La identidad del cristiano
Todos estamos llamados a vivir el amor en diferentes circunstancias de la vida
Por el Rev. Padre Jorge de los Santos*
Jesús y sus Apóstoles se encontraban celebrando la fiesta religiosa judía de la pascua y en ese ambiente de la Última Cena, cuando la Pascua toma su plena realidad, Jesús dice a sus apóstoles: "Les doy un mandamiento nuevo, que se amen los unos a los otros como Yo los he amado. En esto conocerán todos que ustedes son mis discípulos: si se tiene amor los unos a los otros" (Jn 13,34-35). El amor es la identidad del cristiano, por eso Jesús dijo: "En esto conocerán todos que uste-des son mis discípulos". Es decir, en el amor y el mandamiento nuevo señala la medida con que debemos amar a los demás: como Cristo nos ha amado. Y ¿cuánto Jesús nos ama? Justamente Jesús lo dice en unos versículos anteriores: "Como el Padre me ama a mí, así los amo Yo". Ese amor infinito que el Padre tiene a su Hijo Jesucristo, con ese mismo amor Jesús nos ama, y es con ese mismo amor sin límites que Jesús nos manda amarnos los unos a los otros, pues en esto conocerán todos que somos discípulos del Señor.
Un cristiano no puede decir que ama a Dios si no ama a su prójimo. Como nos lo dice San Juan en su primera carta, "si alguno dice que ama a Dios y odia a su hermano, es un mentiroso, porque el que no ama a su hermano a quien ve, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ve? (1Jn 4,20). Las razones en que se funda la fraternidad cristiana son evidentes: todos somos hijos del mismo Padre celestial, Cristo mismo se identifica con el prójimo para urgirnos al amor. "Cuantas veces lo hiciste a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hiciste" (Mt 25,40).
El amor es el centro, la esencia y la perfección de la vida cristiana, ya que viviendo el amor se condensan todas las enseñanzas de Jesucristo.
Por todo ello, debemos hacer todo lo posible para lograr que el amor sea el motor y el sentido de los actos, pensamientos y actitudes nuestras, entendiendo que la fidelidad al nuevo mandamiento de Jesús dará verdadera coherencia a nuestra vida. Debemos formar el corazón y transformarlo de tal manera que funcione en sintonía con el corazón de Cristo que es nuestro ejemplo y modelo en el amor. Que los demás descubran en nosotros la necesidad de vivir el amor encarnado de manera efectiva y constante en los diferentes momentos de nuestra vida. Siguiendo la regla de oro, haciendo a los demás lo que quisiéramos que nos hicieran, en una actitud nacida de la bondad del corazón. Seamos conscientes que la vivencia del amor es exigente porque no busca la propia satisfacción, sino ante todo el bien de las otras personas.
El amor se vive amando, no es sólo un buen deseo, como recita el dicho: "Obras son amores y no buenas razones". Y vivir el amor puede ser:
• Ayudar a quien lo necesite. Tener más tiempo para los demás que para sí mismo.
• Superar el cansancio o el mal humor en el trato con los demás.
• Descubrir las cosas buenas de los demás como virtudes y cualidades y no fijarnos en los defectos.
• No juzgar y menos condenar a una persona (deberíamos saber criticar un hecho, pero no a una persona).
• Ser comprensivos, saber ponernos en el lugar de los demás.
• Responder con amor al odio y con paz a la violencia.
• Orar por los demás, especialmente por los que más necesitan de una oración.
• Llevar el mensaje de Cristo a los demás.
• Saludo amable y trato bondadoso para con todos.
Esto sólo por dar unos ejem-plos pero esta lista puede ser muy extensa, a la que podemos agregar las obras de misericordia (las siete corporales y las siete espirituales).
En conclusión, para enseñar de manera gráfica como vivir el amor al prójimo, Jesucristo propuso la Parábola del Buen Samaritano. En realidad Él es el Buen Samaritano, que cura nuestras heridas con un amor misericordioso que no tiene límite.
Cuando más amamos, más nos asemejamos a Dios mismo. Y nuestra verdadera identidad es que fuimos hechos a su imagen y semejanza.
* El Padre De los Santos es Vicario General del Ministerio Hispano. |