Publicación en español de la Arquidiócesis de Denver
Abril 2005

Algunos de los grandes aportes del Papa al mundo

Por Lara Montoya

En Defensa de la Familia
El Santo Padre consideró siempre a la familia como una esperanza firme para el futuro de la humanidad, por eso durante su pontificado se dirigió a las familias en muchas ocasiones.
Entre sus escritos más importantes al respecto tenemos la encíclica Familiaris Consortio y la Carta a las Familias, el Papa insistió siempre en que no hay persona, ni sociedad, sin familia. Entre sus más destacadas frases están: 
“La familia es la auténtica escuela de amor, de verdad, de caridad, de libertad y de generosidad. El futuro del hombre, de la humanidad, depende de la familia… la familia, lleva consigo el porvenir mismo de la sociedad; su papel especialísimo es el de contribuir eficazmente a un futuro de paz”.
Asimismo como pastor cercano, el Papa no desconoció las dificultades y los dramas en la vida de las familias, sin embargo las invitó a ser siempre un testimonio de caridad y acogida, convirtiéndose así en protagonistas de la misión de la Iglesia.
“El matrimonio y la familia cristiana edifican la Iglesia. Los hijos son fruto precioso del matrimonio”. (Familiaris Consortio 14, 16)
 
En Defensa de la Vida
Para Juan Pablo II la defensa y la promoción de la vida ocuparon un lugar primordial.
Consciente de las especiales dificultades de la cultura contemporánea para reconocer el significado y valor de la vida humana en toda su plenitud, Juan Pablo II colocó “el Evangelio de la Vida” en el centro de su Magisterio. La Encíclica Evangelium Vitae, habla sobre el valor sagrado e inviolable de toda vida humana, desde su inicio  hasta su término natural. Nunca faltó por eso a lo largo de sus intervenciones, la denuncia de las amenazas a la vida humana: el aborto, la eutanasia y la manipulación de embriones; también el terrorismo y la explotación económica que condena al hambre a poblaciones enteras:
“Me afecta cualquier amenaza contra el hombre, contra la familia y la nación.  Amenazas que tienen siempre su origen en nuestra debilidad humana, en la forma superficial de considerar la vida…La vida humana debe ser respetada y protegida de manera absoluta desde el momento de la concepción. Desde el primer momento de su existencia, el ser humano debe ver reconocidos sus derechos de persona, entre los cuales está el derecho inviolable de todo ser inocente a la vida…El respeto a la vida es fundamento de cualquier otro derecho, incluidos los de la libertad”.

En Defensa de la Dignidad de la Mujer
Juan Pablo II habló sobre la mujer y la defendió como nadie antes la había defendido, recordándonos que “el respeto por la mujer, el asombro por el misterio de la feminidad, y en fin, el amor esponsal de Dios mismo y de Cristo como se manifiesta en la Redención, son todos elementos de la fe y de la vida de la Iglesia que no han estado nunca completamente ausentes de Ella”.
Además ha desarrollado una rica y fecunda teología de la mujer, que tiene como inspiradora a la Virgen María. El 29 de junio de 1995, escribió una Carta a las mujeres en la que decía “la dignidad de la mujer ha sido ignorada con demasiada frecuencia y sus prerrogativas, tergiversadas. Se las ha relegado al margen de la sociedad y se las ha reducido a simples siervas, lo que ha conducido a un empobrecimiento espiritual de la humanidad”.

En Defensa de la Dignidad del Trabajo
Juan Pablo II fue el primer Papa de la historia que dedicó toda una Encíclica al trabajo humano, “Laborem Exercens”. En ella afirmó que el trabajo es la clave esencial de toda la cuestión social y que el hombre debe realizarse por medio de este.
“El sujeto del trabajo es el hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, que ha recibido el encargo de “dominar la tierra”. Por eso el hombre, mediante su trabajo, participa en la tarea de la creación, y al mismo tiempo se realiza en su humanidad. Mediante el trabajo, el hombre no sólo transforma la naturaleza adaptándola a las propias necesidades, sino que se realiza a sí mismo como hombre, es más, en un cierto sentido “se hace más hombre”, Laborem Exercens.
En su ardua defensa por el ser humano, Juan Pablo II enfatizó siempre la prioridad del trabajo humano sobre el capital, y subrayó la solidaridad como nota distintiva de la verdadera experiencia del trabajo vivida en común. Asimismo, siempre defendió y luchó por condiciones laborales más justas para los trabajadores.
Es cierto que el hombre está destinado y llamado al trabajo; pero, ante todo, el trabajo está “en función del hombre” y no el hombre “en función del trabajo” … la Iglesia considera deber suyo recordar siempre la dignidad y los derechos de los hombres del trabajo, denunciar las situaciones en las que se violan dichos derechos, y contribuir a orientar estos cambios para que se realice un auténtico progreso del hombre y de la sociedad”, Laborem Exercens.

En Defensa de la Paz
Grandes han sido los esfuerzos que Juan Pablo II realizó durante su Pontificado por lograr que la paz se haga concreta en nuestra realidad. Sin embargo, consciente de los numerosos conflictos que afligen a nuestro mundo, advirtió que la verdadera paz requiere sanar las heridas abiertas en las relaciones entre personas y comunidades, y para eso son necesarias la justicia y el perdón.
“Los pilares de la paz verdadera son la justicia y esa forma particular del amor que es el perdón ... la paz es el orden establecido por Dios, que tiene en su centro la dignidad inviolable de cada persona. Por un lado, la justicia es una virtud moral y una garantía legal que vela sobre el pleno respeto de los derechos y los deberes de todos. Pero la justicia humana es siempre frágil e imperfecta, por lo que debe completarse con el perdón, que cura las heridas y restablece en profundidad las relaciones humanas truncadas”.
“La violencia jamás resuelve los conflictos, ni siquiera disminuye sus consecuencias dramáticas”, ya sea buscando el diálogo entre las naciones, “hay que alentar con firme determinación el camino del diálogo y de la mutua comprensión en el respeto de las diferencias, de forma que la auténtica paz pueda lograrse y tenga lugar el encuentro entre los pueblos en un contexto de solidario acuerdo”.
“En este tiempo amenazado por la violencia, por el odio y por la guerra, testimoniad que Él y sólo Él puede dar la verdadera paz al corazón del hombre, a las familias y a los pueblos de la tierra. Esforzaos por buscar y promover la paz, la justicia y la fraternidad. Y no olvidéis la palabra del Evangelio: Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios”. (Mt 5,9).

 

 


 
 

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