El haber sido creados por Dios nos hace ya dignos
La vida humana se inicia desde el momento de la concepción
Por el Dr. Luis E. Raez
La dignidad del ser humano es única, universal e irrenunciable. Esta es la base fundamental para los llamados “derechos humanos” y no una arbitraria definición judicial o legislación humana. Solamente en la medida que las diferentes legislaciones de nuestros países sean un reflejo de la ley natural que se deriva de este Plan de Dios para nosotros, estaremos realmente haciendo el mundo más humano y divino. Todo hombre abierto a la verdad con la luz de la razón y con la gracia de Dios puede llegar a descubrir en la ley natural escrita en su corazón (Rm 2,14-15) el valor sagrado de la vida humana desde su inicio hasta su término.
La Iglesia católica siempre a hablado claramente en la promoción y defensa de la vida humana. En el momento de la unión del óvulo materno con el espermatozoide paterno se da el proceso de fecundación.
La ciencia ha demostrado que desde el momento de la fecundación, el zigote (la célula surgida de la unión) combina los cromosomas del óvulo y el espermatozoide, creando una realidad completamente nueva. Tan solo horas después de surgir, el zigote comienza una intensa actividad celular de especialización, de tal manera que es posible determinar qué parte de esta microscópica realidad terminará convertida en el cerebro, el corazón, la columna vertebral o los músculos del nuevo ser.
El ser microscópico no cambia el hecho de que el nuevo ser es plenamente un ser humano nuevo e independiente.
Desde ese instante el nuevo ser que es ya una unidad en cuerpo y alma, único e irrepetible, tiene toda la información genética para continuar desarrollándose hasta llegar a ser una persona adulta.
El Papa Juan Pablo II nos ha recordado en reiteradas ocasiones como en su Discurso a los participantes en la XXXV Asamblea General de la Asociación Médica Mundial en Octubre de 1983 acerca de la inviolabilidad del derecho a la vida del ser humano inocente «desde el momento de la concepción hasta la muerte».
Este embrión humano no es un animal o solamente un conjunto de células. Tiene una dignidad especial: en primer lugar, porque Dios lo creó, como dice el libro del Génesis (ver Gén 2,7), a su imagen y semejanza para ser el administrador de la creación; y en segundo lugar, porque el Señor Jesús, mediante el misterio de la Anunciación-Encarnación, se hizo hombre y elevó nuestra condición de creaturas a hijos de Dios. Como dice el pensador peruano Luis Fernando Figari, «la dignidad fundamental, y más aún fundante, del hombre proviene de ser la persona humana creada por Dios como interlocutor personal suyo e invitado a participar desde su estructura óntica en la dinámica creacional. Las palabras “imagen y semejanza”, a las que estamos tan acostumbrados, portan en sí la entrada al misterio de la dignidad humana». Y luego él mismo añade: «La dignidad de la creatura humana quedará aún más claramente manifestada por la irrupción del Verbo Eterno en el tronco humano, asumiéndolo y elevándolo, en un proceso misterioso e indescriptible en la magnitud de su grandeza». Esta dignidad del ser humano que mencionamos anteriormente como: única, universal e irrenunciable, no puede ser negada o relativizada de acuerdo a las circunstancias sociales o al momento histórico que se viva.
El embrión humano es una unidad bio-psico-espiritual desde su concepción. Por ello su cuerpo debe ser respetado también. Es preciso «tener presente la unidad de sus dimensiones corporal, afectiva, intelectual y espiritual», como recordaba enérgicamente Juan Pablo II a la Asociación Médica Mundial en 1983: «Cada persona humana, en su singularidad absolutamente única, está constituida no sólo por su espíritu, sino también por su cuerpo. Así, en el cuerpo y por el cuerpo, se llega a la persona misma en su realidad concreta».
Quisiera terminar con otras palabras de Su Santidad Juan Pablo II que hoy más que nunca necesitan repetirse:“El Evangelio del amor de Dios al hombre, el Evangelio de la Dignidad de la persona humana y el Evangelio de la Vida son un único e indivisible evangelio”. “Lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos” (1 Jn 1,3): Anunciad el Evangelio de la Vida”.
*El Dr. Luis E. Raez es Profesor Asistente de Medicina, Epidemiología y Salud Pública en la División de Hematología Clínica y Oncología Médica, Departamento de Medicina en la Escuela de Medicina de la Universidad de Miami.
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