Publicación en español de la Arquidiócesis de Denver
Marzo 2005

De la Eucaristía, la Resurrección y tu vida

Por Abraham Morales

Aunque mientras escribo esto todavía estamos en Cuaresma, a final de este mes de marzo celebraremos la fiesta más importante de nuestra vida como cristianos, de hecho, ¡el centro y razón de nuestra fe! Es la celebración de la Pasión, Muerte y Resurrección de tu mejor amigo, maestro y Señor, por tus pecados, los míos y los de toda la humanidad, de una sola vez y para siempre. Es una ce-lebración llena de signos bien ricos, de lecturas profundas, de reflexiones y vivencias, pero como son tantas y todas tan importantes, y yo nomás tengo 500 palabras para este artículo, (de las cuales ya usé 20 para explicarte esto), escogí dos detalles importantes para que compartamos en esta ocasión.

En este año de la Eucaristía cobra mayor importancia los gestos y símbolos con los cuales Jesús celebra la última cena junto a los discípulos instituyendo el elemento más importante de nuestra fe: su presencia en cuerpo y sangre en el pan y el vino. Un misterio y milagro que tenemos la gracia inmerecida de presenciar cada vez que vamos a Misa, donde por la gracia a Dios, sin explicación humana posible, un pedazo de pan se convierte en el mismo cuerpo de Cristo, y un cáliz lleno de vino se transforma en su propia sangre. Un don que Jesús mismo nos regaló antes de entregarse El mismo en cuerpo y sangre por la salvación del mundo, para que cada vez que nos reuniéramos en su nombre nos compenetráramos con Él. Por eso comulgamos, porque hacemos una común-unión con Él al recibirlo. Hablar de la Eucaristía es bien profundo, pero en especial en este Jueves Santo recuerda y valora ese don tan maravilloso que nos ha regalado, un don que sólo a los ojos de la fe es posible entender, valorar, respetar y amar.

El segundo elemento para esta reflexión es sobre la Resurrección del Señor tras luego de padecer el sufrimiento más grande de morir por los pecados de todo el mundo, de todos los tiempos. Sabernos salvados y celebrar la Resurrección es un momento enorme, que cambia la vida de aquellos que lo reconocen, y en teoría, pues todos los católicos lo deberíamos de ver así, pero no es la realidad. Muchos vamos por el mundo como esos discípulos de Emaús a los que Jesús se les apareció después de resucitar; dice el Evangelio que había algo en los ojos de esos discípulos que nos permitía reconocerlo, e iban tristes, sin esperanza, porque pensaban que Jesús seguía muerto. Así quizá muchos de nosotros vamos por este mundo, viviendo un cristianismo como si Jesús siguiera muerto, sin confianza en Él, con una fe chiquita, apagada, sin poder (o sin querer) reconocerlo que va caminando junto a nosotros.
Por eso, que esta celebración del centro de nuestra fe nos ayude a renovar no sólo las fuerzas y las ganas de querer vivir una fe más viva y profunda, sino también a buscar ese encuentro personal con Aquél que entregándolo todo murió para que hoy tú tengas vida, y vida en abundancia. Y a propósito de tu vida, recuerda que esta vida es pasajera, y no es la vida que realmente disfrutarás al máximo, sino la que viene, cuando dejemos este mundo y podremos por fin estar en la presencia eterna de Dios. No vivas pues aferrado a esta vida o con miedo a la muerte, ni tampoco preocupado por tener muchas cosas, sino más bien preparando tu camino hacia ese encuentro con Jesús cuando te pida cuentas por todos esos dones que te regaló y que debiste poner al servicio de los demás, sobre todo ahora en tu juventud.

Abraham Morales es licenciado en ciencias de la información y diplomado en comunicación social por el Episcopado Latinoamericano. En los últimos 10 años se ha dedicado a trabajar y escribir para los jóvenes en México y Estados Unidos.

 



 
 

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