Publicación en español de la Arquidiócesis de Denver
Septiembre 2005

“Hemos venido a adorarlo”

Miles de jóvenes se reúnen en torno a Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre

Por Jorge Luna

A mediados del mes de agosto hemos podido ser testigos de un evento inolvidable. Miles de jóvenes, de distintas partes del planeta, reunidos en Colonia, Alemania, para la XX Jornada Mundial de la Juventud. Y como las anteriores, fue un evento impresionante sin lugar a dudas.

Este evento es, ciertamente, una ocasión para celebrar la fe, la universalidad de la Iglesia, la alegría, la fraternidad, la juventud, de una Iglesia que está viva en todo el mundo. Como lo demostró cada uno de los representantes de los distintos países.

Pero no podemos dejar de resaltar el motivo por el cual existen estas jornadas mundiales de la juventud. La razón por la cual personas de diferentes países, que hablan diferentes lenguas, con diferentes culturas se pueden descubrir unidas. La razón de la alegría y fraternidad entre tantos jóvenes. Es porque no podemos olvidar a Aquél que convoca y llama a los jóvenes y debe ser el centro de la celebración.

Jesucristo ayer, hoy y siempre
El sentido de la celebración fue y es renovarnos en nuestro encuentro con el Señor Jesús. Todo lo demás son medios para ese encuentro o consecuencias del mismo. El punto central es descubrir a ese Señor que está con nosotros ahora y estará hasta el fin del mundo. Jesús nos ama, nos conoce, nos entiende y nos llama a encontrarnos con Él.

A veces parece que lo que acabamos de escribir suena bien, pero muchas veces queda un poco en el aire. Es una bonita manera de enunciar nuestra fe, pero no encontramos la manera de hacerlo concreto. ¿Cómo hago para encontrarme con Jesús?

La respuesta está frente a nosotros y el Año de la Eucaristía -que pronto concluirá- instituido por S.S. Juan Pablo II ha sido una muy buena manera de recordarlo.

Hemos venido a adorarlo
El lema de la jornada mundial de la juventud fue muy elocuente en ese sentido: “Hemos venido a adorarlo”. Hemos venido a adorar a Aquél que está vivo. A ese Señor que quiso quedarse con nosotros bajo apariencia de pan y de vino en la Eucaristía. Es ahí donde Jesús nos espera, quiere encontrarse con nosotros. Y no sólo eso, quiere unirse con nosotros. Ese es el Amor del Señor, y eso es lo que debemos descubrir cada vez que vamos a visitarlo en el Santísimo. Eso es lo que cada uno de los jóvenes presentes en Colonia debe haber descubierto.
Este encuentro con Jesús no es de ninguna manera un encuentro pasivo. Todo lo contrario, es un encuentro que implica una transformación desde lo más íntimo de nuestro ser. En el caso de los jóvenes, este deseo de transformación se hace más presente. Queremos cambiar el mundo, queremos que sea mejor, estamos llenos de ideales. La única manera de lograr esta transformación parte de la Eucaristía, de ese encuentro íntimo con Jesús que transforma nuestro corazón.

Sin embargo esto no ocurre sin nuestro consentimiento, sin nuestra firme decisión de dejarnos transformar por el amor de Jesús. Es por eso que debemos prepararnos adecuadamente para este encuentro, mediante la oración, conociendo más a Aquél con quien nos queremos encontrar. Acudiendo al sacramento de la Reconciliación.

De esa manera contribuiremos verdaderamente a transformar el mundo. Porque como nos lo recordaba el Papa Benedicto XVI, todos los otros cambios son superficiales y no salvan. Es así que podemos repetir también con el Papa que los verdaderos revolucionarios son los santos.
Pidámosle a Santa María, quien llevó a Jesús en su seno, lo crió y lo acompañó durante toda su vida, incluso en el difícil momento de la Cruz, que nos ayude a reconocer a su Hijo presente en la Eucaristía, a adorarlo, a amarlo y a conformar nuestras vidas con Él.


 
 

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