Romper la
cáscara…
¡para vivir!
Por Rossana Goñi
¿Alguna vez te has puesto a observar el crecimiento de una plantita? ¿O el nacimiento de un pajarito… ó de niño o niña no tuviste esa tarea de hacer brotar un “frejolito” en tu ventana? Creo que de una u otra forma, muchos de nosotros hemos tenido la oportunidad de ver y contemplar las maravillas de Dios a través de sus creaciones, incluso aquellas creaciones más pequeñas.
Hace muchos años -cuando yo era niña, ¡no crean que hace taaantos años!- mi padre criaba canarios, era su hobbie. Los tenía en un cuarto especial en nuestra casa, y tenían épocas en que nacían canarios nuevos. Bueno, en una de esas épocas en las que era mejor no hacer mucha bulla o entrar tan seguido a ese cuarto porque los canarios eran muy sensibles, un día entré… El cuarto era más o menos grande, habían más de 500 canarios de todos los colores y muchos tenían sus nidos con huevitos. Cuidadosamente me acerqué a una jaula en la que vi que un huevito - no se imaginan lo pequeñito que podía ser- se empezaba a mover. Me dio nervios, pensé muchas cosas… pensaba que mi presencia podía hacer que la mamá canario se ponga nerviosa, pensaba que si yo estaba ahí, no iba a nacer como debía, pero no podía contener las ganas de ver cómo nacía algo tan pequeñito. Decidí quedarme y ver cómo poco a poco, golpeando con su débil piquito, rompía la cáscara, y tras un gran esfuerzo de una media hora, empezaba a salir esa nueva vida, rompiendo lo que tenía a su alrededor para empezar un nuevo tiempo, un nuevo momento.
Yo me empinaba más y más para ver mejor el nacimiento de ese pajarito. Habría mis ojos todo lo que podía para contemplar con más claridad y no perderme nada de ese momento tan hermoso. Hasta que finalmente termina de salir de la cascara. Sin plumas, chiquitito, casi sin poder pararse y con los ojos cerrados y grandotes. Inmediatamente se acerca su mamá canario y lo comenzó a alimentar. Oh! Oh! Suficiente, salí corriendo del cuarto, recuerdo que como sabía que era una travesura no le dije a nadie, pero estaba feliz, no podía creer lo que había visto. Creo que mi papá en tanto tiempo de haber criado canarios, nunca los había visto nacer, pero yo si tuve -o major dicho me di- esa oportunidad de verlo. Lo recuerdo claramente.
Pero ¿por qué comparto esto con Uds.? Es que en este tiempo de Curesma que aún estamos viviendo, siempre me viene al recuerdo esa experiencia que tuve hace muchos años. Recuerdo cómo a pesar de ser algo tan pequeñito, ese canario tenía que esforzarse mucho, romper la cáscara para lograr lo que se había propuesto: “vivir”.
Lo mismo pasa muchas veces con nosotros en Cuaresma, tenemos que morir para vivir, como el grano de trigo del Evangelio. Pero ese morir, ese romper, ese quebrarnos interiormente y renunciar a nuestros gustos y comodidades, cuesta mucho, no es sencillo. Pero es la única ma-nera en la que lograremos día a día terminar con nuestro pecado para nacer a la vida nueva. Esto es la conversion. Esa es la invitación que de manera especial nos hace la Igesia en este tiempo de Cuaresma.
Sabemos que la conversión no es sencilla. La misma palabra lo dice, convertir quiere pasar de un estado a otro, cambiar totalmente. Bueno pues, eso no es fácil. ¿Pero quién dijo que cargar la cruz es fácil? Pero es sólo esa cruz la que nos lleva a la Pascua de Resurreción.
Aprovechemos estos últimos días de Cuaresma para convertirnos más y más, para cambiar, para ser hombres y mujeres nuevos. Nazcamos a la nueva vida en el Señor Jesús en la gran celebración de la Pascua.
Y recuerda que todo lo que está alrededor nuestro y que Dios ha creado nos puede enseñar mucho para aplicarlo a nuestra propia vida. Quizá puedes plantar hoy una plantita en tu casa, en tu trabajo y mira los cambios por los que va pasando hasta el día en el crece y luego florece. Y luego, esas flores mueren y vuelven a florecer… ¡morir para vivir! ¡Pero para vivir con Él en la vida eterna!
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