Publicación en español de la Arquidiócesis de Denver
Abril 2006

El Santo Triduo Pascual

La fiesta de las fiestas

Por Jorge Luna

En este mes celebraremos juntos el acontecimiento más importante del año litúrgico, el Santo Triduo Pascual. Le llamamos triduo porque abarca tres días: viernes, sábado y domingo, pero que se deben vivir como un sólo día, y que culminará con la gozosa celebración de la Resurrección del Señor.

En estos eventos en que reviviremos el acontecimiento central de nuestra Salvación podremos reflexionar, ayudados por los sugerentes ritos de la Semana Santa, en la Pasión, Muerte, y Resurrección del Señor Jesús.

La Pascua
En el Antiguo Testamento el Pueblo de Israel celebraba la Pascua conmemorando la salida y liberación de Egipto. El Señor Jesús con su pasión, muerte y resurrección da un nuevo contenido y significado a la Pascua. Cristo es el nuevo y definitivo Cordero Pascual que nos salva con su muerte redentora y nos da una vida nueva: la de ser hijos de Dios.

En el Misterio pascual está el sentido y el culmen de la historia humana. «Por ello -subraya el Catecismo de la Iglesia Católica-, la Pascua no es simplemente una fiesta entre otras: es la "Fiesta de las fiestas", "Solemnidad de las solemnidades", como la Eucaristía es el Sacramento de los sacramentos. San Atanasio la llama "el gran domingo" (Ep. fest. 329) así como la Semana Santa es llamada en oriente "la gran semana". El Misterio de la Resurrección, en el cual Cristo ha aplastado la muerte, penetra en nuestro viejo tiempo con su poderosa energía hasta que todo le esté sometido» (n. 1169)1.

El Jueves Santo
El Jueves Santo no es propiamente parte del Triduo Pascual sino una introducción a él. En este día contemplamos a Cristo, que en el Cenáculo instituye el sacerdocio ministerial y deja a sus discípulos el mandamiento del amor. Tras la Santa Misa de la Cena del Señor, velaremos en adoración con él, obedeciendo al deseo que manifestó a los apóstoles en el Huerto de los Olivos: «Quedaos aquí y velad conmigo» (Mateo 26, 38)2.

El Jueves Santo estaba antiguamente caracterizado por tres celebraciones especiales. En horas de la mañana el obispo reconciliaba a los penitentes que habían cumplido con los ejercicios cuaresmales. Entre una y otra celebración tenía lugar la Misa Crismal, desarrollada hacia el siglo VII, en la que son consagrados los aceites que se usarán durante la liturgia bautismal en la Vigilia Pascual; el obispo confecciona el crisma y bendice el óleo de los catecúmenos y el de los enfermos.

Algunas veces, por razones de sentido pastoral, una de ellas, la Misa Crismal, suele trasladarse a algún día anterior de esa misma semana para que los sacerdotes de la diócesis puedan, junto a su obispo, renovar sus compromisos sacerdotales delante de la comunidad a la que deben servir fielmente.

Luego el Santísimo Sacramento es trasladado a un altar de reserva al final de la celebración para que la comunidad celebre una vigilia de oración y adoración hasta la medianoche.

La Eucaristía del Jueves Santo omite la conclusión habitual de toda Misa: la despedida y la bendición. Queda como un espacio abierto que empalma silenciosamente con la solemne liturgia del Viernes Santo y terminará con la bendición final de la Misa de Pascua.

El Viernes Santo
En el Viernes Santo reviviremos los trágicos pasos de la pasión del Redentor hasta la crucifixión en el Gólgota. La adoración de la Cruz nos permitirá comprender más profundamente la infinita misericordia de Dios. Sólo en la Cruz se nos entrega el Misterio de la muerte que da la vida.

El Viernes es un día de oración, silencio, ayuno y abstinencia de carne. En éste acompañamos al Señor en su camino hacia el calvario celebrando juntos la devoción del Via Crucis ó Estaciones de la Cruz.
La celebración litúrgica central es la Adoración de la Cruz. En ella el que preside se postra ante el altar despojado de todo adorno, y junto con él toda la asamblea se pone de rodillas para comenzar con un clima austero y sosegado que debe llevar a la meditación.

Uno de los momentos importantes es el gesto de la Adoración de Cristo en la Cruz, en el que es particularmente importante la veneración personal de la cruz. Después continúa el gesto de la comunión eucarística, la comida y la bebida con el cuerpo entregado y la sangre derramada del Señor.

La liturgia del Viernes Santo también queda como inconclusa, todos deben retirarse calladamente, dando un relieve de final austero e impresionante que deja paso al silencio hondo y meditativo. Es el comienzo del descanso del Señor en el sepulcro.

El Sábado Santo
El Sábado Santo es un día particularmente mariano. Está lleno de un clima de recogimiento y silencio que nos ofrecerá después la ocasión de esperar, rezando con María, el acontecimiento glorioso de la Resurrección. En la Vigilia Pascual, al entonar el canto del «Gloria» se desvelará el esplendor de nuestro destino: formar una humanidad nueva, redimida por Cristo, muerto y resucitado por nosotros. Este día no se celebra la Eucaristía.

El Domingo de Resurrección

Este es el día en que resucitó el Señor. Día lleno de alegría y de gozo. Este día empieza con la majestuosa celebración de la Vigilia Pascual. La Liturgia de las Liturgias, San Agustín la llama la “madre de todas las vigilias”. Se trata de esperar en vela durante la noche para acoger la luz de Cristo en la Liturgia de la Luz, al Resucitado, palabra última de Dios en la liturgia de la Palabra, al Creador de la Nueva Vida en la liturgia Bautismal y al Señor, pan de vida, que nos acoge y recibe en el abrazo de la Eucaristía.

Los numerosos símbolos que tenemos en esta celebración nos hablan de esa nueva vida que el Señor Jesús nos trae. La Procesión con el Cirio encendido, que aparece ya en el siglo V, el canto del pregón pascual, las siete lecturas que siguen: la creación del mundo, el sacrificio de Abraham, la salida de Egipto, la nueva Jerusalén, la salvación universal, la fuente de la sabiduría, un corazón y un espíritu nuevo, cada una con su salmo y oración presidencial propia. Son expresiones claras de la gran historia de la salvación, que culmina en el misterio pascual de Cristo y entonces el canto del Gloria, ausente durante toda la Cuaresma, inundará la asamblea con la alegría por la resurrección del Señor Jesús.

En la Vigilia también celebramos la liturgia bautismal. Ya desde el siglo II se bautizaba a los nuevos cristianos en este momento. La iniciación cristiana tiene aquí su encuadre perfecto; los sacramentos de iniciación: Bautismo, Confirmación y Eucaristía celebrados encadenadamente reflejan la antiquísima experiencia original de la Iglesia.

En el Triduo Pascual concentraremos la mirada de manera más intensa en el rostro de Cristo. Rostro de sufrimiento y agonía; rostro resplandeciente de luz, que abre a nuestra existencia una nueva esperanza.

Que la Virgen María nos acompañe y nos guíe para que como Ella, podamos seguir fielmente a su Hijo hasta la Cruz y gozar también de la alegría de su Resurrección.

[1] Juan Pablo II, Catequesis de los miércoles, Ciudad del Vaticano, 27 marzo 2002.
2 Ver Juan Pablo II, Catequesis de los miércoles, Ciudad del Vaticano, 27 marzo 2002

* Parte de la información en este artículo está tomada de: Rogelio Zelada, La Gran Fiesta: Origen y sentido del Triduo Pascual, La Voz Católica, Arquidiócesis de Miami



 
 

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