Madre y doctora: mi vocación
Por la Dra. Aída Chaparro
Algo que realmente capto mi atención, fue la manera en que algunos médicos tratan a sus pacientes. No estoy hablando de los mejores conocimientos médicos o los mejores regímenes médicos para ellos. Si, eso también es impresionante, pero lo que realmente me atrajo fueron aquellas personas que habían dado un paso más allá de eso por sus pacientes. Los que no solo los atendían, sino que también reflexionaban en el significado de “atenderlos” y buscaban servirlos cada vez más. Personas que no sólo oyen las quejas de ellos sino que realmente las escuchan. Hace doce años, no podía definir exactamente el proceso que yo empezaba a experimentar, pero de alguna manera sabía que yo quería hacer algo similar en mi carrera médica.
Terminé mis practicas en pediatría general, y fue bueno, pero definitivamente, algo faltaba. Durante mi investigación sobre enfermedades infecciosas, muchas cosas que pasaron me ayudaron a comprender el proceso que yo había empezado años antes. Estaba encontrando mi vocación. Si, quiero usar esa palabra específica. Realmente creo que trabajar con pacientes infectados con el virus del HIV es mi vocación. No llegué a esa conclusión de la noche a la mañana. Es un largo proceso que sigue activo, que se alimenta de las cosas que aprendo cada día, pero especialmente de las cosas que aprendo de nuestros pacientes. Si, esos niños me han enseñado muchas “lecciones de vida” que yo trato de aplicar, no solamente aquí, sino también en mi vida personal. He aprendido sobre la ira, la frustración, la reconciliación y la esperanza. Nuestros pacientes sufren mucho (y me asusta el saber que nos olvidamos de eso), pero muchas de las cosas “cotidianas” que podemos realizar, pueden ser extremadamente importantes para ellos.
Durante mi investigación quedé embarazada dos veces y tuve dos bebés y las cosas se volvieron más claras. Como una “nueva” mamá, me encontré cansada, frustrada y abrumada, a pesar de tener muchas facilidades que nadie muchas veces tiene: un marido que me apoya, estabilidad económica, bebes saludables y conocimiento en pediatría general. A través de esto, comencé a entender a muchos de los familiares de nuestros niños.
Estas son algunas de las lecciones que he aprendido de los niños. “Un poco de tiempo extra puede hacer la diferencia”. Si, solo unos cuantos minutos extra para nosotros, para escuchar, para mostrar que si nos importa, hace mucha diferencia. Recuerdo vivamente una conversación que tuve en una tarde de vísperas de Navidad con uno de nuestros pacientes con enfermedad crónica. Tenía muchos juguetes al rededor de su cama del hospital. Estábamos jugando juntos con uno de ellos cuando me di cuenta que no le había llevado nada por Navidad. Así que le pregunté que quería que le diera. Me miró con la más hermosa sonrisa en su cara y me dijo simplemente: “Quédate con migo solo un poco más”. Me sentí tan mal. Un niño de 7 años me enseñó una de las lecciones más importantes para mi carrera médica y para mi vida: el tiempo si importa. Podemos darles los mejores cuidados médicos a nuestros pacientes, pero en muchos casos, un poco de tiempo extra que estés con ellos para escucharlos con interés o simplemente compartir ideas o dar consejos puede hacer la diferencia.
También aprendí que los niños perciben que esta pasando, aunque no entiendan del todo. Y aunque pequeños, pueden tener pensamientos muy profundos y dudas existenciales. Por esto creo deberíamos estar dispuestos a prepararnos para poder tratar algunos aspectos de temas “no médicos”. Hay muchos temas espirituales que necesitan ser tratados con nuestros niños. ¿Cómo aprendí eso? ¡De ellos!
Un día estaba dando de alta a una tierna niña de 6 años. La estábamos regresando a una “casa de desahuciados” ya que médicamente no había nada más que hacer por ella. No se le había dicho de estos planes. Como estuvo en el hospital por un largo tiempo, tenía muchas cosas para llevarse a casa. Antes de irse, me dijo alegremente: “Doctora, finalmente me estoy yendo a casa”, yo le respondí “Si, lo estas!” Luego ella añadió: “Y no regresaré” Yo estaba impresionada, ¿Qué era lo que ella me estaba diciendo? ¿Qué no quería regresar nuevamente al hospital? ¿O de alguna manera ella realmente entendía lo que estaba sucediendo? Miré sus ojos, tratando de ver lo que había querido decir. Debe de haberse dado cuenta de la mezcla de sorpresa y tristeza en mi cara. Me tomó la mano y me dijo: “Esta bien Doctora”. Estaba paralizada, ella realmente sabía exactamente lo que estaba pasando. Ella me esta diciendo a mí, lo que siempre les decimos a ellos. En un comienzo, me sentí desanimada, habíamos fallado en tratar un tema muy importante porque ella era “muy joven”. Pero pensándolo bien después, me di cuenta que su sabiduría de niño había llenado ese vacío. Los niños pueden ciertamente, ver cosas más claramente que nosotros y definitivamente pueden enseñarnos mucho.
O como todos esos adolescentes que se están preguntando si “alguna vez alguien los ha amado de verdad”. ¡Eso es muy duro! Es tan duro amar a alguien realmente y ser amado por alguien verdaderamente. Ser amados por lo que somos, no por lo que tenemos. ¡Estos niños necesitan encontrar a alguien que los ame verdaderamente por quienes son a pesar de su condición!
Para terminar quisiera decir que a pesar de que es difícil transmitir esperanza si no la tenemos, dándola aprenderemos a ser más esperanzados. Aprenderemos sobre la reconciliación y el perdón. Aprenderemos sobre el servicio y el amor. ¿No vale la pena?
La Dra. Aida Chaparro, MD, es Pediatra de Enfermedades Infecciosas
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