Publicación en español de la Arquidiócesis de Denver • Junio 2004

‘Daré mi vida por la salvación de las almas

La identidad del obispo según el Concilio Vaticano II

Por Monseñor José H. Gomez, S.T.D.

"Para ustedes soy un obispo. Con ustedes, soy un cristiano" - San Agustín, Obispo de Hipona.

El Concilio Vaticano II cita estas hermosas palabras para
describir el oficio particular de caridad del obispo en la Iglesia. Un
cristiano entre cristianos, sin embargo el obispo es un hombre elegido y
tomado de entre sus hermanos y hermanas en Cristo -puesto por encima de
ellos para ser su servidor (Lumen Gentium, LG, núm 32).

El oficio de un obispo, el primero y principal, es un oficio de
amor, servicio y sacrificio de sí mismo. El obispo entrega su vida por
la salvación de las almas.

Desde los inicios de la Iglesia, esto a menudo ha sido
literalmente verdadero. Como casi todos los apóstoles bebieron de la
copa que Nuestro Señor bebió, muchos de los primeros obispos de la
Iglesia también fueron martirizados.

En nuestro propio tiempo y era podemos pensar en los obispos heroicos
de América Latina y del Asia Comunista, todos aquellos que lucharon en
el último siglo detrás de la Cortina de Hierro, y aquellos obispos
hermanos actualmente bajo arresto domiciliario o encerrados en campos de
trabajo en China.

Como el concilio dice, el obispo está sellado con un “sagrado
carácter”. Desde ese momento en adelante, los obispos, “en forma
eminente y visible hacen las veces de Cristo, Maestro, Pastor y
Pontífice, y obran en su nombre” (LG, núms 20-21; cf. CIC, núm 1549).

El obispo puede servir de esta manera distinguida porque ha
heredado la gracia y el oficio dados por Jesús a sus apóstoles.

En la visión del concilio, en la visión de Jesús, el ministerio
del obispo es el ministerio de Cristo continuado hasta el final de los
tiempos.

Su ministerio no es “como” el de Cristo. Es el de Cristo.
Verdaderamente es un trabajo de Dios entre nosotros. A través del
obispo, Jesús continúa predicando su Evangelio, buscando a los
extraviados, alimentando a su pueblo con la palabra y el sacramento,
pastoreándolos hacia las verdes praderas de eterna bienaventuranza y
vida.

Entre las tareas divinas dadas al obispo, predicar la Buena
Nueva y hacer discípulos deberá tener un “lugar prioritario” de acuerdo
al concilio (LG, núm 25). En una cultura saturada con palabras que
entretienen y palabras que venden, el obispo proclama la Palabra que
puede salvar y dar la verdadera libertad.
Esta Palabra no es una filosofía u otra ideología, es una persona: Jesucristo. El obispo lleva a hombres y mujeres hacia Jesús. En una cultura donde toda
autoridad es cuestionada, donde toda verdad tradicional es asaltada, el obispo debe predicar esta Palabra sin concesiones.

El obispo tampoco puede permitir que la Iglesia y el Evangelio
sean apartados del ambiente público. Su misión apostólica requiere que
él lleve la bimilenaria tradición de la Iglesia a relacionarse con todos
los asuntos del día, especialmente, los asuntos en relación a la vida y
dignidad humanas, la santidad de la familia, la pobreza, la injusticia
social y la guerra (LG, núm 12).

Es tarea del obispo exhortar a los católicos a que recuerden que
su fe no es un cierto compromiso genérico de decir oraciones, ser
agradable, cumplir unas reglas e ir a misa los domingos. El obispo debe
proclamarles que la enseñanza de la Iglesia “ha de creerse y ha de
aplicarse en la práctica de la vida” - en sus hogares, en el trabajo, en
el mercado y en sus deberes cívicos (LG, núm 25).

En este sentido, el obispo debe garantizar que aquello que es
enseñado por todos en nombre de la Iglesia es verdaderamente lo que la
Iglesia enseña. En todo, el obispo debe ser cuidadoso con su misión de
conducir a los hombres y mujeres hacia Jesús, hacer de ellos hijos de
Dios por la fe y el bautismo, y alimentarlos y fortalecerlos, curarlos y
santificarlos a través de los sacramentos.

Los católicos experimentamos los sacramentos casi exclusivamente a
través del ministerio de los sacerdotes. Pero es el obispo quien confiere el Sacramento del orden a los sacerdotes. Sólo por medio del ministerio del obispo y de los sacerdotes que él ordena, tenemos acceso al Espíritu de Cristo, dador de vida, derramado en los sacramentos, especialmente en la Eucaristía.

El obispo tiene que promover y salvaguardar la dignidad y el
misterio de la celebración de la Eucaristía y de los sacramentos de la
Iglesia. Pero más que eso, el concilio dice que el obispo debe enseñar a
la gente a comprender el misterio del que están tomando parte. El obispo
debe ayudarlos a ver cómo los sacramentos existen para hacer de ellos
santos y guiarlos a la vida eterna (Christus Dominus, núm 15).

El obispo, finalmente, es llamado por el concilio a ser “un
verdadero padre”. Debe ser un padre que conoce bien a sus hijos. El
obispo necesita conocer a su gente, sus esperanzas y sueños, sus
cuestionamientos y consideraciones. El obispo debe ser un amigo, un
compañero cristiano en el camino de la salvación.

Como el concilio nos recuerda, el obispo debe considerar a todos
los que están en su cuidado como “verdaderos hijos suyos”. Y él está
“consciente de que habrá de dar cuenta a Dios de sus almas” (LG, núm
27). Esto es a lo que San Agustín se refería cuando decía que le
asustaba ser obispo, que estaba en un gran “peligro”. San Agustín
sabía que ser obispo significa tener que responder por las almas de las
personas encomendadas a él.

El obispo, a los ojos del concilio, es básicamente un servidor,
imitando a su Maestro, el Señor de los Señores. Como los apóstoles
hicieron, el obispo deja todo para seguir a Cristo, para dedicar
su vida a llevar a otros hacia Cristo. Él entrega su vida entera para la
salvación de las almas.

Dirijámonos entonces hacia María, a quien Jesús encomendó a su
discípulo amado con las palabras: “He ahí a tu Madre” (Jn. 19, 26-27).
Recemos por nuestros obispos y pidámosle a Dios que les conceda la fe y
el valor para entregarse a sí mismos siempre gustosamente al Señor, como lo
hizo María.



 
 

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