Publicación en español de la Arquidiócesis de Denver
Setiembre 2004

Estrellas Fugaces

Por Alipio Tagaste
Hace algunos días, el Papa Juan Pablo II pronunció un mensaje con motivo de la próxima Jornada Mundial de la Juventud, que se llevará a cabo en agosto del año próximo en Colonia, Alemania. Lo importante de este mensaje, además de la riqueza de su contenido, es que está dirigido a nosotros: los jóvenes.
Una vez más el Santo Padre se acerca a nosotros a través de sus palabras y oraciones, invitándonos a formar parte activa y comprometida en la Iglesia. Con su ardor característico, nos vuelve a decir lo que la Iglesia necesita: hombres y mujeres transformados por Jesús, personas con hambre de verdad y reconciliación. La Iglesia necesita SANTOS.
Los jóvenes jugamos un rol fundamental en la Iglesia, y la nuestra es una tarea grandiosa. Está en nuestras manos el continuar con la labor apostólica iniciada hace más de dos mil años a las orillas del lago de Genesareth, el acudir al llamado a ser pescadores de hombres que el mismo Señor nos hace.
¿Cuántas personas que nos rodean no conocen todavía el amor de Dios? ¿A cuántos vemos llenándose el corazón con modas efímeras, desfilando para el resto sobre una pasarela que se aleja de Cristo? Este llamado a ser enviados y testigos, apóstoles y mártires, cobra hoy un sentido especial de urgencia y no podemos postergar nuestra respuesta. Hoy, no mañana, es cuando debemos lanzar nuestras redes.
Juan Pablo II nos recuerda que la fuente y el centro de nuestra vida y misión es Cristo. Él es el sólido cimiento sobre el que descansa nuestra vida, y la base de lo que será nuestro futuro. Pero Cristo, Roca fuerte, es también el Príncipe de la paz. En y por Él es donde se encuentra el perdón y la reconciliación.
Jóvenes, a nuestro mundo divido y quebrantado, le falta el Padre Nuestro. La Creación se ha olvidado de su Padre, y lo ha hecho ausente. Alguien decía alguna vez que así como los hijos se pelean cuando el padre está fuera de casa, la humanidad se enfrenta porque se ha alejado del Padre. Y ahí es donde reside nuestra misión: Ser testigos de Cristo es abrir los ojos y corazones de la gente, es regresarle al mundo la paz verdadera. Ser verdaderos testigos de Cristo es ser verdaderos santos. Debemos recordarle al mundo quién es su Padre.
Demos todo por nuestra misión. Recordemos que Cristo no defrauda. No nos decepciona ni a nosotros ni a quienes no lo conocen. Aquellos que están buscando ávidamente el significado de su existencia, aún fuera de la Iglesia, deben saber que el Señor no los defraudará. Ellos también necesitan de nuestra santidad y ejemplo.
Amigos, amemos a la Iglesia. Hagamos un esfuerzo sincero por conocerla y amarla cada día más. Hay que construir nuestra fidelidad a la Iglesia cada día, con decisiones valientes y a la Luz de Cristo.
El próximo encuentro juvenil del que Su Santidad nos habla, llevará como lema: "Hemos venido a adorarle". Además de la obvia referencia a las reliquias de los Reyes Magos que piadosamente se veneran en la ciudad de Colonia, la frase perpetuada por Mateo Evangelista está llena de vida y porta en sus palabras el valor y la decisión que nosotros debemos testimoniar al mundo.
Hemos venido a adorarle y el mundo debe saberlo. A adorarle con nuestras acciones y oraciones. Hemos venido a que el mundo vuelva a mirar a su Padre y que lo adore con nosotros. Como los Reyes Magos, vayamos y contemplemos el rostro de Cristo sin importar las dificultades y las distancias que debamos recorrer. Recordemos que las distancias, que a veces parecen largas, son parte del único camino. Dejémonos guiar dócilmente por la estrella, y una vez transformados por su Luz, seamos estrellas guiadoras. Estrellas fugaces que viajen sin cesar hacia el Señor.
Mucha fuerza entonces. Avancemos con ánimo y ardor en esta misión. Siempre con la Cruz en el horizonte, y de la mano de Santa María, transformemos este mundo que clama por santos.
La invitación esta hecha, dichosos aquellos que gocen del banquete.

*El texto completo del mensaje puede leerse en www.aciprensa.com


 
 

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