Publicación en español de la Arquidiócesis de Denver
Enero 2006

¿Morir con Dignidad o Derecho a Morir?

El Caso del Suicidio Asistido

La "Ley para Morir con Dignidad" fue aprobada en el Estado de Oregon en Noviembre de 1997, se legalizó así por primera y única vez en Estados Unidos la ley del "Suicidio Asistido". Un total de 91 personas murieron en los primeros 4 años de instituirse esta ley. El entonces Secretario de Justicia Ashcroft dijo que las leyes federales no permiten el uso de medicinas con fines de matar personas, por ello si los doctores en Oregon usan medicinas para quitar la vida a los pacientes están fuera de la ley. El estado de Oregon enjuició al Secretario de Justicia y la corte de distrito, y luego la corte federal se pusieron en favor de Oregon. Hoy en día el caso está en la Corte Suprema y lo que se decida allí tendrá implicancias grandes para todos nosotros.

El "Suicidio Asistido" implica que un médico prescriba una cantidad excesiva de medicinas que el paciente toma para suicidarse. Es diferente de la eutanasia que es cuando el médico mata directamente al paciente. Esfuerzos legales por detener esta ley terminaron cuando gracias a la propaganda y la falta de información de los habitantes de Oregon, 51% votaron a favor de esta ley en 1994, rectificándose luego en otra votación con 60% de votos en 1997. La ley requiere que el paciente sea adulto, viva en Oregon y sea capaz de tomar decisiones. La ley requiere además que el médico considere al paciente "terminal", que le haga firmar un consentimiento y que consulte a otro médico que esté de acuerdo con la gravedad del caso. La ley no requiere evaluación por un psiquiatra que proteja a pacientes deprimidos, no requiere que sea el médico de cabecera que conoce al paciente, no impide que se consulte a un médico amigo que tenga complicidad y tampoco requiere que se notifiquen a los familiares acerca de los planes de suicido.
Las muertes de personas en Oregon, junto con las muertes de más de 40 personas a manos del Dr. Kevorkian (encarcelado por practicar eutanasia) son la triste realidad de gentes desesperanzadas y confundidas que caen en el miedo de sentirse inútiles para la sociedad y para sí mismos, y que creen que han perdido su dignidad de persona humana. Son personas que han perdido su fe o que no conocen el valor redentor del sufrimiento humano. La desesperanza y el dolor de estas personas son un pedido de ayuda médica y espiritual para la gente que las rodea y no una excusa para deshacerse de ellos.
El “derecho a morir”, simplemente, no existe, ya que uno no elige morir, así como no se elige nacer. Sólo Dios es quien tiene poder sobre la vida y la muerte, solamente Él puede decidir en qué momento termina nuestra vida. La vida es un don recibido; nadie se la da a sí mismo. El ser humano no es, pues, dueño de la vida, ni siquiera de la propia, sino un mero administrador, y por ello no puede constituirse en juez de la misma. Los activistas pro-eutanasia han inventado este “derecho a morir” para justificar el suicidio como parte del paquete de “nuevos derechos” derivados del mal uso de la individualidad y la autonomía. Que una persona ejerza cualquiera de sus derechos —como al casarse o escoger un trabajo— está en oposición a cometer un suicidio, pues en este caso la persona anula su derecho a la vida y al mismo tiempo todos sus demás derechos.
Invocar la libertad para justificar un supuesto “derecho a morir” es un error, pues la auténtica libertad es aquella que respeta la verdad sobre el hombre y su dignidad. La elección del suicido nunca podrá considerarse como algo sano o natural. El suicidio es la huida, la renuncia a enfrentar una realidad dolorosa. Es también la desesperanza total y la dimisión de la persona a buscar el bien que tiene este mundo, donde se realiza el Plan de Dios para cada ser humano y para su felicidad. La mayoría de los suicidas son gente con enfermedades mentales o de depresión, y algunos de ellos ni siquiera son considerados competentes para tomar decisiones. La mayoría de ellos han visitado en más de una oportunidad a un médico psiquiatra.
En el documento "Salvifici Doloris" Juan Pablo II escribe que en la raíz de todos los sufrimientos humanos está el mismo sufrimiento redentor de Cristo. Él mismo está presente en quien sufre, porque su sufrimiento salvífico se ha abierto de una vez para siempre a todo sufrimiento humano. Y todos los que sufren han sido llamados de una vez para siempre a ser partícipes «de los sufrimientos de Cristo» (1 Pe 4,13). Cristo al mismo tiempo ha enseñado al hombre a hacer bien con el sufrimiento y a hacer bien a quien sufre. “…los que viven en situación de enfermedad no sólo están llamados a unir su dolor a la Pasión de Cristo, sino a tener una parte activa en el anuncio del Evangelio, testimoniando, desde la propia experiencia de fe, la fuerza de la vida nueva y la alegría que vienen del encuentro con el Señor resucitado" (cf. 2Co. 4, 10-11; 1Pe. 4, 13; Rm. 8, 18ss).

Creo que es bastante claro que la voluntad de Dios es que nuestra actitud sea la de ayudar a estas personas que, considerando erradamente que no existen otras opciones, optan en contra de sí mismas en forma radical y extrema, y no facilitarles que sigan adelante en su error para deshacernos de ellas.

*El Dr. Luis E. Raez es Profesor Asistente de Medicina Clínica en la División de Hematología Clínica y Oncología Médica, Departamento de Medicina del Sylvester Comprehensive Cancer Center en la Escuela de Medicina de la Universidad de Miami.


 
 

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