Inmigración: ¿Construimos un muro o
construimos puentes?
Por qué cerrar las puertas a los inmigrantes no es ni inteligente, ni cristiano
Por Mons. José H. Gómez, S.T.D.
Arzobispo de San Antonio
Terminada la Primera Guerra Mundial, Francia creyó que la mejor manera de protegerse de la agresividad expansionista de la Alemania de entonces era construyendo un muro militarizado a lo largo de toda su frontera, conocido como la “línea Maginot”.
Tras la Segunda Guerra Mundial, la línea Maginot, fácilmente rebasada por las tropas alemanas que dieron un rodeo por los Países Bajos, pasó a ser conocida como “el más grande monumento a la insensatez humana”.
Después de la Segunda Guerra Mundial, Francia y Alemania comprendieron que la mejor “barrera” a la agresión, no era construir muros, sino puentes de intercambio y fraternidad, que con el tiempo darían lugar a lo que hoy conocemos como la Unión Europea. La relación entre Alemania y Francia nunca ha sido más pacífica, fecunda y productiva que cuando ambas naciones decidieron cooperar caminar juntas, borrando en la práctica las fronteras.
Si menciono este episodio histórico, cuando en Estados Unidos se avecina la erección en la frontera con México del muro más largo jamás construido desde la gran muralla china, no es porque crea que ambas circunstancias históricas son idénticas. Obviamente no lo son.
Pero, sí menciono este episodio porque existe una profunda lección corroborada una y otra vez en la historia: los muros -desde la muralla china hasta la línea Maginot- nunca han solucionado problemas o tensiones; por el contrario, las han agudizado.
La realidad y los
prejuicios
Es indiscutible que la llegada de inmigrantes hispanos, especialmente mexicanos, constituye un desafío para los Estados Unidos. Los números son elocuentes.
Los Hispanos o Latinos (las autoridades del Censo de los Estados Unidos utilizan intercaladamente estos términos), según cifras 2002, son 37.4 millones y representan el 13.3 por ciento de la población norteamericana.
Del total de la población hispana, 66.9 por ciento son de origen mexicano, 14.3 de Centro y Sudamérica, 8.6 de Puerto Rico, 3.7 por ciento Cubano, y el 6.5 restante de otros orígenes hispanos, incluyendo España.
Según el mismo censo, 26.5 por ciento de los hogares hispanos consistían de cinco a más personas, incluyendo parientes, pero sobre todo hijos; mientras que sólo el 10.8 por ciento de hogares anglos tenían la misma cantidad de miembros.
El hogar anglo promedio tiene entre dos y tres miembros.
Si bien Estados Unidos ha sido un país de inmigrantes, el volumen de la población hispana, que no tiene precedentes ni comparación con ninguna otra ola inmigrante en el pasado, señalan lo complejo que significa la asimilación de esta población, su integración adecuada que no sea a costa de sus valores, y explica por qué surgen expresiones xenofóbicas, desde las producidas por el temor a lo nuevo (como quienes ven en la laboriosidad hispana un “riesgo” para sus puestos de trabajo) hasta otras expresiones más peligrosas de xenofobia.
Toda corriente inmigratoria en Norteamérica ha marcado de manera definitiva la identidad de Estados Unidos, pero también ha enfrentado tradicionalmente la resistencia de los que ya habitaban en el país.
Al ver la película “Bandas de Nueva York” y recordar los epítetos, el desprecio y los prejuicios lanzados por el “establishment” protestante de entonces contra los irlandeses católicos, podríamos decir que hoy bastaría con cambiar el término “irlandés” por “hispano” y podríamos decir que la historia se repite.
Sin embargo, hoy nos encontramos con una resistencia más articulada, más orgánica, tal vez más “políticamente correcta”, pero intelectual y políticamente más sofisticada.
Está, por ejemplo el libro “Who we Are” de Samuel P. Huntington, un hombre con gran influencia en las cúpulas pensantes de los partidos políticos norteamericanos, y al mismo tiempo uno de los que plantea un problema de fondo: la teoría de que los hispanos, si mantienen su identidad y siguen llegando en el mismo volumen, “destruirán” los logros de Estados Unidos que son únicos en el mundo en término de libertades y bienestar.
En resumen, los hispanos son los enemigos de la identidad y de los logros que han hecho de Estados Unidos la potencia que es hoy.
Esta sensación de “amenaza” divide a la misma población católica norteamericana: hay quienes sienten que los inmigrantes deben ser alejados, regresados a sus lugares de origen; otros creen que deberían vivir aislados, porque no “respetan” las costumbres de la estructura católica norteamericana, otros creen que debería asistírseles de manera puramente social; y solamente una minoría cree que deben ser asimilados y que su integración respetuosa significará un beneficio para la nación y la Iglesia.
Una respuesta razonable
Antes de ser nombrado Obispo Auxiliar de Denver, serví por 14 años como sacerdote en Texas. George W. Bush fue gobernador por algún tiempo en aquellos años, y me fue fácil comprender por qué los votantes Hispanos del estado lo apoyaron tan fuertemente en las elecciones presidenciales del 2000.
Bush se había ganado la reputación de un hombre decente y capaz; un líder de buena voluntad y buena actitud hacia los latinos.
El Sr. Bush vio el futuro antes y mejor que muchos. De hecho, como gobernador, comprendió que Estados Unidos es una nación construida a base de inmigración. Esa es una de nuestras grandes fuerzas. Es por eso también que el nativismo -"americanos para los americanos"- no funciona nunca. El nativismo asume que el pastel económico de América es pequeño y que su cultura está moldeada en cemento. Pero nuestra historia muestra exactamente lo contrario. Los inmigrantes hacen el pastel más grande. Crean salud, traen nueva energía e ideas, y mantienen a nuestro país competitivo. También, ellos toman el trabajo que nadie quiere.
Mientras más exitosos seamos, más suscitaremos que gente de fuera venga buscando a construir una nueva vida entre nosotros. Eso es lógico. Es también algo bueno. No necesitamos temerle.
Además, en Estados Unidos, al iniciar este 2006, nuestra economía depende del trabajo de millones de inmigrantes indocumentados, muchos de ellos de América Latina. En muchos lugares, la agricultura no podría sobrevivir sin el trabajo de sus manos. La abrumadora mayoría no representa amenaza alguna en lo absoluto para la seguridad nacional. Para la mayoría de los mexicanos "ilegales", el asunto es muy simple: América necesita trabajadores, y ellos quieren trabajar. ¿Por qué es tan irrazonable extender a estos trabajadores una protección razonable bajo la ley?
En efecto, la legalización, en vez de los muros y la represión, ayudaría, no dañaría la seguridad nacional. Tener trabajadores con documentos legales permitiría que el gobierno pueda manejar mucho mejor a quienes están en los Estados Unidos sabiendo por qué están aquí.
La legalización ayudaría a mantener unidas a las familias y mantener el bienestar de los niños que ya son ciudadanos americanos. La mayoría de las familias indocumentadas incluye al menos un niño que es ciudadano americano y otros niños y padres que no lo son. Las políticas que fijan como objetivo a los trabajadores indocumentados atacan inevitablemente también a los niños que son ciudadanos americanos.
La legalización ayudaría a un mayor desarrollo y estabilidad en América Latina. Los inmigrantes en Estados Unidos enviaron a sus países $20 billones en el 2000. Muchos de esos inmigrantes son latinoamericanos, y sus recursos son vitales para la economía de América Latina.
La legalización no significa recompensar a los infractores de la ley, ni tampoco dañar a los inmigrantes que están esperando en las líneas para recibir sus visas. La inmensa mayoría de los que han llegado ilegalmente lo han hecho porque no existe un sistema sencillo y asequible para obtener una visa de trabajo para oficios manuales. Si se les diera la oportunidad de legalizar su situación lo harían de inmediato.
Finalmente, la legalización podría traer a la inmigración de los Estados Unidos conformidad con la política económica de este país. No podemos alentar razonablemente y dar libertad de interacción con América Latina a través de tratados como NAFTA, que alienta la inmigración, y luego toma medidas enérgicas cuando ésta ocurre.
Por eso, la sensatez demostrada por el Presidente Bush cuando fue Gobernador de Texas se ve hoy socavada por la línea dura tomada por políticos de su propio partido. Estos políticos ignoran que simplemente no podemos darnos el lujo de tolerar el chauvinismo que está en el fondo de numerosas críticas al trabajo indocumentado. No podemos tolerarlo ni económicamente, ni socialmente, ni humanitariamente. El mundo se está volviendo pequeño, nos guste o no. En el futuro próximo, Estados Unidos y América Latina -que por lo demás, es la única región del mundo donde la simpatía hacia Estados Unidos es genuina- crecerán o caerán juntos.
Y una respuesta cristiana
El Papa Juan Pablo II, al hablar del tema de la inmigración, reconocía sin duda el derecho de cada país a regular el flujo de inmigrantes según las exigencias del bien común. Ese es un derecho innegable. Sin embargo, señalaba que ese derecho no podía ignorar un derecho humano fundamental: el de la libertad de hombres y mujeres de desplazarse para buscar un futuro mejor para ellos y para los suyos.
Lo central en la libertad humana, como la Iglesia nos lo recuerda repetidamente, es que la gente tiene un derecho dado por Dios de moverse y viajar libremente para trabajar, para mantenerse y mantener a sus familias. Interferir con ese derecho sin una causa buena y justa, viola la dignidad humana. Por eso los cristianos debemos ser muy concientes de que la línea que separa una preocupación justa por la seguridad nacional y el injusto trato de aquellas personas nuevas que llegan puede ser muy delgada.
El estado tiene, sin dudas, el deber de equilibrar los intereses, priorizando siempre los derechos más fundamentales; y la Doctrina Social de la Iglesia reconoce este derecho y deber del Estado.
Pero en nuestras mentes como católicos, no podemos llamarnos hombres o mujeres de fe y al mismo tiempo guardar prejuicios contra aquellos hermanos que vienen de lejos, cargados de pobreza y esperanzas. El reto es una vez más muy claro, o estamos dispuestos a vivir el Evangelio y de manera razonable vivir como hermanos o preferimos el egoísmo del aislamiento y con ello el rechazo al Mandamiento Nuevo de amarnos los unos a los otros. Si la opción acertada como católicos está tan clara y aun seguimos sin convencernos, habría que preguntarse, ¿por qué se nos hace tan difícil de entender y vivir? |