Publicación en español de la Arquidiócesis de Denver
Julio 2005

Peligroso culto al cuerpo

El tener un cuerpo “a la carta” ha llegado a un punto nunca imaginado

Por Rossana Goñi

En una de esas tranquilas tardes dominicales en las que sintonizo algún programa cultural me encontré con un escalofriante informe sobre cómo un numero creciente de personas viene llevando la ciencia y la tecnología hasta sus límites para que, mediante operaciones y cirugías logre realizar modificaciones a su cuerpo al punto que le permitan ser “aceptadas”, “valoradas”, “queridas” o incluso “amadas”.

El documental explicaba claramente el “cómo” de esta creciente tendencia -cirugías plásticas, liposucciones, tatuajes, perforaciones y otras modificaciones más-; pero eran las explicaciones de algunos de los entrevistados que ayudaban a entender mejor el “por qué”. Y es así como ese domingo lo pasé reflexionando sobre la importancia extrema que se le da en nuestra cultura al cuerpo y cuánto el ser humano busca ser valorado por su rostro, su estatura, el color de su piel, de su cabello, si figura física, sus adornos externos o “incorporados” como los tatuajes o el “piercing”

El reportaje ofrecía el testimonio de diferentes personas –hombres y mujeres, porque este ya no es sólo un “asunto de mujeres”, como se suele creer– que habían tenido algún tipo de operación o cirugía para lograr un cambio en alguna parte de su cuerpo. ¿Por qué lo has hecho? Estas eran algunas de las respuestas: “para sentirme aceptado en la sociedad”, “porque así me va a querer más mi esposo”, “porque es mejor”, “porque me quiero ver al espejo y sentirme bien”.

Lo sorprendente era el grado de insatisfacción con el propio cuerpo y las propias características: si soy de tez oscura, quiero ser de tez blanca, si soy bajo quiero ser alto y si soy muy alto, quiero ser más bajo; si tengo el cabello ondulado lo quisiera lacio; si mis ojos son oscuros, los quisiera más claros... Sea cual sea, siempre parece haber una característica corporal que no aceptamos y que pretendemos cambiar, porque percibimos que de ese cambio depende la aceptación, el “sentirse bien”; en pocas palabras, la felicidad.

Desde el principio del cristianismo, los grandes sabios y padres de la Iglesia invitaban a los católicos a cuestionarse: ¿Es que acaso soy yo “mi cuerpo”?

Es claro que el cuerpo es parte importante de nuestra naturaleza, y la Iglesia siempre nos ha enseñado un gran respeto y una gran reverencia por nuestro cuerpo. Pero el cuerpo forma parte de mi ser, o ¿he llegado a creer que yo SOY mi cuerpo?

¿Es que acaso soy más por mis ojos o nariz bonita? ¿por mi estatura o mi delgadez? ¿por qué soy blanco o de tez oscura? Nada de esto vamos a llevar con nosotros cuando terminemos nuestro peregrinar en esta tierra. Nada de esto importa al final de nuestros días. Esto, como cristianos, lo sabemos; pero es difícil practicarlo en la vida cotidiana, porque la presión real de nuestro entorno, desde los medios masivos hasta los comentarios de las personas que estimamos o cuya valoración buscamos, ejerce sobre nosotros una enorme presión.
En este contexto, creo que es fundamental recuperar la visión cristiana del cuerpo humano.

San Pablo nos enseña que nuestro cuerpo es el “templo del Espíritu Santo”. ¿Cómo cuido yo de un templo? Lo limpio, lo mantengo impecable, estoy siempre atento a que nada le falte. Y hago todo esto porque lo quiero, porque sé que es la casa de Dios. Pero la gente no va al templo porque lo encuentre construido a manera de una mansión o de una sala confortable. Lo visitamos porque sabemos que en ese lugar sagrado está la presencia real del Señor Jesús y nos encontramos y compartimos con otros hermanos y hermanas que buscamos cada día ser más como Jesucristo.

Lo mismo debo hacer con mi cuerpo, cuidarlo, mantenerme con salud, tenerle reverencia para que refleje esa presencia de Dios en mi vida, para que ese cuerpo sea realmente ese “templo” que Dios me pide que sea. No lo convierto en una pared llena de graffiti o perforaciones, ni lo modifico para que parezca otra cosa distinta a un templo.

No dejemos que la presión de la sociedad nos gane en este campo. Frente a los extremos del mundo de hoy: el descuido del cuerpo por los placeres o el exceso de atención, respondamos con la visión equilibrada y profundamente humana de nuestra fe: cuidemos de nuestro cuerpo como parte integral de la reverencia que debemos tener hacia toda nuestra persona, cuerpo, mente y espíritu. Trabajemos pues para purificar nuestro cuerpo; y sobre todo, para ser, con los dones que Dios nos ha dado, mejores seres humanos capaces de amar y ser amados.
La próxima vez que veas a alguien que amas, míralo con los ojos de la fe, no con los del mundo de hoy, que sólo mira las formas superficiales. Y tú mismo, tú misma, mírate como Dios te mira: con ojos llenos de amor, de aceptación por ser quien eres, lleno de dones y características que Él mismo te ha dado como talentos.

“¿No saben que sus cuerpos son templos del Espíritu Santo que habita en ustedes y que han recibido de Dios? Por lo tanto, ustedes no se pertenecen, si no que han sido comprados, ¡Y a que precio! Glorifiquen entonces a Dios en sus cuerpos” (1Co. 6, 19-20).


 
 

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