Juan Pablo II y la santidad de la vida cotidiana
“Ante todo, no dudo en afirmar que el punto de mira ante el que debe situarse todo el camino pastoral es el de la santidad”
— Papa Juan Pablo II
Por Lara Montoya
Cuán lejana se nos ha hecho muchas veces la santidad. Ser santo era antes muy ajeno a nosotros, pues al mencionar esa palabra uno de inmediato se imaginaba a uno de los santos de altar cuya vida había sido extraordinaria y difícil de seguir. Quizá hasta hemos pensado que fueron personas creadas “especialmente”. Sin embargo, hoy esa realidad es distinta gracias en gran medida, a los grandes y numerosos esfuerzos que Juan Pablo II realizó para acercar la santidad a la vida del hombre común, pues uno de los puntos en los que más insistió a lo largo de su Pontificado fue sobre la vida ordinaria como medio y ocasión de buscar la santidad.
Una muestra clara de ello fue la gran cantidad de hombres y mujeres que elevó a los altares a lo largo de su vida como Sumo Pontífice, y que superan en gran medida a sus antecesores. A continuación ofrecemos breves historias de vidas ejemplares que hicieron de sus acciones ordinarias y sencillas, actos extraordinarios de amor a Dios.
“Los caminos de la santidad son múltiples y se adaptan a la vocación de cada uno. Doy gracias al Señor que me ha concedido beatificar y canonizar durante estos años a tantos cristianos, entre ellos a muchos laicos, que se han santificado en las circunstancias más ordinarias de la vida. Es hora de proponer de nuevo a todos con convicción esta “medida alta” de la vida cristiana ordinaria: toda la vida de la comunidad eclesial y de las familias cristianas debe orientarse en esta dirección”. (Juan Pablo II)
Santa Teresa de Jesús “De los Andes” (1900-1920)
Santa Teresita de los Andes con el ejemplo de su vida, pone ante nuestros ojos el Evangelio de Cristo, encarnado y llevado a la práctica hasta las últimas exigencias. Su vida es una prueba indiscutible de que la llamada de Cristo a ser santos, es actual, posible y verdadera.
Nació en Santiago de Chile el 13 de julio de 1900. El nombre que le dieron sus padres fue Juana Enriqueta Josefina de los Sagrados Corazones Fernández Solar. Familiarmente se la conocía, y todavía se la conoce hoy, con el nombre de Juanita.
Juana recibió su formación escolar en el colegio de las monjas francesas del Sagrado Corazón. A los catorce años de edad, decidió consagrarse a Dios como religiosa, en concreto, como carmelita descalza. Su deseo se realizó a los 19 años, cuando ingresó en el pequeño convento de claustro de las Carmelitas Descalzas en el pueblo de Los Andes, a unos 90 kms. de Santiago de Chile.
Desde niña comprendió que el amor se demuestra con obras más que con palabras, por eso lo tradujo en todos los actos de su vida, empezando por la raíz. Su naturaleza era totalmente contraria a la exigencia evangélica: orgullosa, egoísta, terca, con todos los defectos que esto supone. Pero lo que ella hizo, a diferencia nuestra, fue librar batalla encarnizada contra todo impulso que no naciera del amor.
A los 10 años hizo su primera comunión. Comprendiendo que Dios iba a permanecer dentro de ella, trabajó en adquirir todas las virtudes que la harían menos indigna de esta gracia, consiguiendo en poquísimo tiempo transformar su carácter por completo.
Jovial, alegre, simpática, atractiva, deportista, comunicativa. La santidad de su vida resplandeció en los actos de cada día en los ambientes donde se desarrolló su vida: la familia, el colegio, las amigas, los inquilinos con quienes compartía sus vacaciones y a quienes, con celo apostólico, catequizó y ayudó.
Ya en el convento a sólo 11 meses de haber ingresado, experimentó sufrimientos interiores y físicos, causados por un violento ataque de tifus que finalmente acabó con su vida, falleció el 12 de abril de 1920. Había recibido con sumo fervor los santos sacramentos de la Iglesia y el 7 de abril había hecho la profesión religiosa en el artículo de la muerte. Aún le faltaban 3 meses para cumplir los 20 años de edad y 6 meses para acabar su noviciado canónico y poder emitir jurídicamente su profesión religiosa. Murió como novicia Carmelita Descalza.
Fue beatificada en Santiago de Chile por Su Santidad Juan Pablo II, el día 3 de abril de 1987. Sus restos son venerados en el Santuario de Auco-Rinconada de Los Andes por miles de peregrinos que buscan y encuentran en ella el consuelo, la luz y el camino recto hacia Dios. Es la primera santa chilena y la primera santa carmelita descalza fuera de Europa.
Cristóbal Magallanes Jara (1869 - 1927)
Nació en Totaltiche, Jalisco, México (Arquidiócesis de Guadalajara), el 30 de julio de 1869 y fue Párroco de su tierra natal.
Un sacerdote de fe ardiente, director espiritual de sus hermanos sacerdotes y pastor lleno de celo que se entregó a la promoción humana y cristiana de sus feligreses. También fue misionero entre los indígenas huicholes y ferviente propagador del Rosario a la Santísima Virgen María.
Las vocaciones sacerdotales eran un punto primordial de su ministerio, tal es así que cuando los perseguidores de la Iglesia clausuraron el Seminario de Guadalajara, él se ofreció para fundar en su parroquia un Seminario con el fin de proteger, orientar y formar a los futuros sacerdotes.
El 25 de mayo de 1927 fue fusilado en Colotlán, Jalisco. Frente al verdugo confortó a su ministro y compañero de martirio, Padre Agustín Caloca, diciéndole: «Tranquilízate, hijo, sólo un momento y después el cielo». Luego dirigiéndose a la tropa, exclamó: «Yo muero inocente, y pido a Dios que mi sangre sirva para la unión de mis hermanos mexicanos».
Cristóbal Magallanes y sus 24 compañeros, fueron mártires en el primer tercio del Siglo XX. La mayoría pertenecía al clero secular y tres de ellos eran laicos seriamente comprometidos en la ayuda a los sacerdotes. No abandonaron el valiente ejercicio de su ministerio durante la persecución religiosa en México que desató un odio a la religión católica. Todos aceptaron libre y serenamente el martirio como testimonio de su fe, perdonando explícitamente a sus perseguidores. Fieles a Dios y a la fe católica tan arraigada en sus comunidades eclesiales a las cuales sirvieron promoviendo también su bienestar material, son hoy ejemplo para toda la Iglesia y para la sociedad mexicana en particular.
El 21 de mayo del 2000, el Beato Cristóbal Magallanes fue canonizado por el Papa Juan Pablo II, en ceremonia efectuada en la Plaza de San Pedro del Vaticano. Junto con él también fueron canonizados sus 24 compañeros mártires, el Padre José María de Yermo y Parres y la Madre María de Jesús Sacramentado Venegas.
Beato Carlos de Austria (1887-1922)
Carlos de Austria nació el 17 de agosto de 1887 en la región de Austria inferior. Sus padres eran el archiduque Otto y la Princesa María Josefina de Sajonia, hija del último rey de Sajonia.
Carlos recibió una educación expresamente católica y desde su niñez fue acompañado con la oración por un grupo de personas, porque una religiosa estigmatizada le había profetizado grandes sufrimientos y ataques contra él. Muy pronto creció en Carlos un gran amor por la Santa Eucaristía y por el Corazón de Jesús. Todas las decisiones importantes provenían de la oración.
El 21 de octubre de 1911 se casó con la princesa Zita de Borbón-Parma. Durante los diez años de vida matrimonial feliz y ejemplar la pareja recibió el don de ocho hijos. En el lecho de muerte, Carlos decía aún a su esposa Zita: «¡Te quiero sin fin»!
El 21 de noviembre de 1916 Carlos se convierte en emperador de Austria. El 30 de diciembre es coronado Rey apostólico de Hungría. Este deber Carlos lo concibe como un camino para seguir a Cristo: en el amor por los pueblos a él confiados, en el cuidado por su bien y en la donación de su vida por ellos.
A lo largo de la terrible Guerra, Carlos puso al centro de sus preocupaciones el compromiso por la paz. Fue el único, entre los responsables políticos, que apoyó los esfuerzos por la paz de Benedicto XV.
Por deseo del Papa, que temía el establecimiento del poder comunista en Centro Europa, Carlos intentó restablecer su autoridad de gobierno en Hungría. Pero dos intentos fracasaron, porque él quería en cualquier caso evitar el estallido de una guerra civil.
Carlos fue enviado al exilio en la Isla de Madeira (Portugal). Como él consideraba su misión como un mandato de Dios, no pudo renunciar a su cargo.
Sumergido en la pobreza, vivió con su familia en una casa bastante húmeda. A causa de ello se enfermó de muerte y aceptó la enfermedad como un sacrificio por la paz y la unidad de sus pueblos.
Carlos soportó su sufrimiento sin lamento, perdonó a todos los que no le habían ayudado y murió el 1 de abril de 1922 con la mirada dirigida al Santísimo Sacramento. Como él mismo recordó todavía en el lecho de muerte, el lema de su vida fue: «Todo mi compromiso es siempre, en todas las cosas, conocer lo más claramente posible y seguir la voluntad de Dios, y esto en el modo más perfecto».
Carlos de Austria fue beatificado por Juan Pablo II el 4 de octubre del 2004.
Beata Gianna Beretta Molla (1922-1962)
Gianna fue la séptima de trece hijos, de una familia de clase media de Lombardía (al norte de Italia), estudió medicina y se especializó en pediatría, profesión que compaginó con su tarea de madre de familia. Quienes la conocían dicen que fue una mujer activa y llena de energía, que conducía su propio vehículo algo poco común en esos días, esquiaba, tocaba el piano y disfrutaba yendo con su esposo a los conciertos en el conservatorio de Milán.
El marido de Gianna, el ingeniero Pietro Molla, recordó hace algunos años a su esposa como una persona completamente normal, pero con una indiscutible confianza en la Providencia. "Jamás creí estar viviendo con una santa. Mi esposa tenía infinita confianza en la Providencia y era una mujer llena de alegría de vivir. Era feliz, amaba a su familia, amaba su profesión de médico, también amaba su casa, la música, las montañas, las flores y todas las cosas bellas que Dios nos ha donado. Siempre me pareció una mujer completamente normal pero, como me dijo Monseñor Carlo Colombo, la santidad no está solo hecha de signos extraordinarios. Está hecha, sobre todo, de la adhesión cotidiana a los designios inescrutables de Dios", dijo Pietro Molla.
El último gesto heroico de Gianna fue una consecuencia coherente de una vida gastada día a día en la búsqueda del cumplimiento del Plan de Dios. Ella estaba embarazada y durante este tiempo se dio cuenta de la terrible consecuencia de su gestación y el crecimiento de un gran fibroma, la primera reacción de Gianna fue pedir que se salvara el niño que tenía en su seno.
Los doctores le habían aconsejado una intervención quirúrgica. Esto le habría salvado la vida con toda seguridad. El aborto terapéutico y la extirpación del fibroma, le habrían permitido más adelante tener otros niños. Gianna eligió la solución que era más arriesgada para ella y como doctora tenía plena conciencia de su decisión.
Gianna falleció el 28 de abril de 1962, con 39 años de edad, una semana después de haber dado a luz. Fue beatificada el 24 de abril de 1994 por el Papa Juan Pablo II.
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