La Reconciliación: Núcleo de la Paz
Por Andrea Canales
Si hiciéramos preguntas en la calle sobre cual es el deseo más profundo de los hombres de hoy, estoy segura que la palabra “paz”, sería una de las más mencionadas. Los acontecimientos del siglo pasado y del siglo presente nos dejan sentimientos de profunda inquietud y de miedo para enfrentar un futuro [1], que aparece ante nuestros ojos como incierto. No sin razón el Papa Juan Pablo II en su discurso inaugural de la III Conferencia del Episcopado Latino Americano, describía nuestra época como la más trágica de la historia. “La nuestra es, sin duda, la época de los humanismos y del antropocentrismo. Sin embargo, paradójicamente es también la época de las más hondas angustias del hombre respecto de su identidad y destino, del rebajamiento del hombre a niveles antes insospechados, época de valores humanos conculcados como jamás lo fueron antes”.
Los atentados a la vida humana que hemos testimoniado en las últimas décadas, como las dos grandes guerras mundiales nos han dejado como herencia una cifra monstruosa de víctimas. Sólo en la II Guerra Mundial, por ejemplo, murieron 32 millones de soldados en campo de batalla, 25 millones de civiles y 26 millones en los campos de concentración, sin contar los mutilados, expatriados, huérfanos y desempleados, que suman cerca de 126 millones de personas que luego de la guerra han vivido en condiciones infra-humanas. En los “periodos de paz”, la situación no es más consoladora: leyes como el aborto y la eutanasia fueron y son aceptadas en diversos países; las dictaduras opresoras que aplastan la libertad de pueblos enteros o acontecimientos como el del atentado a las Torres Gemelas nos hacen pensar que “la paz” es una utopía. Pero, ¿será que la paz, la tan anhelada paz es un sueño irrealizable? ¿Es un deseo de pacifistas idealistas que no ponen los pies en la tierra? ¿es solamente un discurso demagógico de políticos? Estoy segura que no. La paz es un deseo profundo del corazón de cada hombre y mujer, no es una utopía, sino la verdadera condición del hombre creado a imagen y semejanza de Dios y por ello creado para la comunión. ¡La paz es posible, porque es verdaderamente humana!
Pero, ¿cómo lograr la paz? El Papa Pablo VI, en el marco del Año Santo de la Redención, propuso como programa para la Iglesia la vivencia de la renovación cristiana y de la reconciliación. Y es en ese contexto que dirige varios mensajes donde propone la categoría de la reconciliación como núcleo de la paz entre los hombres. Para el Papa Montini, la reconciliación es una categoría hermenéutica que sirve para purificar el discurso sobre la paz del slogan político y de las maniobras tantas veces usadas para aplastar al más débil [2] y es a la vez “un método que sacamos de las genuinas enseñanzas cristianas y que, aplicado a los intentos y a los procedimientos siempre en curso para salvaguardar y promover la paz sería indudablemente positivo y decisivo...se llama Reconciliación” [3]. La Reconciliación según el Papa, saca la paz del ámbito meramente externo, es decir, de las competiciones políticas, militares, sociales y económicas, al ámbito interno, es decir en los ánimos, en las mentes y en los corazones de las personas.
Pero, ¿de que Reconciliación esta hablando el Papa? ¿Estará hablando solamente de una actitud humana de búsqueda de conciliar oposiciones diversas? Si así fuera su propuesta sería como una entre otras, sin sólidos fundamentos. La Reconciliación que Pablo VI propuso como núcleo de la Paz es la misma de la que habla Juan Pablo II: El don de Amor del Padre, que envió a su Hijo, el Señor Jesús para liberarnos de la esclavitud del pecado y reconciliarnos en todos nuestros niveles de relación: con Dios, con nosotros mismos, con los hermanos y con todo lo creado. Es esta Reconciliación que debe ser la fuente de todo obrar humano. La persona humana, herida por el pecado, atraída siempre por las ilusiones del poder, del tener y del placer, es invitada por el Señor Jesús a acoger este don de Amor y a renovar su modo de pensar, de sentir y actuar, que tantas veces son fruto del egoísmo. Esta invitación del Señor llega a toda la humanidad por medio de la Iglesia que no se cansa de proclamar que toda persona tiene el derecho de conocer a Dios y su Plan de Amor.
La tarea de los hijos de la Iglesia es hacer que la paz, la verdadera paz penetre en los modos de pensar, en la política, en la economía, en el arte, en la vida familiar, en la educación, en fin en todos los ámbitos de la cultura para que de este modo sea posible construir una sociedad realmente humana. Si se quiere que la paz sea verdadera y duradera, los hombres deben estar siempre con una actitud activa, inventiva, preventiva y operativa. ¡No debemos aspirar solamente a gozar de la paz, hay que buscarla siempre! Pues la realidad de los cambios sociales cada vez más acelerados y las estructuras de pecado que nacen del corazón humano, son el aliciente constante para que todo hombre de buena voluntad y todos los cristianos busquen la verdadera paz, que nace de un corazón reconciliado.
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