Publicación en español de la Arquidiócesis de Denver
Marzo 2005

La Eucaristía... un milagro entre nosotros

Conozca el milagro Eucarístico que le sucedió a nuestros hermanos colombianos

Por Daniela Neuenschwander

Continuando con nuestra serie especial por el Año de la Eucaristía les traemos en esta ocasión un milagro Eucarístico ocurrido en tierras latinoamericanas. Que estas reflexiones que publicamos todos los meses sirvan de ayuda para tener un encuentro más profundo con Jesús Eucaristía.

Este gran suceso ocurrió en Colombia, en el pueblo de Tumaco. Tumaco es una pequeña isla ubicada en la costa occidental de Colombia. Este hecho milagroso ocurrió en el año 1906. El 31 de enero aproximadamente a las diez de la mañana un fuerte temblor azotó esta zona. Asustados y sin saber que hacer por la fuerza y la duración del temblor que fue aproximadamente 10 minutos, los pobladores de la zona acudieron a la Iglesia en busca de ayuda.

El Padre Gerardo Larrondo de San José, sacerdote misionero que contaba con la ayuda del fraile Julián Moreno de San Nicolás de Tolentino recibió a la gente tratando de tranquilizarlos al ver que el pánico empezaba a apoderarse de ellos. La fuerza destructiva del temblor también podía apreciarse en la Iglesia donde ninguna imagen había quedado en su lugar.

Rápidamente la gente empezó a pedirles que salieran en procesión con las imágenes. Dudando si es que era lo más prudente o no por hacer ambos misioneros empezaron a darse cuenta que el mar se estaba retirando de la playa como uno de los efectos del temblor. Llevaba ya como kilómetro y medio. El terreno que antes era cubierto por las aguas se podía percibir totalmente seco y el agua acumulada formaba una gran ola. Tomando conciencia del gran riesgo que todo el pueblo corría pues la isla de Tumaco se encuentra bajo el nivel del mar y viendo que todo podía quedar sepultado por la gran ola, el padre Larrondo corrió hacia el Sagrario de la Iglesia. Decidió consumir todas las formas (hostias) dejando solamente la Hostia grande, la cual tomó consigo y salió hacia donde estaba todo el pueblo diciéndoles: “Vamos, hijos míos, vamos todos hacia la playa y que Dios se apiade de nosotros.”

Admirados ante la presencia real del Señor Jesús en la Santa Hostia y ante la valentía del padre Larrondo el pueblo empezó a seguir a su Pastor entre oraciones, pedidos, llantos y súplicas de misericordia ante la tragedia vivida por el terremoto y lo que se avecinaba.

Muchos de los pobladores tomaron consigo las imágenes de la Iglesia. Llegando a la playa en pocos minutos la escena se tornaba más aterradora pues una montaña enorme de agua se avecinaba contra toda la población.

El ardoroso misionero recoleto se acercó a la orilla y empezó a introducirse en las aguas en el momento mismo que la ola ya casi lograba alcanzarlo. Con mucha fe en el corazón el padre Larrondo levantó la hostia, donde todos alcanzaban verla y trazó con ella la señal de la Cruz. Un verdadero milagro fue lo que presenciaron los habitantes de Tumaco cuando la inmensa ola se estrelló contra el padre Larrondo y sin soltar la Sagrada Hostia, el agua quedó al nivel de su cintura. Admirado por el hecho, el Padre Larrondo logra reaccionar ante las palabras de su compañero de misión el fraile Julián y todo el pueblo que gritaban emocionados: “¡Milagro! ¡Milagro!”

La fuerza de Dios sobre la naturaleza se había manifestado una vez más. La enorme montaña de agua que amenazaba destruir por completo la isla de Tumaco retrocedió hasta desaparecer mar adentro y el mar recobró su nivel ordinario y su natural equilibrio.

Con profundo agradecimiento el Padre Larrondo mandó a traer de al Iglesia la custodia donde colocando al Señor Jesús Sacramentado recorrieron todo el pueblo. La multitud admirada y agradecida seguía a su Salvador en procesión.

Rápidamente la noticia se expandió ya que el temblor había afectado a varias regiones de la costa del Pacifico y los daños ocurridos por la inmensa ola que, rechazada en Tumaco, causó destrucciones totales. El suceso de Tumaco tuvo una gran repercusión en el mundo y de varias naciones le escribieron al padre Larrondo pidiéndole que compartiera lo ocurrido.



 


 
 

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