Publicación en español de la Arquidiócesis de Denver
Abril 2005

Cristo Resucitado es la razón de nuestra esperanza

El Papa nos enseñó como confiar en la Divina Misericordia del Señor

Por el Exmo. Monseñor Charles J. Chaput, O.F.M. Cap

Esta columna ha sido adaptada a partir de la homilía del Arzobispo el Domingo de la Divina Misericordia que honró al Papa Juan Pablo II.

El Papa Juan Pablo II vivió cada momento y elección como una semilla de eternidad; y el mundo es ahora un lugar diferente por ello. Así es como él quería que vivamos. Y es por eso que nos recuerda, una y otra vez, lo sagrado que es el Día del Señor. En este día, en esta Misa y en Misas en todo el mundo, encontramos la única verdadera razón de nuestra esperanza. ¡Jesús es la Esperanza! ¡Jesús ha resucitado! ¡La muerte no es aguijón! Lo que permanece en nosotros es confiar como Juan Pablo confió y vivir como vivió.

La primera lectura esta noche nos dice lo que significa la confianza cristiana. Los primeros cristianos “se entregaron a las enseñanzas de los apóstoles”. Confiaron en los apóstoles. Confiaron en la Palabra de Dios, y actuaron en ello. Su fidelidad es la fundación de nuestra Iglesia hoy. Se comprometieron “a la vida en común, a partir el pan” y a la oración. Confiaron unos a otros y compartieron lo que tenían con los pobres. Se ayudaron unos a otros con alegría y sinceridad de corazón. En otras palabras, se amaron unos a otros y ese amor se convirtió en un imán que atrajo a otros. “El Señor aumentó sus seguidores” y a través de ellos, alma por alma, Dios reformó el mundo.

El secreto de ese amor cristiano de los inicios fue la experiencia del amor de Dios. San Pedro lo describe en la segunda lectura. Nos dice que Dios “por su gran misericordia, mediante la Resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha reengendrado a una esperanza viva a una herencia incorruptible, inmaculada e inmarcesible”. El Salmo Responsorial nos recuerda lo mismo de tres maneras: “La misericordia de Dios dura por siempre”; por lo cual el salmista también puede decir “mi fuerza y mi valentía son del Señor, Él es mi Salvador”.
Para los primeros cristianos, la misericordia de Dios trajo esperanza, y la esperanza trajo gozo - y estas dos cosas juntas movieron sus corazones para amarse unos a otros y para traer a otros a vivir una comunión de amor. La señal de ese amor fue mostrar misericordia a otros como Dios les mostró su misericordia.

En el Antiguo Testamento, Dios le dijo al Profeta Isaías, “... mis pensamientos no son tus pensamientos, ni mis caminos son tus caminos, dice el Señor” (Is. 55, 8). La misericordia es el más profundo ejemplo al que Dios se refería cuando dijo esto. La misericordia va más allá de la justicia. La justicia no nos hubiese salvado. Si la justicia de Dios fuese como la justicia humana, todos nos condenaríamos, porque todos somos pecadores. Estamos capturados en un tejido de pecados unos en contra de otros y deudas que tenemos unos con otros. Nunca podremos hacer eso correcto, demandando que lo que pensamos es “justo” porque el mismo juicio que tenemos sobre otros, alguien lo puede tener sobre nosotros. Por lo tanto necesitamos ser más que “justos” con otros.

La verdadera justicia, la justicia de Dios, nace de la misericordia. La misericordia es una expresión de la Paternidad de Dios, su grandeza, que tiene el poder de perdonarnos libremente y va más allá de la comprensión natural. Sólo cuando perdonamos y mostramos esta misma misericordia a otros, podemos decir que somos discípulos de Cristo.
En el Evangelio de hoy, Jesús muestra su misericordia a los apóstoles ante su miedo y traición con estas palabras, “la paz esté con ustedes”. Después le muestra su misericordia a Tomás por sus dudas. Luego extiende esa misericordia a todos nosotros creando el sacramento de la misericordia - el sacramento de la penitencia - diciéndoles, “a quien les perdonen sus pecados, le serán perdonados”.

Dios llamó al Papa Juan Pablo II ayer -sábado 2 de abril- en la vigilia del Domingo de la Divina Misericordia que estableció en el Año del Jubileo. No creo que eso sea un accidente. Creo que fue un regalo a él y a nosotros. A lo largo de su sacerdocio, el Santo Padre tuvo una devoción especial a la misericordia de Dios y toda su vida lo encarnó.
La misericordia de Dios fue la fuente del gozo de Juan Pablo, y permanece como fuente de la nuestra. Y la misericordia está en el corazón de las palabras que Jesús nos dijo a cada uno de nosotros: “Yo soy la Resurrección y la Vida, aquél que crea en mí, aunque muera vivirá para siempre” (Jn 11, 25). Que Dios le otorgue a nuestro Santo Padre, y a nosotros, esa vida eterna y esa felicidad.




 
 

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