Publicación en español de la Arquidiócesis de Denver
Abril 2005

El siempre joven Papa

Por Abraham Morales

La primera vez que lo vi fue en 1990 cuando visitó Chihuahua, tenía yo 14 años y a los catequistas nos había tocado ser la valla por donde pasaría el Santo Padre del aeropuerto al lugar del encuentro. Quince años después sigo teniendo bien grabado en mi mente y en mi corazón aquel momento cuando pasó bien cerca frente a nosotros y como si me mirara directamente a mí, nos dio la bendición. En cuanto pasó, un amigo, mi hermano y yo nos volteamos a ver con la misma cara de alegría y paz y nos preguntamos: “¿sentiste lo mismo que yo?”, fue una experiencia indescriptible de la presencia de Dios en ese santo hombre. En plena adolescencia a lo mejor yo todavía no comprendía muchas cosas, ni sabía otras tantas sobre mi fe o la Iglesia, pero lo que sí te puedo decir es que marcó mi vida para siempre.

Por la gracia de Dios tuve la oportunidad de volverlo a ver de cerca durante las diferentes actividades que presidió en su cuarta visita a México en 1999, esta vez como miembro de la prensa: en el aeropuerto, la Basílica de Guadalupe, en el estadio Azteca y en el autódromo hermanos Rodríguez, donde tuvo un encuentro con los jóvenes. En ese encuentro pude ser testigo de esa identificación tan especial que el Papa tenía con la juventud, la misma que mostró en todos los otros encuentros con los jóvenes de todo el mundo - entre ellos el de aquí en Denver.
Ahora que no está con nosotros físicamente tenemos una tristeza, es cierto, pero también debemos estar alegres por muchas razones, una de ellas porque nos tocó ser parte de este momento en la historia, porque su obra no será para nosotros algo que aprenderemos sólo de libros de historia, sino porque nos tocó vivirla en nuestro tiempo. Ademas, él ya regresó a la Casa del Padre, su misión en la tierra terminó, al igual que la de Jesús, entre sufrimiento y alegría.

No podríamos aquí enumerar todo lo que nos ha dejado y lo que aportó al mundo a través de sus múltiples escritos, mensajes, viajes. No sólo ha sido el Papa que más santos canonizó, que más documentos escribió y que más Cardenales nombró, sobre todo de países poco representados anteriormente. No sólo fue el valiente hombre que no tuvo miedo en denunciar las injusticias y todo aquello que estuviera contra la dignidad del hombre (guerras, aborto, pena de muerte, gobiernos injustos e inhumanos), sino que además fue un Papa para todos, buscando la unidad de los cristianos, el acercamiento con las otras grandes religiones.

Fue especialmente un Papa de los jóvenes, un Papa joven. En cada visita a cada lugar que visitó siempre tuvo ese encuentro especial con los jóvenes. A nosotros nos dirigió un sinnúmero de mensajes y enseñanzas porque vio en ti y en mí el futuro de la Iglesia. Nos enseñó cómo ser auténticos, como ser jóvenes de acción, a ser protagonistas, no espectadores. Es cierto, también nos llamó muchas veces la atención, y siempre nos motivó a que fuéramos valientes con sus palabras sencillas y sabias: ¡No tengas miedo! No tengas miedo de entregar tu corazón, no tengas miedo de anunciar el Evangelio, no tengas miedo de abrirle las puertas de tu corazón.

Y eso es algo que siempre debemos de recordar de Juan Pablo II en nuestras vidas, su mensaje de amor y esperanza para los jóvenes invitándonos siempre a ser protagonistas, no espectadores. Es cierto, fue un hombre lleno de dones y carismas que lo hacen único en la historia de la Iglesia, y del mundo en general, y da gracias a Dios porque te tocó conocerlo en vida y no a través de libros; pero lo más importante que debe trascender en nuestra vida es vivir cada día motivados por sus palabras: ¡No tengas miedo!

Su misión fue muy grande y la cumplió hasta el último día que el Padre le prestó en esta tierra para llevarlo a su encuentro. Fíjate, cuando estaba en el vientre de su madre los médicos le sugerían a sus padres que abortaran a esa criatura porque al parecer había complicaciones, los papás decidieron no abortar… Y mira lo que el Señor le tenía destinado.

Qué su vida en oración y trabajo sea una enseñanza concreta. Qué podamos vivir también nuestra misión sin temor. Tú también has sido llamado a una tarea específica en esta tierra. Aprendamos también a encontrar y darle sentido a nuestra vida, a vivir cada día con alegría, entusiasmo y con ganas de darnos a los demás. A ser generosos y a aceptar llevar nuestros sufrimientos o problemas, así como él lo hizo hasta el último momento. Y si no te sientes lo suficiente preparado o valiente, acuérdate siempre de esas palabras que el Papa Juan Pablo II, el siempre Papa joven, nos dirigió desde el primer día de su Pontificado, palabras que nos ha dejado para siempre: ¡No tengas miedo!

P.D. Juan Pablo II siempre confió en los jóvenes como el presente y el futuro de la Iglesia. Hoy tu Iglesia te necesita especialmente con tu oración. Oremos por nuestro futuro por la guía del Espíritu Santo.

 



 
 

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