Publicación en español de la Arquidiócesis de Denver
Noviembre 2004

Recordando mis raíces, mi identidad

Por Rossana Goñi

El mes pasado tuve la bendición de asistir a la Primera Comunión de dos hermanos inmigrantes en la ciudad de Fort Lupton. Los dos eran de Toluca, México. La ceremonia fue a la vez sencilla y hermosa. Lo más conmovedor fue ver el rostro de felicidad de estos dos hermanos al recibir por primera vez el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

Después de varios minutos de haber manejado desde downtown Denver por avenidas que llevan al este de la ciudad, pasé una y otra calle, algunas muy solitarias, otras muy frecuentadas y después de recorrer inmensos sembríos, pude llegar a una pequeña casita (¡Gracias Hna. Molly, porque sin sus indicaciones no hubiese llegado!) en un lugar apartado, silencioso y sencillo.

Durante todo el camino me había acompañado una hermosa luna llena, que en todo momento me hacía pensar en María Nuestra Madre, fiel reflejo del Sol que es Cristo.

Entré en silencio a la casita –en realidad, se había convertido en una pequeña capilla donde nuestros hermanos mantienen viva su fe–, porque la Misa ya había comenzado y yo me había perdido por algunos minutos.

Al pisar ese lugar, recordé profundamente uno de mis primeros encuentros con el Señor Jesús en mi adolescencia. Como Uds. saben, soy de Lima, Perú. Mi país es muy, pero muy pobre. Y uno de los primeros apostolados que hice al convertirme en mi adolescencia fue ayudar a nuestros hermanos más necesitados en alguno de nuestros tantos “pueblos jóvenes”, así llamamos a los barrios pobres que rodean las ciudades de mi país.
A mis 15 años iba todos los domingos muy temprano –y lo recuerdo bien porque no me era sencillo, sobretodo si el día anterior me había ido a alguna fiesta– a Collique (así se llamaba el pueblo joven) a catequizar, enseñar a rezar y preparar para los sacramentos a niños, jóvenes y adultos.

Esa experiencia ha marcado mi vida cristiana hasta el día de hoy. La sencillez, generosidad, solidaridad y sobre todo la alegría con la que vivían mis hermanos y hermanas me cuestionaban domingo a domingo. Nunca supe quién era más feliz en esos días, si nosotras –mis amigas y yo, éramos unas cinco– o nuestros hermanos y hermanos en Collique quienes domingo a domingo nos recibían corriendo al lado del bus de transporte público que nos llevaba a nuestro destino después de dos horas de camino.

Sus sonrisas, sus abrazos, su alegría contagiante eran una fuente de energía para mí; una fuerza para saber que lo fundamental está en la sencillez de corazón, en la bondad del alma, en la libertad de vida.

Tendría muchas historias que contar del amor y generosidad que recibí de mis queridos hermanos de Collique, pero será en otro momento … Pero bueno, todas esas experiencias de mi pasado se agolparon de pronto al entrar en aquella casita de Fort Morgan.

Mi alegría era incontenible. Me invadían nuevamente los deseos de seguir entregándome a los demás por la causa del Señor; por servir a aquellos más de 20 hermanos inmigrantes que han dejado tierras, familia, costumbres y han cruzado la frontera en circunstancias muy difíciles, por ofrecer una mejor situación económica a quienes quieren.

En la misa todos cantaban. Todos se habían confesado la semana anterior para poder recibir al Señor Jesús en la Eucaristía ese día, y especialmente nuestros dos hermanos que recibirían a Cristo por primera vez eran quienes más brillaban en el ambiente. Ambos estaban vestidos de blanco, con un rosario en el cuello. Sus rostros, irradiando felicidad. Sus padrinos al lado, orgullosos. Todos ellos, atentos como si hubiese sido su primer día de clase en la escuela. La hermosa Eucaristía celebrada por el sacerdote colombiano, el Padre Mauricio, el olor del incienso, las voces de los hermanos al entonar cantos en español y su actitud de silencio y reverencia, hacían de este lugar una los lugares más hermosos en Denver donde Dios a través de su infinito amor se hacía real, se hacía presente una vez más en el misterio de la Eucaristía.

Después, como siempre, el compartir en familia. Un delicioso chocolate caliente que acompañaría mi camino de regreso junto a tantos recuerdos que invadieron mi mente y mi corazón.
Fue una tarde-noche muy especial. Recordé lo fundamental de mi identidad como hija de Dios. Mi ser católica, el hermoso don de mi fe, el estar llamada a vivir siempre la sencillez de corazón y compartirlo con los demás. Esa es la identidad de nuestra comunidad hispana, de ahí venimos y eso es lo que estamos llamados a dar.


 
 

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