Diáconos permanentes: Cree, enseña y practica lo que enseñas
Por Mar Muñoz-Visoso
Catorce hombres recibieron en nuestra arquidiócesis el pasado 12 de junio el sacramento del orden como diáconos permanentes. En esta ocasión de forma especial, la comunidad de habla hispana está de fiesta, porque los primeros tres candidatos que cursaron los estudios en español fueron ordenados. Ellos son Modesto García Rodríguez, Manuel de Jesús Ramírez y Edgar Valle. Un momento histórico en el que no queremos dejar pasar la oportunidad de felicitarlos y al mismo tiempo reflexionar en la vocación del diácono permanente. También queremos felicitar a los otros hispanos que cursaron el program en inglés, Henry Concha, Pablo Salas y Eugeño Torrez y, porsupuesto, a todos los nuevos diáconos.
"Recibe el Evangelio de Cristo, en cuyo heraldo te has convertido. Cree lo que lees, enseña lo que crees, y practica lo que enseñas." Estas palabras, que deberían ser el lema de cada cristiano, la Iglesia las dirige muy especialmente a los diáconos permanentes. Es la fórmula que utiliza el obispo en la ordenación de los diáconos permanentes cuando en forma simbólica coloca los evangelios en las manos de los que están siendo ordenados, exhortándolos y resumiendo su mandato ministerial.
El ministerio del diácono permanente tiene una triple dimensión: Ministro de la Palabra, Ministro de la Liturgia y Ministro de Servicio. El diácono permanente está llamado a asistir al obispo y al sacerdote en la proclamación de la Palabra de Dios y en la predicación de la misma. De ahí que en su vida espiritual es fundamental el ser un hombre de oración y el conocimiento profundo de las Sagradas Escrituras, meditadas de forma diaria. El programa de formación diaconal tiene un fuerte componente de estudios bíblicos, pues como hemos escuchado el rito de la ordenación convierte al diácono en un "heraldo" del Evangelio. El término heraldo refiere desde antiguo aquel que es portador de los mensajes de un gobernante y que anuncia noticias importantes al pueblo. Pero la exhortación va más allá de ser un mero mensajero, hay que creer el mensaje y enseñar precisamente porque se cree. Más aún, el diácono está llamado especialmente a ser modelo en medio del mundo de aquello en lo que cree y predica. No en vano, ya San Pablo en la Primera Carta a Timoteo hace una lista de las cualidades y virtudes que el diácono debería poseer para ejercer su ministerio de forma digna (1 Tim 3, 8-13). Las cualidades que Pablo menciona, y que a lo largo de los siglos han encontrado eco en muchos otros escritos de los Padres de la Iglesia y del Magisterio, son primordialmente humanas. Que es casi como decir que el diácono sólo podrá ejercer su ministerio espiritual si primero es modelo de virtud en su humanidad. Y esto no es por casualidad. A diferencia del obispo, del sacerdote o del religioso, el diácono no está llamado a abandonarlo todo, sino que está llamado al servicio de su propia comunidad parroquial y diocesana, en medio de la cual vive y trabaja. En la mayoría de los casos es un hombre casado, ya maduro, y tiene una profesión u ocupación "mundana"con la que se sostiene él y su familia y con la cual se desarrolla profesionalmente.
Por otro lado, el diácono permanente asiste en el ministerio del altar. Ayuda al sacerdote en la liturgia eucarística y en la distribución de la comunión, y puede bautizar y realizar la liturgia matrimonial. Esto tampoco es por causalidad. Ya en los Hechos de los Apóstoles (6,1-16) se documenta como el crecimiento de la Iglesia creó la necesidad de nombrar diáconos (que traducido del griego significa "ayudantes") para ayudar a la Iglesia en sus diversas necesidades.
Pero además, el elemento que más caracteriza al diácono, aunque no exclusivamente a él, es la participación en el ministerio de Cristo siervo, que no vino a ser servido sino a servir. Por eso el diácono está llamado a desempeñar y expresar su ministerio en el amor continuo y desinteresado hacia los hermanos y hermanas, trabajando al servicio de las necesidades físicas y espirituales del pueblo de Dios, especialmente de los más necesitados. La fuente de esa nueva capacidad de amar es la Eucaristía, de la cual se le invita a participar en una forma cercana y especial.
Lo que más distingue al diácono permanente, pues, es el servicio a los hermanos y, cómo recordó Mons. Chaput a los recién ordenados, "una de las funciones de los diáconos en todas nuestras comunidades eclesiales es recordarle a la Iglesia que está llamada a servir a los pobres".
El diácono sabe que su función es la de ayudante, y por eso no concibe su ministerio si no es en referencia y en obediencia a quien es primero o principal en la tarea de proclamar, enseñar y servir al Pueblo de Dios, el obispo. Y por eso en su ordenación promete respetarlo y obedecerlo a él y a sus sucesores, y en su ministerio toma la obediencia de Cristo como modelo, expresándola en su capacidad de escucha y en su radical disponibilidad a la tarea que el obispo le encomiende.
Demos gracias a Dios porque ha escogido de entre nosotros hombres buenos a su servicio y al nuestro.
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