Nuestra hora de la solidaridad
Demos todo para nuestros hermanos afectados por el Huracán Katrina
Por Rossana Goñi
Si hay algo de lo que los hispanos nos enorgullecemos, es de nuestro espíritu de solidaridad. Nuestro amor por los cercanos, por familiares y prójimos nos mueve a quitarnos el pan de la boca para compartirlo con amistad.
Sin duda, la fe, las obras de mi-sericordia, y sobre todo, el cuestionador capítulo 25 del Evangelio según San Mateo han dejado una impronta profunda en nuestra cultura.
Y no es poco lo que esto tiene que ver con nuestra obligación ante la tragedia del Huracán Katrina.
Permítanme compartirles una historia que les sonará muy fami-liar. Hace muchos años participé de unas misiones en un pueblo muy, pero muy pobre en la región andina de mi país, Perú. Yo tenía unos 16 años cuando fui con un grupo de otras jóvenes de mi edad con el deseo de ayudar a los demás, pero también -como todo adolescente- con el deseo de vivir algo de “aventura”.
Realmente la aventura que experimenté en medio de ese querido y sencillo pueblo de las montañas, sobrepasó mis expectativas.
En medio de su extrema pobreza los pobladores, niños y adultos, nos regalaban alimentos todos los días. “¡Hermanitas, les damos de lo que tenemos! Tómese esta sopita caliente para que no tenga frío”.
anifestaciones de amor y solidaridad como estas eran extrañas en medio de la ciudad de donde venía. Experiencias como éstas en la “aventura” que viví han quedado grabadas en mi corazón y en mi mente desde aquel entonces: nuestro pueblo tiene incrustada en el alma una solidaridad alegre y desprendida, profundamente cristiana, que muchas veces la impersonalidad de la ciudad arrebata.
Hoy que veo tanto sufrimiento entre nuestros hermanos que han sido profundamente afectados por el Huracán Katrina, todos estos recuerdos han venido a mi memoria. La situación de tragedia y destrucción es terrible en la ciudad de Nueva Orleáns. Todos lo hemos visto. Hemos visto no sólo la destrucción, sino el caos, la deshumanización, la tragedia de rostro humano.
Son muchos hermanos y hermanas, niños, adultos, ancianos de todas las razas que están viviendo de manera inhumana en estos días. En un canal de televisión ví como uno de ellos, desesperado, decía que “¡nos sentimos como si estuviéramos en un país del tercer mundo!”.
Fue precisamente esta expresión la que despertó en mí la conciencia: nosotros, como hispanos, sabemos lo que es vivir en lo que nuestros hermanos llaman “el tercer mundo”. De allí venimos, allí viven nuestros familiares, nues-tros seres queridos.
Como “expertos” de ese dolor, mejor que nadie podemos parti-cipar de su pasión, sentir “con-pasión” por nuestros hermanos afectados, y expresar nuestra solidaridad.
Como personas de fe, comencemos rezando: ofrezcamos lo mejor que tenemos; Eucaristías, rosarios, visitas al Santísimo, mortificaciones por las intenciones de tanta gente que está sufriendo ante la pérdida de seres queridos, o está enferma, o no tiene donde dormir o qué comer. Recemos mucho por una pronta y eficaz ayuda.
Pero también es una excelente oportunidad para que nosotros los hispanos mostremos nuestra solidaridad “no sólo afectiva, sino efectiva” como decía el recordado Papa Juan Pablo II. Esa inmensa capacidad de darlo todo, de entregarnos por quien sufre, de sacrificarnos por los demás, de donar de lo que tenemos.
Tomemos esta situación de tragedia como un momento en el que Dios nos pide que seamos muy ge-nerosos, dando incluso de nuestra pobreza.
Demos de nuestros bienes, como me enseñaron mis hermanos de aquel pueblito remoto en el Perú -y como muchos pueblos latinoamericanos- y colaboremos con lo que podamos por tantos que están sufriendo.
Seamos como aquella viuda pobre del Evangelio en la que Jesús nos enseña “de verdad os digo que esta viuda pobre ha echado más que todos. Porque todos éstos han echado como donativo de lo que les sobraba, ésta en cambio ha echado de lo que necesitaba, todo cuanto tenía para vivir”, Lc. 21,3.
Es cierto, nuestra comunidad no tiene mucho para vivir, pero sí tiene mucho para compartir con quien lo necesita. ¡Seamos solidarios!
En esta misma página se indica donde y cómo puede enviar su donativo a través de la Arquidiócesis de Denver. Seamos solidarios como la viuda pobre del Evangelio, con la certeza de que el Señor recibirá ese don, lo multiplicará a favor de nuestros hermanos necesitados y nos dará el ciento por uno.
|