Publicación en español de la Arquidiócesis de Denver
Octubre 2005

A 40 años del Vaticano II

Algunas reflexiones ante el aniversario de la conclusión del Concilio Vaticano II

Por el Exmo. Monseñor Charles J. Chaput, O.F.M. Cap

Diciembre marca la conclusión del 40 aniversario del Concilio Vaticano II. Entonces, estos últimos meses del 2005 son buenos para reflexionar sobre las necesidades de la Iglesia en el mundo de hoy y nuestro propio compromiso en el discipulado católico.

La historia es una gran maestra. Mientras que verdaderamente todos los concilios ecuménicos son importantes, algunos cayeron en no cumplir sus metas. El Concilio de Florencia fracasó porque en el Siglo XV la Iglesia de Oriente estaba ampliamente dividida y la Iglesia Griega no aceptaba una unión. El V Concilio Lateranense fracasó en el Siglo XVI porque se focalizó en asuntos equivocados. Hizo muy poco y muy tarde en cambiar las situaciones que llevaron a la Reforma Protestante.
Necesitamos preguntarnos sobre estas caídas, al mismo tiempo que considerar las metas que el Concilio Vaticano II se propuso: ¿Es la historia quien juzga el éxito o el fracaso? En la inauguración del Vaticano II, el Beato Papa Juan XXIII dijo que “el Concilio que ahora comienza se eleva en la Iglesia como un amanecer, como un anticipo de una magnífica luz”. El Papa Juan Pablo II quien atendió el concilio como obispo, habló muchas veces sobre “cruzar el umbral de la esperanza” y un renacimiento de la fe cristiana en el nuevo milenio.
Hasta el momento la evidencia es confusa. Uno de cada tres niños que nacen en una “Europa Cristiana” es musulmán. A excepción del Islam, la creencia religiosa está declinando a lo largo del continente. Lo mismo que los índices de fertilidad. El Papa Benedicto XVI dijo recientemente en un encuentro de sacerdotes italianos que las “tan llamadas Iglesias tradicionales parecen estar muriendo”. De hecho, en la abundancia, egoísmo y rechazo a tener niños que se da en Europa, se ve a una civilización entera que parece estar escogiendo morir.
El mes pasado, el Papa Benedicto exhortó a un grupo de obispos a rezar por “una confianza humilde en Dios y por la valentía apostólica nacida de la fe”. En el 2002, el entonces Cardenal Ratzinger dijo que “el obispo debe hacer como Cristo lo hizo: anteceder a su rebaño, ser el primero en hacer lo que él pide a otros hacer, y, ante todo, ser aquel que se ponga de pie contra los lobos que vienen a robarse las ovejas”.
Si la historia juzga al Vaticano II como un éxito o un fracaso, finalmente depende de nosotros –ya sea obispos, sacerdotes, religiosos y laicos– y cuán celosamente vivamos nuestra fe; cuánto creamos profundamente y cuánto coraje apostólico mostremos a un mundo no creyente que necesita urgentemente a Jesucristo.

Hemos estado antes aquí. Diecisiete siglos atrás, el Concilio de Nicea (DC 325) pudo haber fracasado. Nicea influyó profundamente no sólo en la fe de la Iglesia sino en el curso de la civilización oriental, al reafirmar la naturaleza trinitaria de Dios y la realidad de la encarnación. Pero ese concilio, y toda la historia que lo sigue, pudo haber terminado muy distinto. Y no fue así por un hombre – un diácono joven, un erudito de Nicea de nombre Atanasio de Alejandría, quien fue inspirado por el Espíritu Santo.

Atanasio peleó por la Iglesia católica en Nicea y a lo largo de toda su carrera. Obispos hostiles lo ex-comulgaron. Emperadores lo tomaron a mal. Sus enemigos lo acusaron falsamente de crueldad, hechicería e incluso asesinato. Fue exiliado cinco veces. Y ante todo, se convirtió en la única voz más articulada defendiendo la fe católica ortodoxa, por lo que aún hasta hoy lo recordamos como Atanasius contra mundum: “Atanasio contra el mundo”.

Nunca se rindió. Tuvo coraje. Tenía la verdad. Y la verdad venció. Se convirtió en uno de los mejores obispos y más grandes santos y Doctores de la Iglesia – y la fe a la que damos por hecha hoy, se la debemos en gran medida al trabajo que Dios hizo a través de Atanasio.
Esa es mi idea de líder. Esa es mi idea de un creyente católico plenamente vivo en Jesucristo. Y si los obispos y su pueblo eligen vivir ese mismo coraje apostólico otra vez –empezando aquí y ahora–, entonces las esperanzas de Juan XXIII del concilio como una nueva alborada para la vida cristiana se alzarán verdaderamente en la Iglesia como una luz para las naciones.

Esta semana la columna del Arzobispo Charles J. Chaput, O.F.M. Cap. fue adaptada de su conferencia “El Concilio, la Iglesia y la Vocación de los Obispos”.


 
 

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