¡Ay de mí si no evangelizo!, ¡Ay de mí si no evangelizo!... (1 Cor. 9, 16)
El corazón de la hermana Magdalena Contreras
Por Luis Soto
En el pasado Primer Encuentro Nacional de Pastoral Juvenil Hispana en la Universidad de Notre Dame, hubo un momento clave que estoy seguro ninguno de los participantes olvidará. El Cardenal de Tegucigalpa, Honduras, Oscar Andrés Rodríguez Maradiaga, nos estaba hablando de nuestra misión como cristianos. De repente comenzó a contarnos una historia. Nos dijo que una vez San Pablo, el Apóstol, tuvo que ir al médico, pues tenía un pequeño problemita en el corazón que no sabía su causa. El doctor puso el estetoscopio en el lado izquierdo de su pecho y para su sorpresa, el corazón de San Pablo no sonaba igual que el resto de los corazones. Escuchó de nuevo y trató de poner más atención. En el fondo comenzó a escuchar el grito del latido del corazón de San Pablo: ¡Ay de mí si no evangelizo! ¡Ay de mí si no evangelizo! ¡Ay de mí si no evangelizo!... (1 Cor 9,16)
Este es el latido del corazón de un misionero. Este debe ser el latido del corazón de la Iglesia y, sin duda, este era el latido del corazón de nuestra hermana Magdalena Contreras. Una vez me preguntaron, ¿para qué fundó Cristo la Iglesia? ¿Cuál es la razón de ser de la Iglesia? Mi respuesta hoy y siempre será la misma que tuve aquel día, para “ir por todo el mundo a anunciar el evangelio y hacer discípulos” (Mt 28, 19; Mc 16, 15)
En el Primer Encuentro Nacional de Pastoral Juvenil nos preguntábamos cuáles eran los dones, los regalos que los hispanos traemos a la iglesia de los Estados Unidos. Sin duda que uno de los más grandes, es que no hemos perdido de vista el sentido misionero de nuestra Iglesia. La razón de ser de la Iglesia es ser misionera. El Papa Pablo VI lo dijo en Evangelii Nuntiandi: “la tarea de la evangelización de todos los hombres constituye la misión esencial de la Iglesia” (EN 14). Desgraciadamente muchos hermanos nuestros han olvidado esto y piensan que pertenecer a la Iglesia es como pertenecer a un club social, o incluso religioso. Piensan que la razón de ser de la Iglesia Católica es llenar las bancas los domingos y han olvidado que, como dijo San Francisco de Asís, debemos evangelizar en todo momento y, cuando sea necesario, usar las palabras.
Ese fue sin duda el ejemplo que nos dejó la Hermana Magdalena Contreras. Esa es la manera como tocó la vida de muchos de nosotros. Para ella había una urgencia de evangelizar a la comunidad hispana. Esa urgencia es el mismo sentimiento que tuvo San Pablo al decir, ¡Ay de mí si no evangelizo! Incluso en el lecho de muerte, ella seguía dando testimonio y cambiando las vidas de las personas. Varias veces cuando tuve la fortuna de ir a visitar a la Hermana Magdalena al hospital o a la casa de asistencia, su única preocupación fue siempre qué pasaría con la gente que ella servía. Se quería recuperar cuanto antes para poder estar con ellos de nuevo. Y desde su cama daba ejemplo de fortaleza y ofrecía su sufrimiento por sus comunidades y familias.
El corazón de la hermana latía como el de San Pablo y ojalá que los corazones de todos los católicos sigan latiendo de la misma manera.
El evangelizar no es asunto que uno puede decidir hacer o no, es la obligación de todo católico. Que el espíritu y ardor misionero de nuestra hermana Magdalena nos contagie, para con San Pablo tener un corazón que sólo diga: ¡Ay de mí si no evangelizo!
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