Denver, San Antonio, una sola Iglesia
Por el Exmo.
Monseñor
José H. Gómez, STD
Arzobispo de San Antonio, Texas, para suceder a mi apreciado hermano Mons. Patrick Flores.
Eso significa que a partir de febrero, los caminos del Señor me llevarán al sur de Texas, algo lejos de esta Arquidiócesis que
tanto he aprendido a querer.
Este es un momento para agradecer de corazón las inmensas bendiciones recibidas durante estos años en que el Señor me
ha dado el don inmerecido de servir a los fieles del norte de Colorado.
Agradezco a Dios ante todo por la bendición de haber trabajado junto a Mons. Charles Chaput. El compartir con él las
alegrías y los sufrimientos de estos años me han permitido conocer de cerca su extraordinaria alma de pastor, su coraje y
su profundo amor a Jesús y a la Iglesia. Ha sido un ejemplo que siempre atesoraré en mi corazón.
Todo lo que el Señor me ha permitido hacer en Denver ha sido gracias a un extraordinario grupo de personas que me han
asistido con ejemplar generosidad y eficacia. Su humildad y amor a la Iglesia me impiden mencionarlas una a una por
sus nombres; pero cada una de ellas sabe lo agradecido que estoy por su servicio; y me conforta saber que en cada una,
tanto en el Arzobispado como a lo ancho de la Arquidiócesis, el Señor cumplirá su promesa de recompensarlas con el
ciento por uno.
Estos años de servicio en la Arquidiócesis de Denver han sido también de intenso aprendizaje. Sinceramente, he sido
evangelizado por los fieles que he encontrado en los diversos lugares que he recorrido: en todas las parroquias, en el
Centro San Juan Diego -un sueño hecho realidad-, en el Centro Pastoral, el Seminario, y en las parroquias en las que fui
párroco, Catedral y Madre de Dios.
La generosidad, sencillez, devoción y amor a la Iglesia de los fieles de la Arquidiócesis de Denver son dones maravillosos
por los cuales todos debemos estar agradecidos. Yo personalmente lo estoy. Creo que estas virtudes seguirán
haciendo de esta Arquidiócesis un lugar muy promisorio para la Iglesia en los Estados Unidos y en el mundo.
Ahora el Señor me llama a ejercer mi ministerio pastoral en San Antonio. Y aunque dejo la Arquidiócesis de Denver
con natural tristeza, llego agradecido y entusiasmado a San Antonio, la ciudad donde se crió y educó mi madre -hoy
en el cielo-, y donde el Señor quiso que pasara mis primeros años de vida sacerdotal en los Estados Unidos.
Siempre he apreciado la grandeza de la comunidad católica de San Antonio, nutrida de un rico pasado eclesial pero siempre
de cara a un futuro promisorio. Con la ayuda de sus sacerdotes, religiosos y fieles laicos, espero poder "gastarme y desgastarme
por el Evangelio", como dice San Pablo.
Cuando fui nombrado Obispo auxiliar de Denver, escogí como lema episcopal esta frase de la Carta a los Hebreos:
"Acerquémonos confiadamente al trono de la Gracia".
Hoy quiero encomendarme de todo corazón a las oraciones de los fieles que dejo en Denver y a los que encuentre en San Antonio. Dios es el autor de todo bien, y a pesar de mis limitaciones humanas, confío en su Gracia. Por eso, invito a todos a acercarnos confiados al trono de la Gracia. Confiados, porque Dios es más grande que todas nuestras debilidades y limitaciones.
Ahora que me voy a servir en la Arquidiócesis de San Antonio, llevaré a todos los fieles que he conocido aquí en mi corazón. Por el misterio de la comunión, San Antonio y Denver, junto a todas las diócesis de América y el mundo, forman parte de una única Iglesia. Saber esto me llena de alegría y de esperanza, porque me permite recordar que seguiremos siempre unidos por la realidad de la comunión de los Santos.
Al Señor entregué mi vida cuando escuché la llamada a seguirlo. A Él me vuelvo a encomendar y a consagrar al momento de iniciar esta nueva etapa de servicio que he aceptado a pedido de nuestro querido Santo Padre.
Me pongo especialmente en las manos de Nuestra Señora de Guadalupe, la tierna Madre que ha protegido nuestros pasos a lo largo de la historia de fe de nuestros pueblos.
Como San Juan Diego, me acerco postrado a los pies de la tierna Guadalupana, para que ella también me reconozca como el más pequeño de sus hijos, y se digne cubrirme con su santo manto durante todos los días que el Señor me conceda al servicio de mis queridos hermanos de San Antonio.
¡Alabado sea Jesucristo! Que el Señor Jesús, a través de la intercesión de María Santísima de Guadalupe, les conceda bendiciones de paz y alegría.
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