Alentadora decisión de la Corte Suprema ante la pena de muerte
Todo ser humano ha sido creado por Dios con dignidad
Por el Exmo.
Monseñor
Charles J. Chaput,
O.F.M. Cap
El martes 1 de marzo, la Corte Suprema decidió 5 sobre 4 que la Constitución prohíba la ejecución de asesinos menores de 18 años que comentan crímenes. Hasta la semana pasada, esa sentencia de muerte era legal en 19 estados.
La decisión anula las sentencias de muerte de cerca de media docena de asesinos menores de edad. Asimismo, previene a todos los estados de ejecutar a menores de futuros crímenes que cometan.
Desde la perspectiva de la Iglesia, esto es una noticia importante; una victoria de una reflexión cuidadosa y decencia común. Como americanos, tenemos el gran orgullo de nuestra tradición de estar regulados por la ley y de la calidad de nuestro sistema de justicia. Mucho de ese orgullo ha sido bien ganado.
Desafortunadamente, el problema más profundo -la pena de muerte en sí misma- permanece con nosotros. Éste es un hecho simple: si el que defiende en un juicio de asesinato tiene recursos suficientes y es blanco, tiene menos posibilidad de ser sentenciado con la pena de muerte, a que si fuese pobre o de color. En algunos estados, la incapacidad de contratar a un abogado puede llevar a una sentencia de muerte.
A lo largo de década pasada, docenas de “asesinos” convictos han quedado exonerados de la fila de muerte por la evidencia del ADN que prueba su inocencia. Condenas injustas en casos capitales son suficientemente terribles. Pero es incluso más problemático lo que éstas pérdidas de justicia implican: mucha gente inocente ciertamente ha muerto, ejecutada por crímenes que no cometieron.
La experiencia muestra que, fuera de las serias faltas que se dan sobre la pena de muerte en muchos estados, la pena capital simplemente no funciona como un impedimento. Y tampoco sana cualquier herida, porque sólo el perdón puede lograr ello. Sin embargo, sí es exitosa en responder violencia con violencia - una violencia envuelta en la piedad de la aprobación del estado, que implica a todos, en el tomar más vidas.
Terminar con la pena capital no disminuye nuestro apoyo por las familias de las víctimas de un asesinato. Ellos llevan consigo un gran peso de dolor, y justamente ellos demandan justicia. Asesinos reales merecen un castigo, pero incluso los asesinos conservan la dignidad dada por Dios como seres humanos. Cuando tomamos la vida de un asesino, sólo añadimos violencia en una cultura ya violenta, y degradamos nuestra propia dignidad en el proceso. Por otro lado, no necesitamos hacer eso. En los Estados Unidos en el 2005, la culpa puede ser castigada y el seguridad pública puede ser confirmada sin la necesidad de enviar a cualquier ser humano a una cámara de ejecución.
Debemos recordar que la enseñanza católica sobre la pena capital parte de la santidad de la persona humana. Toda vida es sagrada. Toda persona, incluso los asesinos convictos, ha sido creado por Dios con una dignidad dada.
Mientras que la Escritura y la Tradición católica apoyan la legitimidad de la pena de muerte bajo ciertas condiciones restringidas, la Iglesia nos ha llamado repetidas veces a una visión más completa en las últimas cinco décadas como un antídoto ante la creciente cultura de muerte entre nosotros. No necesitamos matar a la gente para proteger la sociedad. No necesitamos matar a la gente para castigar al culpable. Y nunca deberíamos estar apurados por terminar con una vida. Como resultado, excepto en las más extremas circunstancias, la pena capital no puede ser justificada. En países desarrollados, como el nuestro, no debería tener lugar en la vida pública.
En el despertar de la decisión de la Corte Suprema de la semana pasada, necesitamos pensar detenidamente sobre el tipo de justicia que queremos mostrar a nuestros jóvenes. La mayoría de los católicos americanos, así como la gran mayoría de sus amigos ciudadanos, apoyan la pena de muerte. Eso no la hace correcta. Pero sí asegura que la lección errada de violencia “arreglando” al violento entre nosotros será enseñada a otra gneración. Como hijos de Dios, somos mejores que esto, y necesitamos empezar a actuar como ello. Necesitamos terminar con la pena de muerte ya.
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