de Granada. Hoy en día, en medio de un mundo que nos promete la “felicidad” acá en la tierra, con banalidades y promesas quimeras, que oculta la realidad inevitable de la muerte silenciándola o decorándola para hacerla irrelevante... esta advertencia del gran maestro espiritual español es más urgente que nunca.

Queridos amigos... entonces, no perdamos más el tiempo y esforcémonos por alcanzar la meta deseada hoy... no mañana.


 
 

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