A unos meses de La Pasión de Cristo, el mundo sigue cambiando, pero Él permanece
Por Andrea Canales
Hasta el día de hoy la historia del cine registra más de doscientas películas que dan vida a la persona de Jesucristo y su tiempo. Es sin duda un tema que siempre ha atraído. Basta decir que solo dos años después de la creación del cine, en 1897, los hermanos Lumière lograron una representación de la persona de Jesús no obstante los instrumentos rudimentarios de entonces.
Se ha buscado resaltar su divinidad, otros su humanidad y unos cuantos han querido simplemente causar polémica sobretodo en torno a la verdad cristológica como verdadero Dios y verdadero hombre. El caso es que el film del conocido director de cine, Mel Gibson, es no sólo una película hecha con grande habilidad y conocimiento cinematográfico, sino también un fenómeno en medio del mundo hodierno que da qué pensar.
Opiniones contrarias, opuestas, extremas...se dice que es antisemita, demasiado violento, hasta ofensivo o quizás una obra de arte que se vuelve auténtica meditación y oración, una representación histórica muy bien lograda, real, fundamentada...
En todo caso, pocas son las películas que suscitan tanta polémica. Y con buena probabilidad, en parte porque se unen dos mundos que tantas veces – lamentablemente – contrastan: el cine con su consecuente impacto en las sociedades y la fe.
Estamos hablando del séptimo arte y como arte busca representar una realidad objetiva siempre desde la experiencia del creador. Estamos hablando de un Gibson que se sumerge con impecabilidad en las narraciones evangélicas, que sigue fielmente las visiones de Caterina de Emmerich, que se aconseja de teólogos y médicos; pero también de un Gibson que vive personalmente una experiencia de fe que la desea transmitir y que ha sido formado en la escuela americana – donde el dolor humano, a diferencia del cine europeo, se acentúa más en el aspecto físico que en la interioridad y donde se infiltran ciertas impostaciones un tanto occidentalizadas -.
Gibson llena las casi dos horas de producción de efectos especiales visuales y sonoros. La simbología impresa en la primera escena basta para prepararnos a todo el resto: el huerto de Getsemaní cubierto de un extraño azul poco natural, un silencio artificial para resaltar la angustiante respiración del sufrimiento. La luna clara que se oscurece cuando Jesús implora el consuelo del Padre. El demonio, pervertido y pervertidor. El dolby sorround, nuevamente simbólico, que expresa la serpiente vencida y el Hombre Dios que pisándola se alza, acto que se repetirá cuando se erguirá clavado en el altar de la Cruz.
“The Passion of the Christ” en un mundo que cambia tiene un mensaje fuerte de permanencia. A propósito del cambio, Luis Fernando Figari, pensador latinoamericano, escribe: “El cambio lo inunda todo, hasta convertirse en un mito: ¡Y hoy ya lo es! Se quiere el cambio por el cambio, se ama el cambio, se vive una pasión desordenada por el cambio. Bajo su sino se oculta una sensación de que todo lo que viene del pasado está caduco”. Sin embargo, “Siempre en medio del cambio hay algo permanente, algo que no varía (...) es como una señal indicadora sobre la realidad del hombre, sobre su origen y sobre su fin. En lugar de confundirle le deberían hacer comprender. Todo el mundo de los fenómenos cambiantes señalan hacia Dios. Solo en El hay estabilidad”.
Hablando con el administrador de una conocida cadena de cines en Italia me decía que no había sido necesario hacer publicidad de la película, “se habla por todos lados, eso basta”. Dicho y hecho: las salas llenas todos los días y por un buen tiempo. ¿Se trata de una simple curiositas? Respondería afirmativamente pero habría que añadir que detrás hay algo que la mueve. Siendo una producción bastante difícil de seguir para quien no maneja con familiaridad la Sagrada Escritura y para quien Cristo es aún una incógnita, hay detrás aquello que la Fides et Ratio explica magistralmente: (la persona) aún cuando intenta evitarlo, es siempre la verdad la que influencia la existencia. Nunca podría el hombre fundar la propia vida en la duda, la incertidumbre o la mentira; una existencia de este tipo estaría constantemente amenazada por el miedo y la angustia. Se puede definir, entonces, el hombre como aquél que busca la verdad.
|