Mensaje Final del Sínodo
Obispos profundizan en el significado de la Eucaristía y orientan a los fieles
Más adelante les ofrecemos un breve resumen de las Conclu-siones de la XI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos sobre la Eucaristía: Pan Vivo para la Paz del Mundo.
• “¡La paz esté con vosotros!”. En nombre del Señor que irrumpe en el Cenáculo de Jerusalén al atardecer de la Pascua, repetimos: “La paz esté con vosotros!” (Jn 20, 21). ¡Que el misterio de su muerte y resurrección os consuele y dé sentido a toda vuestra vida! ¡Que Él os guarde en la alegría de la esperanza! Porque Cristo vive en su Iglesia; según su promesa está con nosotros todos los días hasta el fin del mundo (cf. Mt 28, 20).
• La víspera de su pasión, “Jesús tomó el pan, lo bendijo, lo partió y lo dio a sus discípulos diciendo: ‘Tomad, comed, esto es mi Cuerpo’. Después, tomando una copa, dio gracias y se la pasó diciendo: ‘Bebed todos de ella; porque esta es mi sangre, sangre de la alianza, que va a ser derramada por la multitud en remisión de los pecados’” (Mt 26, 25-28); “Haced esto en memoria mía” (Lc 22, 19; 1 Cor 11, 24-25). Desde el inicio la Iglesia hace memoria de la muerte y resurrección de Jesús con sus mismas palabras y sus mismos gestos en la Última Cena, pidiendo al Espíritu Santo que transforme el pan y el vino en el Cuerpo y en la Sangre del Señor.
• Cuarenta años después del Concilio Vaticano II, hemos querido verificar en qué medida los misterios de la fe se expresan y celebran adecuadamente en nuestras asambleas litúrgicas. El Sínodo reafirma que el Concilio Vaticano II ha puesto las bases necesarias para una reforma litúrgica auténtica.
• La vida de nuestras Iglesias está marcada también por sombras y problemas que no hemos eludido. Pensamos ante todo en la pérdida del sentido del pecado y en la crisis persistente de la práctica del sacramento de la penitencia. Es importante que se redescubra su sentido profundo: es una conversión y un remedio precioso dado por Cristo resucitado para la remisión de los pecados (cf. Jn 20, 23) y el crecimiento en el amor a Dios y a nuestros hermanos.
• Por otro lado, la falta de sacerdotes para celebrar la Eucaristía del domingo nos preocupa enormemente y nos invita a rezar y a promover más activamente las vocaciones sacerdotales.
• Conocemos la tristeza de los que no pueden recibir la comunión sacramental por causa de una situación familiar no conforme con el mandamiento del Señor (cf. Mt 19, 3-9). Algunas personas divorciadas y vueltas a casar aceptan con dolor no poder comulgar sacramentalmente y lo ofrecen a Dios. Otras no entienden esta restricción y viven una gran frustración interior. Aunque no estemos de acuerdo con su elección (cf. Catecismo de la Iglesia Católica 2384), reafirmamos que no son excluidos de la vida de la Iglesia. Les pedimos que participen en la Misa dominical y escuchen frecuentemente la Palabra de Dios para que alimente su vida de fe, de caridad y de conversión.
• Queridos sacerdotes, hemos pensado mucho en vosotros en estos días. Conocemos vuestra generosidad y vuestros retos. En comunión con nosotros vuestros obispos lleváis el peso del servicio pastoral cotidiano al lado del pueblo de Dios. Qué espléndida gracia la de vuestro ministerio! Rezamos con vosotros y por vosotros para que juntos seamos fieles al amor del Señor; os pedimos ser, con nosotros y siguiendo el ejemplo del Santo Padre Benedicto XVI, “humildes obreros de la viña del Señor”, con una vida sacerdotal coherente.
• Con gratitud recordamos el empeño de los diáconos permanentes, de los catequistas, de los agentes de pastoral y de numerosos laicos que activamente trabajan en favor de la comunidad. ¡Pueda vuestro servicio ser siempre fecundo y ge-neroso, apoyados por una plena comunión de intenciones y de acción con los Pastores de la comunidad!
• Queridos jóvenes, el Santo Padre Benedicto XVI os ha dicho e insistido que no perdéis nada dándoos a Cristo. Repetimos sus palabras fuertes: “¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida”. Sois los “centinelas de la aurora” y los “exploradores del futuro”.
• Queridos esposos cristianos y familias, vuestra vocación a la santidad, como iglesia doméstica, se alimenta en la Mesa de la Eucaristía. En el sacramento del matrimonio vuestra fe transforma la unión conyugal en un templo del Espíritu Santo, en fuente fecunda de nueva vida que engendra los hijos, fruto de vues-tro amor.
• Deseamos dirigir una palabra especial a todos los que sufren, especialmente a los enfermos y discapacitados que están unidos al sacrificio de Cristo por su sufrimiento (cf. Rm 12, 2). Por el dolor que sentís en vuestro cuerpo y en vuestro corazón participáis de manera singular en el sacrificio de la Eucaristía, como testigos privilegiados del amor que de ella deriva.
Ciudad del Vaticano, 22 de Octubre de 2005
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