Sin María, no hay
historia de la redención
La Santa Madre es ejemplo del
más perfecto discipulado
Por el Exmo.
Monseñor
Charles J. Chaput,
O.F.M. Cap
En mi curso de 30 años como sacerdote, he notado que muchos hombres y mujeres cristianos
-demasiados- llegan a la adultez con una imagen mental de Jesús que es bastante extraña. Que en nada corresponde a la realidad.
Muchos de nosotros solemos imaginar a Jesús ya sea como un hacedor de milagros ultra te-rrenos o como un hombre sagrado vagamente distante. No sabemos como resolver quien es Cristo. Creemos que Jesús es plenamente Dios y plenamente hombre. Lo decimos públicamente en cada misa dominical en el Credo. Pero no te-nemos mucho donde mirar para ayudarnos a comprender lo que esto significa.
Ésta es la razón por la cual el don de la amistad cristiana es tan importante. Una razón por la que instintivamente buscamos sólidos amigos y mentores cristianos es que, al vivir el discípulo, buenos cristianos y cristianas ayudan a modelar a Jesús a otros. A través de su ejemplo, nos ayudan a experimentar a Jesús como alguien que fue -y es- absolutamente real en su pasión por la justicia y la mi-sericordia, su preocupación por otros y su sufrimiento. Y esa personalidad y heroísmo de Jesús son cosas que todos podemos respetar y amar, y desear imitar.
Pero obviamente, personalidad y heroísmo no existen en el vacío. Están conformadas por muchas cosas, pero especialmente por ejemplos de valentía. Están formadas por experiencias de amor diarias e íntimas, con todos sus pequeños momentos de alegría y dolor, corrección y aliento que son parte de la vida real. Y es ahí donde reside la influencia del amor de una madre.
Todos sabemos en nuestros corazones que lo mejor de lo que somos viene a través de nuestros padres, y de una manera especial, de nuestra madre. Y mientras nos preparamos para la Navidad a lo largo de estas se-manas de Adviento, reflexionar en la Escritura nos puede enseñar como el amor de una madre tocó la vida de Jesucristo de una manera muy poderosa. Jesús compartió exactamente los mismos momentos de ternura maternal y humor que hacen florecer a cualquier niño.
En nuestra piedad algunas veces tendemos a pensar de María como el medio hacia un fin, el vehículo que Dios utilizó para traer a su Hijo a este mundo. Pero Dios no la escogió para “usarla” como un instrumento, sino porque la amaba. Él vio en Ella la belleza y el carácter de una mujer que libre y amorosamente forma a su Hijo en el hombre que Él debía ser. No podemos entender a Jesús fuera del amor a su Madre, menos de lo que podemos entendernos a nosotros mismos fuera de la experiencia de nuestras familias.
Cuando escuchamos a Jesús en el Sermón de las Montañas “Bienaventurados los pobres porque de ellos es el Reino de los Cielos” (Lc. 6, 20) también escucha-mos a María “proclama mi alma la gran-deza del Señor y se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador ... (porque) Él alza al desvalido, colma de bienes a los hambrientas y a los ricos los despide vacíos” (Lc. 1, 46-47.52-53).
De la fe y de la carne de María, la mujer, Dios forma el niño que es el Redentor del mundo. Sin María, no hay historia de la redención. Sin María, la mujer de la fe, no hay Jesús, el Hijo de Dios.
Este miércoles, 8 de diciembre es la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de María. Más allá de su importancia como una fiesta de guardar, la Inmaculada Concepción celebra la grandeza única de María como modelo de valentía, fuerza, humildad y fidelidad para todos los hombres y mujeres. Su belle-za y gloria son dones que Dios desea para cada uno de nosotros. En su ejemplo como Madre y Maestra nosotros comprendemos el sentido del discipulado en su forma más perfecta.
El Adviento es el tiempo que nos enseña el verdadero sentido de la Navidad en medio del ruido y la confusión del mundo. En ese aprendizaje, no tenemos mejor instructor que María, la mujer que Dios favoreció sobre toda la humanidad.
Que Dios los bendiga a todos y especialmente a la querida comunidad hispana, con un fructífero Adviento y una Feliz Navidad.
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