Publicación en español de la Arquidiócesis de Denver
Junio 2005

¿Cómo podemos juzgar si un ministerio o apostolado es fructífero?

Formación y vida espiritual son fundamentales para un mejor apostolado

Por Mar Muñoz-Visoso

A la hora de juzgar el progreso realizado en cualquier área, lo primero que debemos saber es cuál es el principal objetivo a alcanzar. En la Iglesia esto implica mirar más allá de los objetivos particulares y específicos de un ministerio para descubrir la meta general de todo apostolado. En un tiempo y en una cultura en el que la eficiencia se tiende a medir en números y tecnología, nos sorprendería saber la respuesta que Juan Pablo II da a esta pregunta. En su carta apostólica Novo millennio ineunte, al describir los desafíos para la Iglesia en este nuevo milenio, Juan Pablo II establecía el objetivo general muy claramente: “ No dudo en afirmar que todas las iniciativas pastorales deben establecerse en relación a la santidad” (NMI, 30).

En el mismo documento, él se pregunta qué puede significar la palabra “santidad” en el contexto de un plan pastoral. Y la conclusión que el saca es que planear nuestra acción pastoral, apostolados y ministerios, con este objetivo en vista, es una opción llena de consecuencias: “Implica la convicción de que, dado que el Bautismo es una verdadera participación en la santidad de Dios, a través de nuestra incorporación a Cristo y de la morada del Espíritu Santo en nosotros, sería una contradicción conformarse con una vida de mediocridad marcada por una ética minimalista y una religiosidad vacía.” (NMI, 31).

Esto tiene implicaciones importantes porque, independientemente de qué técnicas y medios estén a nuestro alcance, el agente de pastoral siempre saca primero de la persona que él o ella es a la hora de responder a una situación determinada. Así, la formación y el entendimiento de quiénes somos y de nuestra mi-sión es clave para un trabajo apostólico fructífero.

Hay otra dimensión inseparable de esta primera. Es la de una vida espiritual sólida: “Para ser pastoralmente efectivo, la formación intelectual debe estar compenetrada con una espiritualidad marcada por la experiencia personal de Dios. De esta forma, un enfoque puramente abstracto al conocimiento es superado a favor de esa inteligencia del corazón que sabe cómo ver más allá, y que está entonces en posición de comunicar el misterio de Dios a la gente (Pastores dabo vobis, 51). Aunque estas palabras de Juan Pablo II nos hablan de la importancia de la vida espiritual en la formación de los sacerdotes, también son aplicables a cada uno de nosotros dado que por nuestro bautismo estamos llamados a participar, según nuestra vocación y estado, en los tres oficios de Cristo: sacerdote, profeta y rey. La prioridad de la santidad como condición para una acción pastoral fructífera aparecía ya en las enseñanzas del Concilio Vaticano II sobre el apostolado de los laicos (Apostolicam actuositatem, 4).

El mantener una relación íntima con Cristo tiene como primer fruto la conversión del corazón, que a su vez lleva a la comunión y a la misión. Como el texto conci-liar mencionado arriba nos muestra, dar fruto es una demanda esencial de la vida en Cristo y de la vida en la Iglesia. La persona que no da fruto no permanece en comunión: “Si una de mis ramas no da uvas [mi Padre] la corta.” (Jn 15:2). La comunión con Cristo da lugar a la comunión de los cristianos entre sí. Y esta comunión con los otros es el fruto más magnífico que las ramas pueden dar (Christifideles Laici, 16). Comunión es santidad y esa es la realidad de la Iglesia.

“La santidad, un mensaje que convence sin necesidad de pa-labras, es el vivo reflejo del rostro de Cristo”, insiste Juan Pablo II, “tenemos hoy la más grande necesidad de ser santos”. Así pues, la medida adecuada para juzgar si un ministerio ha sido fructífero o productivo se basa en la respuesta a tres simples preguntas: ¿Ha hecho esta acción pastoral más santo al que la recibe? ¿Ha hecho al agente de pastoral más santo? ¿Ha ayudado a la Iglesia a crecer en santidad?


 
 

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