Recordando el día de Todos los Muertos durante el mes de noviembre
Un tiempo para meditar en la muerte, el juicio, el cielo y el infierno
Por el Exmo.
Monseñor
Charles J. Chaput,
O.F.M. Cap
Este mes hemos celebrado el Día de Todos los Muertos, un día de oración por todos aquellos fieles quienes murieron en amistad con Dios pero aún viven la purificación en el Purgatorio.
La Iglesia poniendo noviembre a un lado, reflexiona en Cuatro Últimos Temas: muerte, juicio, cielo e infierno. Podemos predecir muy poco en nuestra vida cotidiana. Pero sabemos que moriremos. Veremos a Dios cara a cara en el juicio final. Y al final de los tiempos nos veremos en uno u otro estado: felicidad eterna con nuestro Creador, o amargura eterna en la prisión de nuestros propios pecados.
Cada año en este tiempo leo al Profeta Amós. La palabra “Amós” en Hebreo significa literalmente “aquel que carga el peso”. Eso fue lo que hizo el profeta. Fueron hombres que cargaron el peso de hablar la verdad de Dios a gente que no la quería escuchar. E incluso hoy, cuando leemos las Escrituras, los profetas continúan hablándonos. Siempre nos dan un nuevo peso - una nueva toma de conciencia que afecta nuestras vidas. Encontramos ese peso resumido en una gran advertencia que el Profeta Amós le dio al pueblo Judío: Así dice el Señor, Dios de Israel, “¡Ay de aquellos que sienten seguros en Zión!” (Amós 6,1).
La palabra en inglés “complacido o sentirse seguro” viene de las palabras Latina; cum que significa con y placere, que significa “complacer”. Ser complaciente significa “estar complacido con”, y eso usualmente significa estar complacidos con nosotros mismos. La complacencia no tiene nada que ver con ser haragán. No se trata de la pereza. Se trata de estar satisfecho con uno mismo. Estar complacido con uno mismo, para un cristiano, es una especie de idolatría. Sólo debemos estar complacidos o sentirnos seguros con y en Dios.
Estar complacidos con ellos mismos fue el pecado del pueblo Judío que Amós atacó. De acuerdo a las Escrituras, estaban echados en camas de marfil, estirándose cómodamente en sus muebles. Comieron corderos tomados del ganado y becerros del establo. Tenían más comida que otras personas, mientras que los pobres se morían de hambre.
“Zión” es una palabra que el Antiguo Testamento algunas veces utiliza para describir a Jerusalén. No la ciudad terrena de Jerusalén, sino la Jerusalén perfecta al final de los tiempos. Estados Unidos ahora se ve cercana a esta comprensión de Zión que ninguna otra nación en la historia humana. Somos un país rico. Nuestra gente es sana; incluso nuestros pobres están bien en comparación con los pobres de otras naciones. Somos poderosos en un sentido que ninguna otra nación lo ha logrado, y en comparación a otras naciones, disfrutamos de la paz. Es por eso que el 11 de Septiembre fue un golpe para nosotros. Pensamos que eramos invisibles y que estaríamos en paz indefinidamente. Es por ello, que somos una nación privilegiada, entonces de manera especial, la advertencia de Amós está dirigida a nosotros.
“¡Ay de aquellos que se sienten seguros en Zión!”. En el tiempo de los Judíos de Amós no se enfermaron por el colapso de José. José era el padre de las tribus del norte de Israel. Amós envió su advertencia porque no se enfermaron por lo desafortunados de sus hermanos y hermanas. Antes bien, si no nos hacemos enfermos por el sufrimiento de los pobres, la crucifixión de otros países como Sudán y la persecución de hermanos cristianos en todo el mundo; si de alguna manera no nos conmovemos profundamente por esas terribles cosas que suceden alrededor del mundo, entonces nos merecemos el mismo juicio amargo que el Profeta Amós advirtió.
A lo largo del mes de noviembre en el que rezaremos por todas las almas, necesitamos recordar también que somos ciudadanos del Reino de Dios primero y después somos americanos.
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