Publicación en español de la Arquidiócesis de Denver
Julio 2005

Médico del Año en Denver es un peruano

Dr. Pantoja es reconocido por su entrega y dedicación a los más frágiles e indefensos

Por Lara Montoya

Un hombre sencillo con un gran corazón. Esa fue la primera impresión que el Dr. Alfonso Pantoja nos causó. Y al conocer su historia, nos resulta admirable ver como ha logrado ser reconocido en una sociedad tan competitiva. La clave de su éxito es el amor y la profunda comprensión que tiene sobre el don de la vida, valores que lo han llevado a ser distinguido como “El Médico del Año 2004” del Hospital Exempla Saint Joseph de Denver, Colorado.

El Dr. Alfonso es el primer hispano elegido. Reconocido por representar el espíritu de lo que se considera un modelo de servicio que contribuye a la transformación del hospital. Nació en Perú y hace treinta años vino a vivir a Estados Unidos. Actualmente es Director de la Unidad de Cuidados Intensivos Neonatales, y ha logrado desarrollar un trabajo en equipo, disminuyendo el número de complicaciones en los prematuros. A continuación su historia.

El Pueblo: Dr. Pantoja, cuéntenos un poco de su vida

Vine al mundo en la “Perla de los Andes”, como se le conoce a la ciudad de Tarma, hace más de cinco décadas. Nací prematuro, a los siete meses de gestación, y fue mi abuela quién me recibió, una mujer extraordinaria que curaba a todos en la familia, fue ella la que me incentivó a estudiar la carrera de medicina.
Estudié en el colegio San Vicente de Paul y acabé la secundaria en la Gran Unidad Escolar San Ramón. Tenía 17 años cuando viajé a Lima y pude ingresar a la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Me gradué muy joven, a los 25 años, en 1974. Ya en esa época tenía la inquietud de experimentar cómo se hacía medicina en los Estados Unidos, sobre todo después de acabar mi internado en el Instituto de Protección Materno Infantil (IMPROMI) con el Dr. Jacinto Hernández. Recuerdo que le pregunté qué se necesitaba para llegar a ser alguien como él. Jacinto me orientó y en junio de 1975 comenzaba mi internado en el Brooklyn Jewish Hospital de Nueva York. En esa misma institución, hice la residencia de pediatría y luego, en 1979, empecé el fellowship en Neonatología en la Universidad de Wayne State en Michigan. Mi viaje a Nueva York, fue el primer viaje que hice fuera del país. Tuve que ahorrar por unos meses para poder pagar ese pasaje.

El Pueblo: ¿Fue sencillo hacer su internado en el Brooklyn Jewish Hospital de Nueva York?
El primer año fue muy difícil, no me podía expresar en inglés y había momentos que no entendía la terminología médica. Hice un internado en medicina interna y el sistema era piramidal, es decir que se eliminaba al 30% de los internos para seguir el entrenamiento. No me eligieron, pero afortunadamente descubrí que en el mismo hospital había un programa de pediatría. Al quinto mes de entrenamiento me dejaba entender y se dieron cuenta que podría ser un buen interno en pediatría. Así fue como me quedé en ese hospital por tres años más y terminé siendo jefe de residentes. Fue la primera vez en mi vida que me sentí insignificante.

El Pueblo: ¿Qué significa para Ud. su profesión, la medicina?
Yo creo que todos nacemos con una misión en la vida y Dios ha sido bueno conmigo al permitirme descubrirla tempranamente. Empecé la carrera con la idea infantil de convertirme en un médico famoso, quería descubrir alguna cura importante. Mi interés era la investigación, y esto de tratar pacientes era algo que debía hacerse para complementar mis intereses como investigador. Yo perdí muchas oportunidades de ver lo más importante. Fue cuando llegué a Denver, ya todo un profesional entrenado, cuando descubrí que la misión del médico es la de ayudar a los pacientes a tolerar el dolor físico y mental que trae una enfermedad. Después de más de 20 años en práctica, es la experiencia la que ahora me permite hablar serenamente con los padres de mis pacientitos, y dejarles saber que en la mayoría de los casos hay una luz al final de ese túnel, y que mi equipo los va ayudar a cruzar ese túnel con el menor dolor y angustia posible. Yo siempre digo que Dios me quiere mucho, al darme un trabajo que en cierta forma disfruto cada día. Un trabajo en el que siempre hay oportunidad para hacer algo bueno por alguien.

El Pueblo: Usted tiene un trabajo muy hermoso, salvar la vida de quienes empiezan a vivir ¿Qué cosas ha aprendido de éste?
Cuanto de lo que puedo hacer ahora se los debo a mis pacientitos. A Bryan y su madre, que me demostraron que el amor puede lo imposible. A Jordan, que aun cuando apenas podía mover pocas partes de su cuerpo, por 12 meses me iluminó cada mañana con su sonrisa, haciendo tolerables momentos difíciles en mi vida personal. También he aprendido de los pequeñitos, cuyo destino era una estadía muy corta en este mundo, y más que nada de los padres que aprendieron a aceptar esa realidad y disfrutaron de esos minutos preciosos, hablando y dejándoles saber cuanto los querían. A Callie, una de las más chiquititas que sobrevivió 19 años atrás, ahora toda una persona, con una inteligencia privilegiada. Es bilingüe y habla el castellano sin acento. Pero de quien más he aprendido es de las enfermeras que trabajan conmigo. Hay días que pienso, como es posible que puedan dar tanto por sus pacientes, sin temor a veces a poder perderlos.

El Pueblo: ¿Qué les aconseja a nuestros hermanos hispanos que vienen aquí en busca de nuevas y mejores posibilidades?
Todos venimos con la esperanza de hacer de nuestras vidas algo mejor. Venimos por conocimiento, dinero, comodidades. Hay veces que venimos para escapar de una realidad penosa. Yo les diría que yo vine tal vez por curiosidad de aprender la mejor forma de hacer medicina en el mundo. Lo que encontré, me desilusionó un poco, porque encontré mucha tecnología y muy poco de relación personal con el paciente. Tal vez lo más importante que encontré es que podía contribuir en cambiar algo para hacer eso que llaman medicina de alta tecnología, algo más humano.

 
 
 

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