¡Llévale tu corazón!
Por Ernesto Gygax
La experiencia de compartir con el Santísimo Sacramento un momento de nuestros días, es algo que para muchos católicos se convierte en un momento de renovación, una experiencia maravillosa de la que nutren su día, su semana, su vida. Otros dirán que es un momento en el que se experimenta la verdadera paz. Las opiniones existen como el número de personas que acostumbran visitar al Señor Jesús Sacramentado en todo el mundo. Sin embargo, es común que muchas personas se cuestionen mucho sobre esta práctica, ya que acudiendo por curiosidad no encontraron nada de lo que tantas personas habían hablado al respecto.
Quisiera comenzar diciendo que aunque muy humana la curiosidad no debe ser el motor que nos lleve a visitar al Santísimo, y menos aun la que al no ser saciada nos impida de volverlo a hacer. Si algo tiene que motivarnos es el anhelo de ese encuentro maravilloso con el Señor del brazo de nuestra fe, que no es ajena a este anhelo sino que se encuentra ahí para servirlo, nutriéndonos y preparándonos para ese importante momento.
Nuestra fe es muy rica y tendrá mucho que decirnos sobre la Eucaristía pero compartiré con ustedes sobre un aspecto fundamental que espero si despierte nuestra humana curiosidad por saber más sobre este sacramento.
Tenemos entonces la presencia real de Dios en la Eucaristía. Que es básicamente que Dios en honor a su promesa de estar siempre con nosotros, toma forma de humilde pan y vino para acompañarnos y alimentar-nos de vida eterna. La Eucaristía debe llevarnos entonces a la reflexión de aquel gran sacrificio del Señor por nosotros, sobre su pasión, pero sobre todo sobre su resurrección y su presencia real y verdadera en nuestras vidas. La hostia consagrada no es entonces una representación de Jesús, es Jesús mismo. Jesús nos ama tanto que se hace menos, y se arriesga a nuestros descuidos, irreverencias, maltratos, sólo para estar más cerca de nosotros. Como en la cruz, el Señor Sacramentado en una custodia, parece decirnos que tiene sed, sed de nosotros. Lo increíble es que nosotros te-nemos también sed de Él, y tenemos una gran oportunidad de visitarlo, de tener ese encuentro verdadero, pero que como cualquier amistad necesita de perseverancia, paciencia, apertura y amor.
A la luz de esta verdad, podríamos decir que existe un lugar mejor que con el Señor? El Santo Padre nos renueva la invitación en este año de la Eucaristía, a renovar nuestros corazones en la presencia de Aquel que lo es todo. ¡Llévale tu corazón!
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