Publicación en español de la Arquidiócesis de Denver
Abril 2006

La Conversión

La invitación actual del Señor Jesús

Por Juan Carlos Hernández

El que preparó el camino para que Jesús llegara fue Juan el Bautista, primo de Jesús, del que hemos venido escuchando frecuentemente en los Evangelios que se leen durante la Cuaresma. Predicaba al pueblo la conversión (metanoia). Juan invitaba al Pueblo de Israel a sumergirse en las aguas del Jordán para realizar un bautismo que significara la realidad interna de la metanoia, para que todo el mundo lo viera.
El significado fundamental de metanoia, palabra griega, es tanto “conversión”, como cambio de mentalidad (de visión, de modo de pensar). Juan, entonces, estaba llamando al pueblo a que cambiaran las actitudes que gobernaban sus vidas. Bañarse en el Jordán era solamente un símbolo del cambio interno.
Los judíos del tiempo de Juan suspiraban por la venida del Mesías. Llevaban en su corazón un tremendo sentido de la dignidad personal, como miembros del pueblo escogido por Dios, sin importar que durante su historia hubieran sido muchas veces humillados por los poderes políticos y militares de otras naciones. Según parece, la mayoría de los judíos esperaban un Mesías político y militar que rompiera violentamente sus cadenas y los librara de los tiranos romanos. Desde su punto de vista esta era la única solución de sus problemas. Pero al llamarlos a la metanoia o cambio de actitudes, Juan les diría más o menos estas palabras: “Ustedes esperan un Mesías sanguinario, político y militar. Pero Dios no nos va a mandar un león sino un cordero, cuya sangre nos salvará. Dios nos va a mandar un Mesías manso y humilde de corazón. El Mesías que Dios nos mande nos pedirá que pongamos la otra mejilla y que amemos a nuestros enemigos. Y sólo reconocerá un poder en este mundo, el poder del amor.”
Para la mayoría de nosotros es muy difícil dejar que el otro sea otro. Que sea diferente de nosotros. Algo interior quiere que los demás hagan lo que nosotros queremos, que crean lo que nosotros creemos, que respeten nuestros valores y que peleen por nuestra causa. La metanoia a la que Juan llamaba a su pueblo era un llamado para que dejaran a Dios ser Dios. Para que dejaran que Dios los salvara a su modo y a su tiempo. Ya Dios había dicho a su pueblo: “Mis pensamientos no son sus pensamientos, mis caminos no son los de ustedes” (Is 55,8 Sal 46,10)
Pensamos, a veces, que podemos entregarnos a la infinita sabiduría de Dios. Juan, en cambio decía: “Entren en el agua. La conversión es una realidad interior, un cambio de mentalidad, un cambio en el modo de ver las cosas”.
Jesús al comenzar su carrera como Maestro, empieza a reclutar discípulos. Va a emplear los próximos tres años en transmitirles su visión. Leyendo los evangelios, pareciera que los doce apóstoles eran un poco lentos para aprender las lecciones del Maestro, pues se cuentan casi veinte pasajes en los que Jesús les pregunta: “¿Todavía están ustedes sin entendimiento?” Pero la verdad es que, el desafío que Jesús les proponía no era un asunto intelectual, sino de visión: les proponía que renunciaran a su anticuada visión y aceptaran una nueva, basada en una fe radical y en una profunda confianza.
Los apóstoles tenían sus propias ideas sobre aquellas cosas que podrían darles felicidad. Precisamente en el centro de estas ilusiones Jesús llegó a sus vidas. Les deshizo sus esperanzas mundanas y vino a reestructurar sus sueños centrados en ellos mismos…
Necesitaban una “metanoia”, pero ¡qué difícil de conseguir en la realidad! La figura de Jesús los hizo salir de sus barcas y sus redes y de sus negocios. Pero ellos no dejaban ni sus sueños, ni sus planes, ni sus fórmulas para conseguir la felicidad. Les era difícil renunciar a sus seguridades, sobre todo porque, lo que el Maestro les pedía era: “Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los aborrecen, bendigan a los que los maldicen y oren por quienes los difaman. Traten a los demás como quieran que los traten a ustedes” (Lc 6,27-ss)
La misma oferta para los apóstoles se nos sigue ofreciendo hoy en día, la cuota no ha disminuido, estamos llamados a una “metanoia”, a volver nuestra vista al crucificado. Estamos por terminar la cuaresma y llegar al calvario con Jesús, tenemos la oportunidad de darle una respuesta positiva. Un gran medio que la Iglesia nos ofrece para iniciar la “metanoia” es la confesión. Ella nos invita a: “confesarnos por lo menos una vez al año por cuaresma o en peligro de muerte”. Si tú quieres esperar a estar en peligro de muerte, es tu decisión, pero si quieres aprovechar la cuaresma para decirle “sí” a Jesús, en tu parroquia hay un sacerdote que dispuesto en el nombre de Jesús escuchará tu confesión y a través de él, Dios mismo perdonará tus pecados. Aprovéchalo.

Juan Carlos Hernández es Asesor de Pastoral Juvenil y miembro del equipo de maestros del Centro San Juan Diego y está participando en el Consejo Pastoral Arquidiocesano y es miembro de la Parroquia San Cayetano.


 
 

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