El legado de un Papa
que nos enseñó a no
tener miedo
Nos enseñó a servir al hombre y a la humanidad entera
Por el Exmo.
Monseñor
José H. Gomez, STD
Juan Pablo II, el atleta de la fe, el Pontífice que conquistó el mundo con su poderoso mensaje de fe y esperanza, puede decir ahora, como San Pablo, que ha llegado a la meta, y que ahora recibe la corona del Justo Juez, el Señor Jesús, a quien tan generosamente sirvió durante estos años.
Ha partido el padre de la Iglesia, el pastor universal. Al ser el suyo uno de los pontificados más largos de la historia, a muchos jóvenes e incluso adultos católicos, les resulta difícil recordar la Iglesia o pensarla sin Juan Pablo II. Por eso, aunque la fe nos sostiene y la promesa del Señor de que las puertas del infierno no prevalecerán sobre la Iglesia nos consuela, un natural y humano sentido de orfandad se apodera del mundo cristiano.
Los medios de comunicación compiten por recapitular las increíbles cifras de este pontificado: los incontables kilómetros recorridos alrededor del mundo, los numerosos documentos y escritos, el sinnúmero de santos y beatos proclamados, la modernización de la Curia romana, el Catecismo universal, el nuevo Código de Derecho Canónico…
Ya hay quienes incluso se adelantan a proclamarlo “Juan Pablo el Grande” o “Juan Pablo Magno”.
Pero la Iglesia permanece en silenciosa espera, no sólo aguardando el humo blanco que desde la milenaria colina vaticana anunciará al nuevo Sucesor de Pedro, sino meditando en el inmenso tesoro depositado por Juan Pablo II en nuestras manos.
La historia tardará mucho en hacer justicia al legado de este Pontífice, y sólo el paso del tiempo revelará, seguramente a las generaciones futuras, los efectos de tantas decisiones que el llorado Juan Pablo II tomó durante su largo y fecundo pontificado.
Pero los cristianos tenemos un legado imborrable, no sólo en sus palabras y escritos, sino sobre todo, en el testimonio de su vida.
Juan Pablo II rubricó con su vida, con su sabia paciencia, con su heroica fortaleza, con su caridad, cada una de las palabras que enseñó.
Pero sobre todo, en medio de un mundo que parece perder el rumbo moral y espiritual, que en medio de increíbles logros materiales ve crecer la desesperanza, el Papa Wojtila nos enseñó a no perder la esperanza, más aún, a no tener miedo.
Todavía resuenan en nuestros corazones las palabras con la que inauguró su pontificado:
“¡Hermanos y hermanas! ¡No tengáis miedo de acoger a Cristo y de aceptar su potestad!
¡No tengáis miedo! ¡Abrid de par en par las puertas a Cristo!”
Desde el público valor con el que contribuyó a la caída del muro de Berlín, del comunismo y de numerosas dictaduras, hasta el silencioso heroísmo con el que sobrellevó los sufrimientos de sus últimos años, en todo momento el Papa confirmó con hechos este llamado a no tener miedo, a confiar en el Señor Jesús, a abrirle el corazón personal, así como los sistemas políticos, sociales y económicos.
En aquel mismo discurso con el que quiso inaugurar su pontificado, Juan Pablo II pronunció otras palabras, que hoy, en medio del duelo universal, no podemos dejar pasar:
“Queridos hermanos y hermanas: ayuden al Papa y a todos cuantos quieren servir a Cristo y, con la potestad de Cristo, servir al hombre y a la humanidad entera”.
Este pedido debe encontrar hoy un fuerte eco en nuestras almas.
Así, mientras algunos medios aprovechan el silencio del Pontífice partido a la casa del Padre para criticar su herencia, y quienes creen que de todo difunto hay que hablar bien se deshacen en vanos elogios, nosotros los cristianos esperamos y actuamos.
Sigamos ayudando a este Papa que ahora está ya gozando de la presencia de Cristo. No tengamos miedo. Hagamos justicia a su herencia abriendo las puertas de nuestros corazones y del mundo entero a Cristo. Que el Señor y la Virgen nos bendigan.
Monseñor José H. Gomez, STD, Arzobispo de San Antonio, fue Obispo Auxiliar de Denver.
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