Publicación en español de la Arquidiócesis de Denver
Setiembre 2004

De la historia de Karen y el valor de tu vida

Ya sé, mucha gente "vieja" y que no te "entiende" te ha dicho esto, que debes de darle más sentido a tu vida, que no pases la vida ahí nomás sin quehacer, de vago o travieso, de adorno en tu casa, etc.
Y sí, efectivamente yo voy a ser uno más que te hable de lo mismo, pero no como tu papá o como tu hermano mayor a los que a veces ni caso le haces, sino como decimos en México, acá entre compas, con una historia real, la cual espero tenga en ti el mismo impacto profundo que causó en mi y en mucha gente. Es la historia de Karen, una chica que vivía por la que entonces era mi casa (que también es tu casa) allá en Chihuahua. Era amiga de mi hermano, de la misma edad, fueron juntos a la escuela desde la primaria o kinder hasta la preparatoria. Y pues bueno, en aquel entonces era una vecinita más. Pero cuando tenía como 14 años le diagnosticaron cáncer, y su reacción al principio fue de gran rebeldía, ya te imaginarás, ¡quién al comienzo de su juventud quisiera morir! Pero poco a poco fue asumiendo su condición, se empezó a someter a tratamientos y cirugías, y al mismo tiempo fue cuando se acercó un poco más a la Iglesia, y fue cuando yo la conocí en el grupo de jóvenes de la parroquia. Después de un retiro ella dio su testimonio, y aunque no recuerdo con exactitud sus palabras, si recuerdo bien las lágrimas que hizo que todos derramáramos al escucharla hablar de lo bien que se sentía, de la alegría que experimentaba en su corazón, y sobre todo, de lo agradecido que estaba con Dios. Fue un tremendo mensaje. Pasó un tiempo y yo tuve que dejar mis actividades en la parroquia para otros compromisos con la diócesis, y por ello le perdí un poco la pista, de vez en cuando la veía por el barrio, pero mi hermano era quien de nos platicaba de las recaídas, operaciones, sufrimientos y demás dificultades que sobrellevaba.
Cuando volví a tener un poco más de contacto de cerca con ella, supe que su enfermedad también había acercado a sus papás más al Señor, como que iban preparándose todos poco a poco en la fe para afrontar lo que vendría después. También en ese tiempo, ella comenzó a hablar más en público, frente a grupos de jóvenes o cada vez que tenía oportunidad. Me tocó escucharla siempre dando mensajes de aliento, de esperanza a los demás, hablaba de cómo su vida y su enfermedad, había cobrado sentido desde el día que puso en manos de Jesús su enfermedad y su dolor. Sin embargo, para entonces también su salud era cada vez más delicada, cada día el dolor era más intenso y alrededor de los 18 años de edad Karen fue llamada por Dios a su presencia. Pero la historia no termina ahí, su funeral es el funeral con más fe que me ha tocado vivir. El templo fue arreglado con flores por todas partes, no fue una Misa triste y melancólica, sino hasta alegre, con cantos de alabanza, aplausos por ella, etc., porque todos los que estábamos ahí que la pudimos conocer teníamos la certeza de que ella ya estaba descansando en el cielo. Y sus papás, los hubieras visto, ambos tenían una cara de serenidad en medio del dolor, de alegría y satisfacción por lo que su hija había logrado aquí en la tierra, y sobre todo tenían esa fe profunda que sólo una persona llena del Espíritu Santo puede tener. De hecho, ellos eran los que consolaban a los demás. Recuerdo que cuando mi mamá y yo nos acercamos a darles el pésame, fuimos nosotros los que sentimos el consuelo con su abrazo.
Karen vivió poco, pero le dio sentido a su vida y dejó su huella en muchas personas. Así es como tú y yo estamos llamados a lo mismo, a encontrar ese sentido en nuestra vida, esa energía que te impulse a ser alguien que deje huella en este mundo, y mientras lo haces, a ser feliz. Pero no puedes encontrarle sentido si vives encerrado en ti mismo, si vives indiferente a los demás, a la vida misma. Ser joven no es sólo pasarla bonito y sin responsabilidades, sino encontrarle sentido a esa juventud compartiendo tu persona, tus valores, tu ser con los demás, y teniendo y poniendo al Señor Jesús de tu vida, todos los días, desde que despiertas hasta que te duermes. Que cada día tenga sentido, que cada día que te duermas por la noche te sientas satisfecho y agradecido por lo que Dios te permitió hacer y vivir ese día.


 
 

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