Una inolvidable tarde frente al Papa
Periodista afirma que la elección de Benedicto XVI fue un momento intenso e indescriptible en su carrera
Por Alejandro Bermúdez
Mi vida de periodista católico se desarrolló toda ella, hasta ahora, bajo el pontificado del Papa Juan Pablo II.
Cubrir pues el evento de su muerte y la elección de su Sucesor no era un episodio más en mi carrera. Había algo profundamente personal, casi imposible de describir.
Su muerte fue para mí una profunda ausencia. No podría elegir una palabra mejor o una descripción más precisa que esta: una profunda y dolorosa ausencia.
Y tal vez por eso la elección del Papa Benedicto, y el poder verla en primera persona y describirla para el mundo fueron un episodio igualmente intenso e indescriptible.
Estaba en mi alojamiento aquel 28 de abril, cuando una periodista norteamericana me llamó por teléfono para preguntarme si iría aquel martes a la Plaza San Pedro a esperar, con todo el resto de colegas, el color del humo de la Capilla Sixtina.
Le dije que sí, pero al final de la tarde, al momento del humo negro, yo estaba convencido de que no habría humo blanco ese día, el segundo del Cónclave.
“¡Oh! -me dijo- pero está saliendo humo en este momento…”
El humo negro sólo se producía hacia las 7:00 p.m.; un humo a mitad de la tarde sólo podía significar una cosa: que un nuevo Sucesor de Pedro había sido elegido.
Y aunque mi colega me insistía que el humo que veía no era blanco, sino “gris tirando para negro”, era obvio que el humo era blanco, que teníamos un nuevo Papa.
Yo estaba con el traje y la corbata listos para mi salida por televisión; pero comprendía que si no corría, jamás estaría a tiempo para atravesar la multitud y llegar hasta el lugar donde esperaban las cámaras.
Salí pues en traje y zapatillas para correr; y no paré sino hasta llegar, transpirando y agitado, frente a la cámara de televisión donde tenía que anunciar que el humo era blanco -aunque aún era gris-, que las enormes campanas de San Pedro estaban doblando a repique y que, muy pronto, en la ventana principal de la Logia de San Pedro, el nuevo Papa sería anunciado al mundo.
Dimos el anuncio a la prensa, y aún agitado, comencé a sentir una tremenda ansiedad, mezcladas con una profunda alegría.
Y mientras esperaba, me preguntaba qué atraía a toda esta multitud de fieles a la Plaza de San Pedro, para ver directamente, en medio de una multitud que no cesaba de crecer, algo que podían seguir cómodamente por cualquiera de los numerosos medios de comunicación instantánea que se han multiplicado desde que el Papa Juan Pablo II fuera elegido en 1978.
La respuesta me la dio una joven madre de familia romana, que explicaba a sus dos hijos pequeños por qué había tanta gente contenta en la plaza. “Es que tenemos un nuevo Papa hijito, y eso quiere decir que ya no estamos solos, que tenemos quién nos cuide de ahora en adelante”.
Quedé profundamente impresionado con la explicación. No sólo porque esta joven madre había puesto en tiernas palabras lo que yo sentía sin poder expresar; sino porque había sintetizado el sentido del Pontificado con palabras que difícilmente un teólogo podría igualar en precisión y belleza.
La Iglesia, los fieles esperaban al nuevo Papa. Lo esperaban con ansiedad y con alegría, no por ingratitud al llorado antecesor que pocos días antes habían sepultado; sino por la misma razón por la que lo habían querido: porque veían en él al “dulce Cristo en la tierra”, como decía Santa Catalina de Siena.
Envuelto así por este misterio, pude vivir con una alegría indescriptible, saboreando con el Cardenal Protodiácono -encargado de anunciar al nuevo Papa al mundo- las tradicionales y sabias palabras elegidas por la tradición de la Iglesia para describir este momento: “Anuntio Vobis Gaudium Magnun”: “Os anuncio una gran alegría: Habemus Papam, ¡Tenemos Papa!”.
Como periodista, esperaba con ansiedad el nombre de aquel elegido por el Colegio de Cardenales para suceder a Pedro y a Juan Pablo II. Poco después, el Cardenal Medina Estévez anunciaría su nombre: el Cardenal Joseph Ratzinger “que ha elegido para sí el nombre de Benedicto XVI”.
Con toda la Plaza, estallé en alegría mientras anunciaba frente a las cámaras esta decisión, y mientras el mundo entero veía al nuevo Pontífice estrenar las primicias de su nuevo ministerio.
Pero mi alegría no es tanto porque había sido elegido un Cardenal en vez de otro.
No quiero ser mal entendido. Como periodista, en el pasado, he tenido la oportunidad de tratar al entonces Cardenal Ratzinger y quedar tan admirado de su bondad, su celo pastoral, su profunda gentileza y su avasalladora inteligencia, que le pedí que me firmara no sólo un libro suyo, sino incluso una foto que aún conservo en mi oficina -y que ahora tendrá un lugar aún más prominente- donde ponía sencillamente, junto a su firma- su lema episcopal: “Cooperatores Veritatis”, “Cooperadores de la Verdad”.
Pero mi alegría era la misma que embargaba ahora a los niños que acompañaban a aquella madre romana: tenemos un Padre, la Iglesia tiene a su pastor, y las ovejas ya no estamos solas.
Desde entonces, no puedo dejar de rezar, y de alentar a otros a rezar, por el Papa Benedicto XVI, el Buen Pastor que está dispuesto a dar su vida por las ovejas; que está dispuesto a dar su vida por mí.
Alejandro Bermúdez es Director de la Agencia Católica de Informaciones latinoamericana ACI-Prensa (www.aciprensa.com) y de la agencia católica en inglés Catholic News Agency (www.catholicnewsagency.com)
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