Publicación en español de la Arquidiócesis de Denver • Junio 2004

Dos obispos, un corazón para la comunidad hispana

Por Mar Muñoz-Visoso

A lo largo de mis nueve años trabajando para la Arquidiócesis de Denver, seis de ellos como directora del ministerio hispano, he visto muchas cosas pasar y a mucha gente ir venir tanto en la curia como en las parroquias. Entre ellos me ha tocado ser testigo de la llegada de dos nuevos obispos: Carlos, el Arzobispo, y poco después, José, su auxiliar.
A lo largo del ministerio pastoral de ambos ha habido muchos logros, tampoco han faltado las polémicas (véase el ejemplo de estos días...) Pero algo que ha sido una constante en su ministerio episcopal es la preocupación por el cuidado pastoral de nuestra comunidad que, lo puedo decir con conocimiento de causa, nace del corazón de ambos.
Aún recuerdo, hace siete años, el día en que como reportera del Denver Catholic Register fui enviada a la Diócesis de Rapid City en South Dakota a conocer al que había sido nombrado nuevo Arzobispo de Denver. Era la misa de bendición de los santos óleos que servía como despedida al entonces Obispo Chaput de su antigua diócesis. Al final de la misa diversas personas subieron a decir algunas palabras de agradecimiento y despedida. Me sorprendió sin embargo oír algunas palabras en español. La población hispana en aquella diócesis era en aquel entonces de un 1 por ciento, si llega, y sin embargo allí estaban los hispanos, como todos, despidiendo entre lágrimas a su obispo.
Llegado a Denver, fue informado de que la posición del vicario/director de la oficina del ministerio hispano había estado vacante por casi cuatro años. Al tanto de la numerosa población y de sus necesidades decidió que esta era una situación intolerable y se lanzó a la búsqueda activa de un director. Para eso no delegó en nadie. Lo sé de buena tinta porque varios de los nombres que yo misma le sugerí recibieron una llamada personal de él, invitándoles a presentarse para la posición. Lo sé también porque yo recibí una de esas invitaciones. Y vaya usted a saber, que el Espíritu sopla por donde quiere, y una servidora terminó cargando con la cruz...
Ya como directora, por citar sólo algunos ejemplos, lo he visto defender ante el consejo presbiteral la necesidad de abandonar el antiguo modelo de parroquias nacionales (donde se tendía a concentrar los servicios para los hispanos) y de que las parroquias de todos los barrios y pueblos del norte de Colorado abrieran sus puertas a los hispanos. Y aunque queda mucho por hacer, en los últimos 10 años, pero especialmente en los últimos siete, el número de parroquias que han abierto misas y otros servicios en español se ha quintuplicado. Bien es cierto que, muchas veces, depende más de la disponibilidad del clero y sacerdotes que conozcan el idioma y la cultura. Pero ha tenido mucho que ver también el que desde la cabeza se hayan enviado instrucciones que implican un completo cambio de mentalidad y de actitud.
En este sentido, muchos tampoco saben que Mons. Chaput se la pasó en el primer año en Denver escribiendo a obispos de México y Latinoamérica pidiendo sacerdotes con corazón misionero vinieran a atender a los hispanos en su diócesis, que ha pedido a todos sus seminaristas que aprendan español y que a los pocos meses de nombrado él también se fue a México por tres semanas para concentrarse en aprender español y cultura hispana.
Cuando recién tomé esta posición me pidió que visitara todas las comunidades hispanas de la diócesis en su nombre. “Quiero que seas mis ojos, mis oídos y mi corazón para la comunidad hispana”, me dijo. Y así lo hice. Por dos años me la pasé visitando parroquias y comunidades sin parroquia. De ahí surgieron numerosas iniciativas pastorales que serían muy largas de enumerar aquí. Permítanme tan sólo citar dos muy importantes, como ejemplo. La elección de Mons. Gómez como obispo auxiliar y el Centro San Juan Diego.
Como sabemos, el obispo titular de una diócesis no decide quién será su auxiliar, eso le compete a la Santa Sede. Pero el titular si puede a través de los requisitos que considera deseables en un auxiliar orientar a la Santa Sede en esa elección. Y les aseguro que Mons. Chaput no dejó pasar la oportunidad de ser muy explícito con respecto a las necesidades de su arquidiócesis. Con respecto al centro, Chaput no se doblegó ante el escepticismo de unos y el cuestionamiento de otros. Dejó muy claro a su personal diocesano y a otras entidades colaboradoras que la formación y la atención pastoral de la comunidad hispana eran una prioridad y, mire usted por dónde, se empezaron a unir los esfuerzos de diferentes departamentos y los primeros donativos empezaron a llegar para hacer el Centro una realidad.
Con respecto a Mons. Gomez ¿qué podemos decir que no sea ya obvio? A pesar de ser auxiliar para todos los católicos de la arquidiócesis, no por eso lo hemos dejado de sentir como “nuestro obispo”. Uno de los nuestros, que nos entiende, sabe lo que necesitamos y puede abogar por nosotros al más alto nivel. En el pasado (y esto lo digo con mucho amor pues eran otros tiempos y otras circunstancias) hemos visto como otros obispos hispanos en el país han tratado de que no se diera demasiada importancia a su origen hispano para que no se les acusara de favoritismos hacia esta comunidad. Mons. Gómez, sin embargo, no deja de exhibir con orgullo -del sano- su herencia hispana e incluso de insistir en que hay mucho que el clero y los laicos hispanos podemos y debemos aportar a la Iglesia de esta arquidiócesis. Su preocupación, también, por el bienestar y acompañamiento espiritual y pastoral de los sacerdotes hispanos, especialmente los inmigrantes, es notoria. Las misas con los jóvenes hispanos por toda la arquidiócesis; su ansia por establecer puentes de comunicación con la comunidad hispana de habla inglesa y por reconciliarnos en nuestra herencia común; la búsqueda de más vocaciones hispanas, son algunos de sus muchos quehaceres cotidianos. El Centro San Juan Diego también le debe mucho a Mons. José. Para ponerlo simple y llanamente sin su impulso y liderazgo no estaríamos aquí. Hubiera quedado posiblemente en un bonito proyecto sobre el papel. Pero viendo los signos de los tiempos no dudó en poner su nombre y credibilidad, su tiempo y esfuerzo personal en buscar la ayuda de quien pudiera aportar algo para hacerlo realidad. Se pudieran citar tantos ejemplos que no acabaría. Sólo me queda pedirle un favor a usted, que tuvo la paciencia de leerme hasta aquí. Si se topa con alguno de nuestros dos obispos por ahí, no deje pasar la oportunidad de decirles una simple palabra: GRACIAS. Quizá él no sepa en ese momento por qué le está usted dando las gracias, pero le aseguro que será un vaso de agua refrescante, un paño que limpia el sudor de la frente, en este arduo calvario que es ser obispo. Especialmente en estos tiempos...


 
 

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